• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Weil Di Miele

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Carlos E. Weil Di Miele

Inmigrar y freír papas

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El tema de la migración es complicado y, como ya se discutió antes en esta columna, el enfrentamiento entre los que se quedan y los que se van se centra en argumentos extremos que terminan sin contestar nada y sin poder llegar a una conclusión válida de las causas y consecuencias de lo que significa para un país perder pedacitos de su sociedad civil a cuentagotas.

Por eso hay que seguir hablando al respecto. Hace más de un mes en su editorial web semanal José Rafael Briceño planteó el tema desde uno de esos extremos. Empieza hablando de la cantidad de gente que ha abandonado el país o que planea abandonarlo partiendo de una encuesta de Datanálisis que asegura que al menos 1 de cada 10 venezolanos está buscando información para tomar la decisión de irse a vivir fuera. Habla de una relación complicada entre los que nos vamos y los que se quedan, y compara la arrechera que le da que alguien opine sobre los problemas de Venezuela desde el extranjero, con su celular en la mano “a plena luz del día”, sin el peligro de ser robado. Continúa el argumento comparando su “arrecherita” con la que siente cuando un funcionario del gobierno habla de consumo moderado mientras utiliza ropa que cuesta más del sueldo mínimo, como si corrupción y calidad de vida fueran la misma cosa.

El editorial continúa por la misma línea, hasta que el moderador suelta un argumento lapidario que refleja una vez más las razones por las cuales seguimos donde estamos. Briceño habla de un inmigrante que cree que está en una vacación constante, que sube fotos a Internet de la playa y del bar, pero no del trabajo que tiene friendo papas en un Wendy’s, como si freír papas en un Wendy’s fuera un crimen y los trabajos pudieran ponerse en una escala de más o menos dignos. Pero la realidad es que nadie en su sano juicio comparte fotos de su trabajo diario, ni en Venezuela ni en Hong Kong, porque esa no es la naturaleza de las redes sociales, que al final son un “gatekeeping” personalizado en el que uno muestra las fotos de lo que lo hace feliz y donde sale bonito. El economista no sube una foto del excel que está haciendo en la oficina, ni el bombero habla en Twitter del carro que acaba de llenar de gasolina. El argumento de Briceño baila con el resentimiento e irónicamente, después de criticar al que opina desde fuera, habla de un desarraigo histórico que nos hace olvidarnos del país, no quererlo, porque decir lo que está mal, para él, no es constructivo, sino destructivo.

Briceño no es el único, y esta columna le responde a él porque es una gota más para el vaso. En repetidas ocasiones, artículos y bromas se centran en esa idea del inmigrante en alguna cocina del mundo limpiando sartenes, como si trabajar para vivir mejor estuviera mal. Es la cultura del sueldo mínimo, la idea de que el que trabaja en McDonalds no se merece calidad de vida. La implicación es peligrosa y que se repita, racional o irracionalmente, asoma lo que como sociedad creemos y entendemos del trabajo.

No por estar afuera vale menos la opinión, como no valió menos la de Cortázar desde Francia o la de Betancourt desde sus tantos exilios. Lo de venezolanos no lo perdemos al irnos del país, aquí seguimos siendo, y así estemos limpiando pocetas en Bangladesh no podemos dejar de opinar, a pesar de que a algunos les dé arrecherita.