• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Aguilera Arteaga

Al instante

Un régimen tragicómico

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Hace algunos años, una de las plantas de televisión transmitía un programa de concurso que era animado por el popular Guillermo González, hombre de dilatada trayectoria en dicho medio que solía chacharear con los concursantes  y que utilizaba una frase que luego fue cotidiana en las charlas entre amigos y conocidos cuando algún interlocutor se la echaba de avispado: “Rolo’e vivo”. Viene a la memoria de este columnista el mencionado programa televisivo, no solo porque era entretenido y ameno, sino porque observando el espectáculo tragicómico que todos los días y muchas veces en cadena ofrece el régimen con los disparates que desliza su animador estrella, este nos induce mentalmente a preguntarle: ¿Cuánto vale el show?

Y es que los actores de la comedia oficial todos los días montan un show, con el fin único de distraer la atención de millones de venezolanos, que con angustia viven una desesperada situación ante la crisis que hace mella en sus bolsillos y afecta su calidad de vida, por la escasez de productos alimenticios, medicinas, bienes y servicios, desempleo, inseguridad y la migración de miembros de sus familias en busca de nuevos horizontes allende las fronteras, situación que se ha convertido en una verdadera y dolorosa tragedia para cientos de miles de  hogares.

Es común escuchar a la gente en la calle, plazas, comercios, bancos y otros lugares que Maduro y quienes se encuentran enquistados en el gobierno  todos los días esgrimen un tema, aunque sea venial, como para distraer la atención de la caótica situación que mantiene en vilo a hombres, mujeres, ancianos y niños de todo el país, huérfanos de políticas sociales y económicas, que tiende a agravarse más aún en los próximos meses, según opinión de los más calificados economistas y de estudiosos de esta materia, en universidades nacionales.

Es risible, por no decir ridículo, y ello forma parte del show, escuchar a quien tiene los hilos del poder manifestar olímpicamente que “Estados Unidos planificó los saqueos de San Félix y que tiene en sus manos las pruebas”, cuando de todos es conocido que el desabastecimiento de alimentos viene ocurriendo desde hace bastante tiempo y que el régimen no lo ha podido solucionar por ninguna circunstancia. Con respecto al tema del Esequibo, que Guyana ha tomado por los cachos, y ahora de víctima se ha convertido en victimario, lejos de conciliar mediante oficios diplomáticos, se empeña en agredir a su par guyanés refiriendo que “la Exxon Mobil lo está llevando por un barranco”. Desconoce, sin duda alguna, que las relaciones internacionales responden a los fines del Estado y que la Constitución establece los principios de independencia, igualdad entre los Estados, libre determinación y no intervención, y que la defensa de estos principios impone a la República la práctica democrática en la participación y toma de decisiones, en el seno de organismos e instituciones internacionales.

Y para escribir una página más del absurdo cotidiano, tenemos una Asamblea Nacional en la que los militantes del partido del oficialismo, sin el menor pudor, levantan su manos y aprueban por mayoría cuando de castigar al contendor de la oposición se trata, bien sea para despojarlo de su curul o manejar los hilos del poder y subliminalmente ordenar a los demás órganos sumisos al régimen inhabilitar a ciudadanos que les estorban en el diario acontecer político. Y qué decir de determinados integrantes de la Fuerza Armada, que no acatan las disposiciones establecidas en la carta magna, en la ejecución de los altos fines que les ha sido encomendado, como institución esencialmente profesional, sin militancia política alguna, subordinada a la autoridad civil, organizada por el Estado para garantizar la independencia y soberanía de la nación y asegurar la integridad del espacio geográfico, mediante la defensa militar, la cooperación en el mantenimiento del orden interno y la participación activa en el desarrollo nacional, de acuerdo con la ley y la Constitución. Los parlamentarios del oficialismo y algunos oficiales de la Fuerza Armada exhiben escasa comprensión del lugar que le corresponde a cada uno en el ordenamiento democrático.

Sin detenerse a pensar en verdades tan elementales y sin medir las consecuencias de sus actos, parlamentarios y militares han hecho lo posible por debilitar aún más la frágil y maltrecha institucionalidad del país. Lo que queda después de este episodio es penoso, preocupante y sombrío. No solo por la tamaña irresponsabilidad de los diputados oficialistas que han levantado lanzas en contra de uno de los cimientos del convivir democrático y de la separación y control de poderes, sino sobre todo por las señales que vienen desde la Fuerza Armada, a la que se ha visto metida de lleno en la política. En su predio, es común ahora –por lo menos es lo que inferimos luego de las recientes declaraciones del titular de la cartera de Defensa– tocar el tema político sin ningún recelo ni disimulo, bajo el pretexto de la defensa de un proceso de cambio arropado bajo una mal llamada revolución bolivariana. Los enemigos de antaño –viejos guerrilleros de los años sesenta– a quienes combatieron ferozmente, ahora hacen vida común en el alto gobierno. Por eso ahora, con más fuerza, rigor y sin recelo alguno, Maduro afirma una y otra vez en sus largas peroratas discursivas que el gobierno que preside es cívico-militar, al que habría que alternar su denominación para llamarlo militar-cívico, pues sus más altos funcionarios en los cargos que detentan en la administración pública, llámense ministerios, gobernaciones, alcaldías y empresas del Estado, llegan a sus despachos con botas, charreteras, condecoraciones y, por supuesto, armas.

Sin embargo, ante este desalentador cuadro, millones de venezolanos mantienen la esperanza y la fe de un nuevo amanecer democrático, y un mañana mejor para nuestros hijos y para la patria. No se puede permitir que la ceguera y el oportunismo sigan haciendo de las suyas, y que estas dos instituciones, Asamblea Nacional y Fuerza Armada, sean el péndulo para mantener en el poder a quienes han defraudado por 16 años a todo un pueblo merecedor de mejores destinos.

Sabias palabras las que contiene una de las cartas que Bolívar le dirige a Santander, en la que refiere: “Catorce años ha que estoy renunciando al mando que contra todos mis deseos he conservado, unas veces por necesidad y otras por compasión. Hasta ahora he sido dócil a los ruegos; pero no lo seré más porque me es insoportable sufrir el oprobio de oírme llamar tirano y usurpador. Yo sé padecer todo menos esto. El horror que profeso a la opresión no me permite ser víctima de este sacrificio. Esta es mi pasión dominante, no la puedo doblegar, y mi mayor flaqueza es mi amor a la libertad; este amor me arrastra a olvidar hasta la gloria misma. Quiero pasar por todo, prefiero sucumbir en mis esperanzas a pasar por tirano y aun aparecer sospechoso. Mi impetuosa pasión, mi aspiración mayor es la de llevar el nombre de amante de la libertad”.

Miembro fundador del Colegio Nacional de Periodistas (CNP-122)

careduagui@yahoo.com

@_toquedediana