• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Weil Di Miele

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Atte., un mango

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La burla del mango ha llegado a niveles internacionales. Luego de que un video mostrara una fruta amarilla ovalada colarse por la ventana de un autobús conducido por Maduro para estrellarse en su cachete izquierdo, el gobierno se ha empeñado en darle la vuelta a la historia y convertir al mangazo en una nueva manera de hacer solicitudes oficiales, mientras que la oposición asegura que aquel gesto muestra el descontento generalizado que existe en el país. En ese enfrentamiento nadie ha querido escuchar todas las versiones, por eso he decidido cederle mi espacio a los mangos, que efusivamente me han comentado su impostergable necesidad de comunicarse con el país:

Hola, soy un mango. Un mango cacri o mezclaíto. Un producto de la ciencia. Soy un mango de Venezuela. Hijo de dos mangos de Venezuela. Mi mamá es de Carúpano, manga carupanera, siempre relegados por el chorizo, pero de buen sabor y tono. Mi padre, de un jardín de Caracas, de esos del Country Club, de mata alta y tupida. Ambos buenos mangos, verdes con sal, amarillos dulzones y venezolanos hasta la pepa.

El resultado de aquel injerto es este bocado. Un mango común. Sin más ni menos. Eso tenemos los mangos en este país, somos abundantes y pasamos inadvertidos. No somos un kiwi o un riñón, somos un fruto cotidiano, habitual. Un fruto que nace, crece, se reproduce, muere y listo. De flor a fruta, de fruta a pepa, de pepa a árbol y el ciclo de la vida.

A mí, como a la mayoría de las frutas que conozco, me gusta ser fruta. Es fácil. Por ahí se crece despacio, hasta que te come un pájaro, o una ardilla, o alguna doña te haga jalea. Y hasta ahora todos felices. Los mangos hemos sido mangos desde antes de que esto se llamara Venezuela. Pero ahora nos vienen a decir que no se puede ser fruta. Entonces ya uno no es lo que es, sino que es carta. Porque a este gobierno se le ocurrió que los mangazos eran avisos SOS con solicitudes humanitarias. Ya no nos comen ni los pájaros, ni las ardillas, ni nos hacen jalea, sino que nos rayan con Marquete con algún teléfono, como si fuéramos servilletas en un bar y en lanzamiento horizontal contra la cara del presidente.

Y a uno le alegra eso de ayudar a la gente a que tenga una vivienda. Pero los mangos no estamos hechos para eso. Nosotros nunca nos hemos metido en política, porque, como decía mi papá, los gobiernos pasan, pero las matas de mango quedan. Pero los tiempos han cambiado y ya uno no se puede quedar callado, toca el momento de hablar, y con mucho respeto, le digo al presidente que no sea mamafruta. Que respete a la gente como es y a las frutas también. Que si uno es empresario, lo deje ser empresario. Que si el otro es profesor, lo deje ser profesor. Pero sobre todo, que si uno es mango, lo deje ser mango.

Cada uno hace lo que tiene que hacer, señor presidente. Yo, que todavía soy un mango joven y verdoso, tengo claro que un mango no sirve para ser una carta. Y usted que es Maduro y tiene este país inmerso en una crisis debería saber que no sirve para ser presidente.

Me despido después de estas líneas hilachadas.

 

Atte.,

Un mango.