• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Aguilera Arteaga

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El totalitarismo chavista

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El título del presente artículo suena como redundante, por cuanto para muchos probablemente significa lo mismo, habida cuenta de que el chavismo ha devenido en una clase política que con sus desvaríos ideológicos, se ha convertido en una claque en la que predomina la violencia, el atropello, la agresión, el insulto, la descalificación y el agravio contra quienes se oponen a sus desmanes, amparados o tutelados por decirlo mejor, por un régimen que aunque cuando se llena la boca de decir al mundo que es democrático, pluralista y respetuoso de los derechos humanos, viola todos los enunciados contemplados en la propia Constitución y en los tratados internacionales.

Según Raymon Aron, politólogo, filósofo y sociólogo francés, autor de numerosas obras, una de ellas: Democracia y totalitarismo 1965, el totalitarismo es un fenómeno, como todos los fenómenos sociales, que se presta a múltiples definiciones, de acuerdo al aspecto que el observador retenga, pero a su juicio, sin embargo contempla cinco elementos que son los siguientes:

1.- El fenómeno totalitario consiste en un régimen que otorga a un partido el monopolio de la actividad política.

2.- El partido que monopoliza la actividad pública está armado de una ideología que le confiere una autoridad absoluta y que, en consecuencia, se transforma en la verdad oficial del Estado.

3.- Para difundir esta verdad oficial, el Estado se reserva para sí un doble monopolio, el monopolio de la fuerza y el de los medios de persuasión. El conjunto de los medios de comunicación, radio, televisión, prensa, está dirigido, dominado, por el Estado y los que lo representan.

4.- La mayor parte de las actividades económicas y profesionales están sometidas al Estado (...).

5.-  Estando toda actividad dominada por el Estado y sometida a la ideología, cualquier fallo cometido en una actividad económica o profesional es simultáneamente un error ideológico (...).

Explica Aron que se puede considerar como esencial, en la definición del totalitarismo, “bien el monopolio de un partido, bien la estatalización de la vida económica o bien el terror ideológico. El fenómeno es perfecto cuando todos esos elementos se juntan y se cumplen plenamente”.

Como plenamente lo observamos en el régimen socialista y revolucionario del siglo XXI, que desde hace 16 años, primero con el difunto Hugo Chávez y ahora con su hijo putativo y heredero, Nicolás Maduro, han convertido al país en el Estado más calamitoso y crítico jamás experimentado desde el nacimiento de la república. Bien lo decía el propio Aron: “Los teóricos políticos del pasado consideraban que una buena sociedad era aquella donde los hombres eran virtuosos; el sociólogo de hoy tiende a pensar que una buena sociedad es aquella que utiliza los vicios de los individuos con miras al bien común. Es una definición que comporta algunos peligros”.

Y no uno, sino todos los peligros que estamos enfrentando los venezolanos, día a día cuando observamos con angustia y temor, que quienes se autodenominan demócratas, defienden el dogma de la dictadura del proletariado. Nos preguntamos: ¿cómo Nicolás Maduro, un autócrata puede alardear de demócrata, si las funciones del Estado se han doblegado a su voluntad, generando en consecuencia una verdadera oligarquía en el propio seno del régimen y apelando sin escrúpulo alguno a todas las argucias que diariamente ventila a través de todos los medios televisivos del Estado, (televisoras, radioemisoras, periódicos), un verdadero arsenal mediático que constituye un real y auténtico poder a su servicio y órdenes, con el único fin o propósito de aferrarse al poder, vista la humillante derrota filosófica del llamado socialismo marxista.

Se niega Maduro y sus acólitos, a admitir que el mentado socialismo bolivariano y marxista no es sino una utopía, y que como tal muere como nace, pues se trata de simples desvaríos mentales, por cuanto los verdaderos líderes usualmente logran lo que se proponen, aun cuando no pueden escapar de las deformaciones que generan al exacerbar su vanidad, agigantar su egolatría y vomitar sus delirios de grandeza, creyéndose elegidos de la historia, para por último mostrar su carácter autócrata. Ejemplos sobran: Napoleón, Hitler, Mussolini, Stalin, Mao, Gadaffi, Perón, Fidel, Pinochet, Pérez Jiménez, Rojas Pinillas, Somoza (padre e hijo), Stroessner, Trujillo y Chávez, entre otros de menor cuantía, todos, afectados por su irrefrenable y delirante ejercicio del poder, del cual se alejaron sin remedio por su soberbia, prepotencia, sinrazón y la no aceptación de sus propios errores.

Cómo no recordar a Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura, quien en su obra La fiesta del chivo, con su prodigiosa imaginación y haciendo uso de las referencias de carácter histórico, traslada al lector a esa oscura época de la República Dominicana dominada por Rafael Leonidas Trujillo, conocido como el Benefactor, de quien recoge como en una fotografía, la esencia del auténtico rostro del sátrapa sobre el cual, además, la mitología popular, se encargó de presentarlo como un hombre que “…no sudaba, no dormía y nunca tenía una arruga en su uniforme…” proyectando ante el pueblo su imagen de poder y superioridad, aun cuando en su interior albergaba la figura de un hombre lleno de debilidades y con profundos complejos y amarguras.

Por eso, cuando nos referimos a la dictadura, no existen espacios para rebuscar significados, pues simplemente se trata de un régimen político que no reconoce límites de poder, y actúa en consecuencia con una maquiavélica visión, pisotea las leyes e irrespeta los derechos humanos y particularmente los de las voces disidentes, como es el caso venezolano,  en el que han sido vil e injustamente detenidos y encarcelados Leopoldo López, Ceballos, Ledezma y más de un centenar de jóvenes estudiantes, encarcelados, vejados y humillados cual vulgares delincuentes, en lúgubres mazmorras de espacios reducidos. Hechos similares ocurrieron en el pasado en América Latina (Chile, Argentina, Uruguay, Nicaragua) y dejaron profundas huellas de dolor que marcaron a una generación de personas, cargada de miedos, recelos y desesperanza.

El totalitarismo, por último, es un proceso sociopolítico moderno, definido como asalto a la razón y a los fundamentos de la democracia. Es la sustitución violenta o sutil. Del colectivo humano-social como poder total, para concentrarlo en un solo hombre. Es la banalización de la división de poderes, de la política y del Estado para distorsionarlos, violentarlos y accionarlos contra la sociedad. Es un reemplazo del pueblo, como el único soberano, por un megalómano narcisista, dictador, líder, etc. Que se piensa, cree y actúa como gobernante ungido (un Mesías) y como único portador del pensamiento, de la verdad y la razón. En otras palabras, es todo y al margen de él, nada.

Los dictadores son como lo dijo en cierta ocasión Stalin: “Los que emiten los votos no deciden nada; los que cuentan los votos lo deciden todo”.

Y eso es, a lo que la mayoría de los venezolanos nos negamos rotundamente,  y por ello la lucha sin cuartel que se libra por la reconquista de la democracia plena, en la que los derechos sociales, libertad de prensa y las garantías constitucionales previstas en la carta magna, permita al pueblo salir del oscurantismo de 16 años.

 

Miembro fundador del Colegio Nacional de Periodistas (CNP-122)

careduagui@yahoo.com // @_toquedediana