• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Aguilera Arteaga

Al instante

La libertad: sinónimo de dignidad

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“Corramos a romper las cadenas de aquellas víctimas que gimen; no burléis su confianza; no seáis insensibles a los lamentos de vuestros hermanos. Id veloces a vengar al muerto, a dar vida al moribundo, soltura al oprimido y libertad a todos”. Simón Bolívar

 

La libertad del hombre empieza por el respeto de sí mismo. Quien ha perdido su dignidad, también ha perdido su libertad. La influencia de los conceptos de libertad y dignidad en la estructura del hombre es la fuente de los derechos humanos y la existencia de estos que siempre han estado presentes. Su vigencia ha estado determinada por la expresión, la traslación del sentimiento, la creencia en la libertad y el sentirse confortado por la dignidad.

Ángel Sánchez de la Torre, eminente jurista español, manifiesta en apretada síntesis que “la libertad es intento y logro de una gran masa de virtudes sociales enraizadas en lo más profundo del ser humano y por ello la libertad nunca es algo absoluto y espontáneo en la actividad o en la ciencia humana, sino difícil cultivo de la dignidad personal de los individuos y de los pueblos”. Este es el concepto contemporáneo de la libertad vista desde el ángulo de la política social vigente, única dimensión en la que adquiere proyección y fuerza coherente.

Mantilla Pineda, otro calificado autor de textos jurídicos, en una de sus obras refiere que “ningún filósofo de importancia ha pasado por alto el problema de la libertad. Platón, Aristóteles, los estoicos y san Agustín, el Aquinatense y Kant, Hegel y Bergson, Heidegger y Nicolás Hartmann son la mejor de las demostraciones. Lo cual prueba que toda filosofía ha resuelto a su modo el problema de la libertad. El estoicismo, el panteísmo, el materialismo, el positivismo son filosofías negativas de la libertad, mientras que el aristotelismo, el tomismo, el kantismo, el existencialismo, la ética de los valores son filosofías afirmativas de la libertad.

Juan Jacobo Rousseau refiere que “renunciar a la libertad es renunciar a la cualidad del hombre, a los derechos de la humanidad y aún a los propios deberes. No hay indemnización posible para el que renuncia a todo. Tal renuncia es incompatible con la naturaleza del hombre  y priva de toda moralidad a los propios actos quien priva de libertad a su voluntad”. Se trata de una realidad de hondo contenido y significado político en un momento como el que vivimos actualmente en nuestro país, por cuanto cobran vigencia para la vida ciudadana presente y futura.

Por todo lo anteriormente señalado, debemos tener siempre presente que la libertad pertenece esencialmente a la persona y que tiene un contenido y un fin social, y que esta libertad, tal como lo afirma Corts Grau, mantiene un sentido y nervio que condiciona en todo caso su ejercicio.

Claro está que la libertad tiene su escenario natural en una verdadera democracia, y es la esencia de los valores intrínsecos que proclama basado en la garantía que debe recibir de instituciones con sus legítimos poderes, derechos humanos, y sustentado en el sufragio universal como genuina expresión de la soberanía popular. Es decir, es una democracia pluralista, abierta, en la que el pueblo tiene la oportunidad de manifestar su voluntad y de elegir a sus gobernantes y representantes en periódicos procesos electorales realmente libres y competitivos, enmarcado todo ello en un propósito o causa que se concreta en derechos individuales y colectivos inalienables.

El profesor Henry Vaivads en un estudio sobre los partidos políticos, sostiene que en Venezuela existe una especie de discurso cotidiano sobre la crisis que atraviesa el país y en tal sentido propuso un análisis, partiendo del supuesto de que los partidos políticos manifiestan síntomas de lo que denomina “crisis de legitimidad” o pérdida de aceptación por parte de los ciudadanos, para, asociándolo a los niveles de abstención en los procesos electorales, observa un índice con base en dos variables: una referida a la opinión que se tiene de los dirigentes políticos, y otra a la que se tiene de la labor que realizan los partidos. Los recientes acontecimientos que han ocurrido en el país en los últimos tiempos permiten pensar que en Venezuela privan las dos variables indicadas por el Vaivads. De allí que observemos la indiferencia de muchos venezolanos a tomar parte en los procesos electorales que se han originado en estos largos y tediosos 16 años, lo cual ha permitido virtualmente que el llamado socialismo bolivariano y marxista se haya entronizado y se crea dueño absoluto del destino y voluntad de un  pueblo que hoy por hoy parece dispuesto a enderezar su yerros, tal como lo demostró en la multitudinaria marcha que tuvo por escenario Caracas y 33 ciudades del país el pasado sábado 30 de mayo.

Debemos tener muy claro que un régimen democrático es un régimen de transformación gradual y permanente y que el discurso sobre el cambio y las reformas necesarias son predominante en él, sobre todo cuando las instituciones públicas fundamentales están en entredicho, como en los actuales momentos, pues Venezuela vive una desesperante y angustiosa tragedia, que hace presumir que en un determinado momento se pueda producir una quiebra en la disciplina y el orden social. Todo ello como consecuencia de la incomprensión de quienes, enquistados en el poder, no comprenden que la democracia se caracteriza por un conjunto de procedimientos para dirimir controversias, desacuerdos y conflictos en una sociedad plural, por medio de la transacción, negociación, transigencia, todo lo cual hace posible la posibilidad real de cambiar políticas de cualquier orden y naturaleza.

La democracia en su auténtica esencia, no es tanto un gobierno para el pueblo en beneficio del pueblo, como alardea el oficialismo, que en forma autoritaria y poco convencional pregona populistamente, por cuanto la verdadera democracia descansa en la posibilidad y oportunidad del pueblo, de aceptar o rechazar a los hombres o mujeres que aspiren a gobernar.

Estamos cabalgando sobre el vértice del tiempo, y los venezolanos cada vez que enfrentamos una crisis, como la presente, tendemos más a magnificar y cultivar verdaderos mitos políticos, como en el pasado cuando se eligió al difunto Hugo Chávez, y como consecuencia estamos padeciendo la peor crisis económica, moral y política desde la fundación de la república. Error que no debemos volver a cometer, y por el contrario diagnosticar las verdaderas razones sociales que nos han conducido a esta deplorable y dolorosa tragedia, que para miles de compatriotas se ha tornado en una horrible pesadilla. Bien lo decía el difunto abogado y amigo Orlando Tovar: “El mito del militar salvador de la anarquía es una constante a través de nuestra historia, tanto más peligroso por ser posible y tanto más falso, porque la ineficacia de los gobiernos militares nos debería haber curado de su existencia”.

 

Miembro fundador del Colegio Nacional de Periodistas (CNP-122)

careduagui@yahoo.com //@_toquedediana