• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Weil Di Miele

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Beisbol y país anormal

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La semana comenzó como comienzan todas las semanas en Venezuela, con una noticia desagradable: las entradas para ver el beisbol son impagables. Sí, hay problemas más importantes, pero la inflación deportiva, esa que aleja al público general del estadio, tiene un trasfondo que merece la pena analizar.

El tema es que nos han quitado otro trocito de libertad. La inflación incalculable, desconocida e indetenible está bateando .1000 y le ve todos los picheos al gobierno. En ese juego perdido, seguimos perdiendo pedazos de vida cotidiana y con ellos la normalidad.

Lo normal, lo que deberíamos estar haciendo, es ir al estadio. Salir un viernes por la noche y tomarnos una cerveza en la calle con un amigo, con dos o con diez. Lo normal es que nada de eso sea extraordinario. Que ir al mercado a comprar hielo (agua congelada) no implique que te pidan un número de cédula y tu huella dactilar. Lo normal es lo que hemos ido perdiendo a pedacitos lo cotidiano, las cosas pequeñas que tardamos años construyendo como civilización y que este grupo de bárbaros que nos gobierna ha decidido destruir.

Entonces nos hemos convertido en un país anormal. Un país en el que todo lo que pasa es inaudito e incompresible para cualquiera que no lo esté viviendo. Un país en el que no hay vida, sino una especie de predisposición en la que solo se puede hacer lo que nos va quedando de este proceso destructivo que tiene ya 16 años.

La compleja situación que hemos tenido que vivir nos ha hecho dejar de lado detalles como este. Mientras estamos preocupados por esquivar el hampa y sus balazos, mientras tenemos que pasar días para conseguir un pollo, hemos desplazado el tiempo libre, la reunión en el bar, la caminata en el parque, la ida al estadio y todas esas cosas, que aunque parezcan superficiales, son absolutamente necesarias.

El beisbol inaccesible no es nuestro problema más grande, pero sin lugar a dudas es una parte de nuestro problema más grande. Ese problema en el que hemos perdido pedacitos de normalidad y con cada uno de esos pedazos, la libertad. Somos ahora prisioneros de la supervivencia, de la ineptitud de este gobierno que toca hasta el pasatiempo nacional por excelencia.

Recuperar la normalidad tomará años, y la mayoría seguirá sin poder ir al estadio mucho tiempo. Las elecciones del 6 de diciembre pueden ser un primer paso, una curva en la esquina de afuera que el gobierno no pueda batear. Entonces los dejaremos en tres y dos, sin hombres en base y con la posibilidad de volver a tomarnos una fría sin tener que presentar huellas dactilares.