• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Weil Di Miele

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Caín, Abel, Venezuela y Colombia

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“Aquí el único que puede poner condiciones soy yo”. Así dejó caer Maduro, hace algunos días, su concepto de relaciones bilaterales. Un lado que impone, y el otro que debe acatar. Una demostración más de que el conglomerado que nos gobierna no entiende de negociación, ni de diplomacia y que su personalidad es profundamente dictatorial. En ese empeño, se pretende tratar la política internacional como la política interna, pero lógicamente el mundo no es Venezuela.

La frontera colombo venezolana ha sido, históricamente, fundamental para las personas que la habitan. Es casi una relación simbiótica en la que un lado le da al otro lo que no tiene con el único objetivo de sobrevivir. No se trata de una frontera común, sino de una frontera en la que la pobreza ha forjado una especie de engranaje que es difícil de romper

La intentona impositiva de Maduro socavó una relación demasiado íntima que existía en la frontera. Una relación de hermandad que trasciende los discursejos politiqueros o las falsas retóricas históricas de grandes colombias. Se trata de una relación de poblaciones, una verdadera comunión de rutina y de vida. Una frontera que era, a pesar de los militares, los ríos y los puentes, casi inexistente. Pero en esa hermandad, y como es costumbre de este gobierno, era necesario buscar unos buenos y unos malos.

Entonces, lo que fue hermandad se convirtió en recelo. Una especie de relación de Caín y Abel en la que lastimosamente nuestro gobierno es Caín. Mientras la situación colombiana se mantiene en una cierta estabilidad socio-económica (para los parámetros de estabilidad latinoamericanos), una crisis imparable arrasa con Venezuela sin que el gobierno encuentre una fórmula que funcione así sea para maquillarla. El resultado es el recelo del hermano perdedor, que necesita buscar por doquier un culpable a su incapacidad de recibir lo que cree que por derecho le corresponde, entonces decide atacar al hermano que sí lo recibe, porque la culpa no es de nuestra incapacidad sino del hermano que nos obstaculiza.

Pero en esta historia el resultado será diferente al de Caín y Abel. Abel, Colombia, no va morir a pesar de las amenazas del hermano matón. Y Caín, nuestro gobierno, terminará consumido por su soberbia, su incapacidad de asumir su responsabilidad y la consecuencia será, una vez más, desastrosa para nuestro país.

En esta nueva batalla, en la que no hay enemigo, y se lo ha inventado todo el gobierno, habrá que responder con democracia, el único lugar en el que nosotros como sociedad civil podemos actuar. Será una respuesta casi divina, en la que los votos se traducirán en el verdadero castigo que se merece la banda Caín que nos gobierna.