• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Aguilera Arteaga

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La ley de Herodes... chavista

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La tiranía es el despotismo llevado a su más extrema expresión. Es el gobierno sin limitaciones jurídicas ni morales, que se ejerce al margen de las normas de derecho.

Nada más parecida la situación que vivimos los venezolanos a la de los mexicanos, durante el período presidencial de José de la Cruz Porfirio Díaz, militar y dictador que ejerció la Presidencia de su país en nueve ocasiones, en las que campeó la corrupción, el nepotismo, el abuso de poder y todo tipo de mácula amoral, que echaron por tierra las bases fundamentales de toda una sociedad, en la que bajo el lema de “la ley de Herodes” hizo todo cuanto estuvo al alcance de sus caprichos y antojos. El título de la película que por casualidad vimos recientemente y que calzamos en la presente columna, viene al pelo, pues, sobre dicho lema, cuando el pueblo preguntaba su significado, la respuesta era: “La ley de Herodes es la que, si no estas conmigo, te jodes”

Un breve resumen sobre quién fue Porfirio Díaz nos permite conocer, entre otras cosas, que después de nombrarse a sí mismo presidente, el 28 de noviembre de 1876, durante su primer mandato creó una maquinaria política que le permitió conservar su inmenso poder sobre el pueblo mexicano. Se mantuvo en el cargo mediante la manipulación de votos, la violencia y el asesinato de sus opositores. La represión de la sociedad civil durante las revueltas públicas lo hizo temible y aterrador.

En nuestro país cada día se estrechan más los cercos para frenar la libertad de expresión, y se evidencia el permanente abuso de poder de quienes, sin escrúpulos de ninguna naturaleza, y a la vista de propios y extraños, estrangulan los medios de comunicación privados para debilitar la voz de quienes tienen derecho de estar debidamente informados. Poco o nada les importa a quienes se enseñorean exhibiéndose como socialistas del siglo XXI el trabajo responsable y la consideración de las necesidades y deseos de la sociedad a la que sirven y constituyen los fines últimos de la prensa, bien sea en medios impresos o audiovisuales (radio y televisión).

Víctimas de este acoso que violenta la propia Constitución Nacional, que el difunto Chávez despectivamente denominó “la bicha”, han sido más de 30 medios de comunicación de la provincia, entre otros El Impulso, y en fecha reciente el diario El Nacional, que gracias a la solidaridad de editores de la hermana república de Colombia, en un gesto que pasará a la historia del periodismo mundial, evitó el cierre definitivo de tan importante medio.

Se dicen ardientes defensores de la libertad de prensa, pero con su postura y talante se contradicen a diario en todos los cenáculos en los que actúan, llámese Asamblea Nacional, Palacio de Miraflores o cualquier otro escenario en los que como loros repiten una y otra vez la monserga de su extinto líder, al que, por cierto, no lo dejan descansar en paz, pues, a 14 meses de su desaparición, utilizan su figura para que sus acólitos le sigan rindiendo pleitesía y en grado extremo; le rindan culto como a Mao, Lenin, Hitler, Trujillo y, en fecha reciente, Kim Jong-il, presidente eterno de Corea del Norte, que tras su fallecimiento hace dos años, legó el poder a su hijo Kim Jong-un.

Es letra muerta la carta magna, que en su momento Chávez calificó como la mejor del mundo, para quienes detentan el poder arropados bajo un falso socialismo, devenido en un monstruoso régimen que concentra todos los poderes públicos, para abusar a troche y moche y a su libre albedrío en defensa de una supuesta conspiración política, social y económica. De tal manera que expresarse públicamente en contra de sus políticas (¿) constituye un delito que se paga con cárcel; se ensaña contra estudiantes a los que se les tortura, maltrata y confina en recintos carcelarios privados de todos sus derechos, e igualmente se adoptan tácticas dilatorias contra quienes han sido condenados injustamente en los juicios que se les sigue. El pueblo guarda en su memoria el nombre de Franklin Brito, Iván Simonovis y otros hombres a los que se les inmoló su libertad.

La desmemoria de estos seudorrevolucionarios socialistas, marxistas, bolivarianos y, por ende, comunistas, como el propio Fidel Castro lo admitiera en una reunión con periodistas en La Habana, les impide recordar que el Capítulo III de los Derechos Civiles que refiere la Constitución establece, en uno de sus apartes, “que se garantiza la libertad de expresión sin que sea posible censura alguna. Por ser consustancial con ese derecho, quien lo ejerza asume plena responsabilidad por todo lo expresado. Así mismo, se reconoce el derecho a una información veraz, oportuna, imparcial y sin cesura. Esta regulación responde a la necesidad de elevar el rango constitucional, los parámetros éticos indispensables para el ejercicio del derecho a la información, con el objeto de que los medios de comunicación, como parte de su actividad y de la responsabilidad que ella genera, establezca mecanismos de autoevaluación informativa a los que tenga acceso toda persona, natural o jurídica, pública o privada, que se considere perjudicada por informaciones emitidas por los medios de comunicación y que tengan relación con ella, a fin de que se revise la veracidad y oportunidad de la información” (sic).

Ahora se empeñan en aprobar una ley con la que se permitiría el libre ejercicio del periodismo a cualquier persona, sin necesidad de que haya egresado de escuelas de Periodismo de universidades del país. ¿Cuál es el perverso interés de este propósito? ¿Acaso podrían desempeñar el oficio con la ética y objetividad que exige la profesión?

No hay posibilidad alguna de admitirlo, pues es precisamente en este sentido que el periodismo, como instrumento corrector y cohesivo de la sociedad, adquiere su significación más positiva y acertada y, por otra parte, con este adefesio populista y demagógico se eliminaría el Colegio Nacional de Periodistas (CNP).

La Declaración de Chapultepec, adoptada por la Conferencia Hemisférica sobre Libertad de Expresión celebrada en México DF el 11 de marzo de 1994, en su preámbulo establece: “Sin libertad no puede haber verdadero orden, estabilidad y justicia. Y sin libertad de expresión no puede haber libertad. La libertad de expresión y de búsqueda, difusión y recepción de informaciones solo podrá ser ejercida si existe libertad de prensa”. También señala que “sin medios independientes, sin garantías para su funcionamiento libre, sin autonomía en su toma de decisiones y sin seguridades para el ejercicio pleno de ellas, no será posible la práctica de la libertad de expresión”. Prensa libre es sinónimo de expresión libre, por lo que uno de los principios de la declaración menciona que “toda persona tiene el derecho de buscar y recibir información, expresar opiniones y divulgarlas libremente. Nadie puede restringir o negar estos derechos”.

Este reconocimiento ha sido refrendado por todos los gobiernos de América Latina, excepto por el cubano Fidel Castro y por Hugo Chávez. En el caso del primero, que acabó con el periodismo libre en 1960, nunca ha querido recordar que, gracias a la libertad de prensa que se ejerció incluso en plena dictadura batistiana, se hicieron trascendentes sus declaraciones como presidiario en la isla de Pinos, como aquella con tinte melodramático: “Condenadme, no importa, la historia me absolverá”.

En cuanto a Chávez, todos recordamos que no fue elegido presidente de Venezuela precisamente por una oratoria articulada en que haya diseñado un programa de gobierno bien estructurado, sino por el desencanto de un pueblo cansado de una clase política llena de vicios y pecados. El populismo de Chávez que lleva implícita la antidemocracia ha permitido que sus sayones intenten acallarla, actitud propia de dirigentes con mentalidad fascista. 

*Miembro fundador del Colegio Nacional de Periodistas (CNP-122)

careduagui@yahoo.com

@_toquedediana