• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Aguilera Arteaga

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La estrategia de Goebbels en el régimen

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La historia nos muestra el abismo al cual fue arrastrado el pueblo alemán por el arrebato de su desquiciado gobernante Adolf Hitler, aclamado y reverenciado por su pueblo, en gran medida gracias a la absoluta manipulación de la información, método que años después algunos regímenes dictatoriales imitan al pie de la letra, en su afán de seguir manteniendo ocultas las realidades que desdibujan afanes de mujeres, hombres, estudiantes, jóvenes, obreros y trabajadores, cansados de tanto engaño, arbitrariedades y atropellos de sus derechos civiles. Realidades que en el caso venezolano el régimen pretende ocultar con avasallante información y publicidad en emisoras, televisoras y periódicos a su servicio y la negativa del suministro de papel a periódicos como El Nacional, TalCual, El Impulso, El Carabobeño y otros más de provincia, a los cuales se les tilda de estar al servicio de la “oposición golpista y de la burguesía capitalista”.

Algunos historiadores han resaltado la importancia de analizar la popularidad de Adolf Hitler y el respaldo mayoritario que recibió del pueblo alemán durante el Tercer Reich. Más allá de sus dotes de orador y provocador, se argumenta que el aura carismática que se creó en torno a su figura se debió especialmente “a las condiciones políticas y sociales y los efectos psicológicos que esa situación provocó en la población alemana”, especialmente a raíz de la profunda crisis económica que afectó a dicho país. Hay quienes señalan también que Hitler fue poco a poco seduciendo a la mayoría de su pueblo, al insinuar que estaba más “indignado que ellos por la difícil situación, y que poseía la voluntad y la inteligencia para acabar con ella”.

Se han detenido en analizar cómo una sociedad culta y civilizada, depositó virtualmente toda su confianza en tan siniestro personaje, rompiendo también un paradigma de la historia contemporánea. Claro está que el “encanto” que logró consolidar Hitler con el pueblo alemán fue forjado gracias a una descomunal propaganda política que se fue consolidando progresivamente con la apropiación total de todos los medios de comunicación, lo que condujo a que la prensa se convirtiera en una “prisionera del nazismo”. Solo Hitler podía tener la razón, solo él era dueño de la verdad.

Joseph Goebbels fue designado en el año 1933 ministro de Propaganda del régimen genocida de Adolf Hitler, y su nombramiento fue producto de la arbitrariedad de un psicópata que ofreció un imperio de mil años, por lo que para cualquier persona normal sobran razones para despreciar la siniestra figura de quien paradójicamente simbolizó la denominada raza superior (aria). Su nefasta conducta influyó sobre las masas, tal como ocurre en gobiernos de corte dictatorial y mediocre, pues engañan sin el más mínimo pudor.

La estrategia de Goebbels no se afincó en el nepotismo, pese a que esta brutal intromisión de parientes en los cargos públicos no estaba prohibida en la Alemania de Hitler. Tampoco hubo narcotráfico o narcotraficantes vinculados con el gobierno del sanguinario Fuhrer, ya que en aquella época las mafias de las drogas estaban lejos de tener el rol estelar, que actualmente les permite participar en campañas políticas y en gobiernos de corte fascista, signados por el populismo, la demagogia y la mitomanía.

Goebbels estaba convencido de que su misión era influir en el pueblo, y para ello se valió de cuantiosos recursos de tal manera que su propaganda lograra el propósito que se había trazado. Tanto así, que en un discurso del 16 de marzo de 1933, refiere apasionadamente entre otras cosas: “Un gobierno como el nuestro, obligado a tomar medidas de muy largo alcance, tiene que preparar el terreno por medio de la propaganda, con el objeto de atraer gentes hacia sus miras. Iluminar al público es algo esencialmente pasivo; la propaganda es cosa activa. Estamos decididos a trabajar a las masas hasta que caigan en nuestros brazos”.

Los dislates del régimen presidido por Maduro nos presenta ante el concierto internacional como un país que no solo tiene corruptos sino también ignaros, pues aun cuando Venezuela es un pueblo ávido de cultura, aparentemente se muestra como apacible y conformista ante los atropellos de los derechos ciudadanos contemplados en la Constitución Nacional, una situación que no es tal, por cuanto miles de mujeres, hombres, jóvenes estudiantes, obreros y amas de casa muestran diariamente su inconformidad ante la escasez de los alimentos, medicinas, inseguridad, desempleo, bajos salarios, corrupción, nepotismo y una laya de males desde hace 16 años cuando se apoderaron del país, enarbolando la bandera de un socialismo del siglo XXI, que la denominan marxista y bolivariana, y por ende comunista, como lo asintiera el propio Fidel Castro.

Un gobernante que respete a su pueblo debe manifestarse democráticamente, pues de esta manera propenderá a la formación de un Estado con bases éticas y jurídicas que consoliden a la nación, ya que de no cumplirlas deberá responder ante la historia, pues allí quedará plasmada. Quien conduce los destinos de una nación no puede dedicarse a la parlanchina tarea de repetir como un loro, algunas frases que fueron recogidas al azar, y evitar por otra parte cometer desvaríos filológicos que lo exponen al ridículo nacional e internacionalmente. Un Jefe de estado que se precie de ser tal, debe abocarse a cosas más sensatas, reales más no virtuales, que además de tediosas como suele ocurrir diariamente en nuestro país, causan natural indignación por el uso y abuso del poder.

En los gobiernos totalitarios no hay espacio que pueda escaparse a su control. La información y la opinión que no se sometan a sus intereses, les da pie para acusar a sus autores de conspiradores, vende-patrias, apátridas, burgueses, imperialistas, fascistas, enemigos del pueblo, pelucones (copiado de Rafael Correa), y son víctimas de acoso, descalificaciones, improperios, amenazas, retaliaciones y hasta agresiones físicas, que han sido denunciadas ante los organismos internacionales que defienden los derechos humanos, la libertad de expresión y de prensa.

Que profético fue el discurso que pronunciara en el Congreso Nacional el 5 de julio de 1999, el extinto Jorge Olavarría, quien desnudó en su propia cara los estropicios que contra la Constitución Nacional perpetraba en tan corto tiempo Hugo Chávez, a quien meses atrás había brindado su apoyo. Una magistral pieza oratoria de alto contenido histórico y plena vigencia en los actuales momentos:https://youtu.be/UsJR8fmauKU

 

“Yo soy religioso de mis promesas y mi gloria la fundo en cumplirlas, porque mi ambición se limita a libertar a mi país y a ser estimado como hombre de bien por mis coetáneos”  Simón Bolívar.

 

*Miembro fundador del Colegio Nacional de Periodistas (CNP-122)

careduagui@yahoo.com // @_toquedediana