• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Weil Di Miele

Al instante

Inmigrantes sin querer

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Hoy es viernes, y lo más probable es que estés leyendo estas líneas en el trabajo o en el camino al trabajo. Sí, es viernes y lo que importa es que hoy se agota la semana y lo que viene es solo descanso despreocupado o al menos el equivalente venezolano a esa idea difícil de alcanzar mientras se vive en ese estado de incertidumbre constante.

La incertidumbre es hoy la regla. Por ejemplo, hoy es viernes y lees esto en el trabajo, o de camino al trabajo, pero el próximo viernes ya no será igual. Ahora los viernes serán un día más de ese descanso despreocupado que no es tal y las luces de la producción deberán apagarse para evitar un colapso que ya es colapso.

Con esos cambios constantes de horarios, de moneda, de calendarios, de fechas patrias y hasta de la historia este gobierno nos ha hecho inmigrar a todos. Digo inmigrar incluso para los que se quedaron. Inmigrar porque hoy Venezuela es otro país. Un país que desconocíamos y en el que nos ha tocado vivir en la incertidumbre, en el que no sabemos si mañana la bandera será la misma, si la ley cambiará, si una calle se podrá transitar o será tomada por el malandraje, si tendremos agua, luz, teléfono o himno nacional.

En este país nuevo, en esta incertidumbre, buscan alejarnos de la ciudadanía. En esta táctica macabra de cambiarlo todo buscan convertirnos en improvisadores, un grupo de personas buscando resolverse la vida mientras va dejando de lado todo lo que conocía, para irse mudando de a poco y sin querer a un país nuevo con el que cada vez sentirá menos vínculos pues cada vez más de lo que le rodea le será ajeno.

Entonces el desarraigo es inevitable. Es inevitable porque viene ligado a la desesperanza. Una desesperanza que es cada día mayor, porque mientras pasa el tiempo más cosas cambian, más cosas se destruyen y es más grande el sentimiento generalizado de que será más difícil recuperar lo perdido.

A este fenómeno nos estamos resistiendo. No podemos permitir que se normalicen los linchamientos, ni los nuevos horarios, ni las leyes flexibles, ni los viernes libres. No podemos normalizar la desgracia en la que quieren convertir nuestro país. Hacerlo será mudarnos para siempre, y nuestro destino no será un lugar en el que queramos estar.