• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Weil Di Miele

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Carlos E. Weil Di Miele

Censura y necesidades

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A las palabras de diario les tenemos miedo. En nuestro país la libertad de expresión siempre ha estado limitada por una conciencia colectiva conservadora que está convencida de que no todo puede decirse o imprimirse. Las mamás de todos, o de la gran mayoría, pueden jurar que viendo una película de Van Damme se incrementan las posibilidades de que sus chamos terminen siendo asesinos en serie. Bajo esa tutela, nuestro entretenimiento y opiniones se han subordinado a limitaciones morales que niegan lo coloquial. Nuestros medios siempre han mostrado una cara que poco refleja la realidad del lenguaje, porque, irónicamente, en la casa si caben los “coños” y los “vergas” pero en la pantalla chica y en el papel deben mantenerse a raya. Los ejemplos sobran: telenovelas con diálogos de silicona, entrevistados en la calle en el noticiero de las 12:00 que cambian la forma de hablar apenas les ponen un micrófono en frente e indignaciones colectivas porque por ahí a alguien se le fue la lengua o porque un grupo de cineastas decidió ponerle a su película Pipí mil, pupú dos lucas.

Por ahora nos quedamos con el último. El nombre de la primera película de los hermanos Bencomo ha generado una reacción que demuestra nuestro miedo a las palabras de diario. Una cantidad considerable de personas no han dudado en tachar la película de “marginal y niche”, mientras que para otro grupo el nombre es la síntesis de “todo lo que está mal con el cine venezolano”. Sin embargo, la película no se ha estrenado y, por lo tanto, aún nadie la ha visto. El problema no son las actuaciones, ni la fotografía, ni la iluminación, el problema es que dice pipí y pupú ahí en el nombre, en letras blancas con fondo negro y amarillo.

La misma reacción no la tuvo La teta asustada, una película peruana de la que se habló mucho en el país hace cuatro años. Tampoco tienen la misma reacción las primeras obras de Almodóvar, que adorna con palabras como “fólleme” y “puta” dos de sus títulos. El problema parece ser con nosotros mismos, una especie de autocensura inexplicable alimentada por ese miedo a que nos muestren muy de cerca nuestra realidad. Pero esa es, está ahí, y no puede el artista hacer más que pintarla.

En esa hoja blanca del creador, los prejuicios sin fundamento son un elemento peligroso que terminan por cerrarles puertas a miles de personas que aún tienen la intención de producir en el país. Incluso, hace una semana, los realizadores de la película se quejaban de que en varios medios no se les había entrevistado porque el nombre no podía salir al aire. En ese bombardeo de censuras de público y medios tradicionales, la que termina por recibir más palos es la cultura.

Luego de una larga espera en una carretera trancada y difícil de transitar, el cine venezolano parece estar moviéndose con más velocidad. Con Pelo malo y Azul y no tan rosa, dos películas que reflejan precisamente el peligro del prejuicio, la gran pantalla nacional ha traído a casa unas cuantas felicidades. En esa misma carretera, el letrero de Pipí mil, pupú dos lucas, una película guerrilla hecha con 5.000 bolívares y actores amateur, demuestra el esfuerzo que aún existe por producir a pesar de las adversidades. Si el contenido no es de la calidad esperada, ya tocará comentarlo, pero el nombre, tomado de las miles de señales improvisadas que adornan nuestras vías, no debería convertirnos en sus censuradores. Mientras tanto aguantamos las ganas y esperamos el estreno.