• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Weil Di Miele

Al instante

Maduro, el secuestrador

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Estamos secuestrados. No se puede llegar a otra conclusión después de analizar la situación que vive nuestro país. Estamos secuestrados, porque así lo decidimos. En 15 años elegimos a nuestros secuestradores como veladores de nuestra casa, y en esa elección repetitiva, autodestructiva y ciega fuimos entregando una a una todas nuestras libertades. Ahora el aislamiento es casi absoluto, y encerrados en un cuarto sin salida, un mapa con forma de elefante, empezamos a arrepentirnos.

Al gobierno el secuestro le va bien. En su histórica relación con el narcotráfico, el malandraje y la guerrilla ha aprendido sobre el tema. Entiende que encerrados, la dignidad se pierde. También se pierde la exigencia. La vida se resume al “no me mates” y la supervivencia termina siendo la única prioridad. Entonces terminamos celebrando por un papel toilet, un pollo, medio kilo de café, una barra de mantequilla y llegar a casa con vida.

Al asumir que estamos secuestrados, le permitimos al gobierno jugar en su terreno. Porque las decisiones de los secuestrados la toman los secuestradores. Por eso el juego es aislarnos. Cerrar fronteras, militarizar otras y aumentar impuestos de salida. Cerrar las ventanas del cuarto para que cada vez se vea menos la luz, para que cada vez se dependa más del maleante que nos golpea.

En esa política sin sentido, se acerca una elección. Maduro ahora entiende que el secuestro de un país no es igual al de un particular. Cerrar todas las ventanas no es suficiente y la libertad siempre pesa demasiado. Le queda jugar al síndrome de Estocolmo. Empezar a venderse más como un salvador más que como un secuestrador y parece que esa constante búsqueda de un conflicto bélico no es más que una herramienta para hacerlo.

Sin embargo parece demasiado tarde. Maduro y quienes los rodean han sido demasiado mezquinos. Su maldad y su maltrato han convertido a los secuestrados, a la gran mayoría del país, en un clamor de cambio. Con un carácter autoritario y una obvia incapacidad de negociación los secuestradores han perdido la posibilidad de jugar al síndrome de Estocolmo, y parecen habernos dejado la llave para abrir así sea una ventana por donde entre la luz.

Si queremos dejar de estar secuestrados hay que empezar a negociar. Y la negociación, al menos la democrática, solo se puede hacer en la Asamblea. Queda en nuestras manos poner los votos. El cambio no será inmediato, pero al menos lo secuestradores entenderán que los secuestrados seguimos creyendo en la libertad.