• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Aguilera Arteaga

Al instante

Retorno a la institucionalidad

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Todos tenemos nuestra sombra divina o heroica, que nos cubre con sus alas de protección como ángeles guardianes”. Simón Bolívar.

 

Hace 53 años Venezuela retornó al régimen constitucional, después de una década dictatorial. El “nuevo Estado democrático” se inauguró con una Constitución de la República aprobada en el año 1961, desnaturalizada años más tarde por “quienes proclamaron a los cuatro vientos el nacimiento de una mal llamada revolución bolivariana”, la cual, a 17 años de haberse instaurado a mala hora en nuestro país, sufrió un gran descalabro en las elecciones parlamentarias del pasado domingo, circunstancia que favorece a quienes a partir de ahora tendrán la gran responsabilidad de enderezar el entuerto, que transfiguró la verdadera esencia de la democracia.

Desde el mismo momento que asuman sus responsabilidades los nuevos diputados, la Asamblea Nacional no solo deberán controlar al Poder Ejecutivo, sino también legislar, interpelar a ministros, aprobar presupuestos sin el bozal de la centralización, controlar los poderes secuestrados, entre otros, Fiscalía General de la República, Contraloría General de la Nación, Defensoría del Pueblo, Consejo Nacional Electoral y eliminar cientos de cargos en la administración pública: viceministros, asesores y demás, cuya onerosa carga burocrática origina un desmesurado gasto, sumado al número de empleados públicos que en los 17 años de la revolución socialista, bolivariana y marxista y, por ende, comunista, aumentó de 1.200.000 a 2.378.000.

El cambio tan ansiado que el pueblo venezolano esperaba con desesperación, ante la grave crisis que día a día va creciendo desmesuradamente, compromete a estos nuevos parlamentarios a legislar con responsabilidad, sin defraudar la fe y confianza de sus electores, a trabajar arduamente en procura  de la pronta recuperación social, económica y ética, para lograr las necesarias transformaciones que permitan alcanzar con éxito este propósito, en momentos en los que el país nacional se halla estancado en los vericuetos de la crisis moral, que produce la desunión e inequidad, por la indolencia, ineptitud e incapacidad de quienes se enquistaron en el poder y abusaron del mismo.

Están obligados consigo mismo y con la patria, a recuperar el Estado de Derecho a fin de evitar se sigan destruyendo nuestros genuinos valores, desnaturalizados por el voraz apetito de hombres y mujeres que con sus blasones socialistas los extinguieron y convirtieron la nación en un territorio que de la bonanza pasó a la miseria más inaudita, que llevó a millones de venezolanos a hacer frente a tan insólita situación por culpa de un gobierno (¿?) que, pese a los ingentes recursos provenientes de la renta petrolera, desatendió las necesidades de un pueblo que comenzó a palpar la ineficiencia e indolencia de quienes manejan los destinos del país, más ávidos de propalar nacional e internacionalmente las “bondades” de la tan mentada revolución socialistas del siglo XXI que de cumplir con las promesas propuestas en la campaña electoral, que el propio Hugo Chávez repitió una y mil veces en su propuesta para transformar a Venezuela, en el marco de la llamada revolución democrática.

Chávez planteó la transformación del marco institucional para “sacar al país de la situación crítica en la que se encontraba, mediante la participación de actores políticos, económicos y sociales, con el fin de acabar con el dominio de las cúpulas de los partidos políticos tradicionales, que controlan los diferentes poderes del Estado”, entre otras cosas. Y durante los 15 años que estuvo al frente del poder, la ausencia de políticas públicas condujo al país a una de las severas crisis que haya experimentado desde el nacimiento de la República y su hijo putativo y heredero Nicolás Maduro empeoró la situación, al grado extremo de que el país se encuentra endeudado e hipotecado. Y los poderes del Estado que en la llamada IV república jamás estuvieron tutelados por el Poder Ejecutivo, hoy en día se encuentran secuestrados y sumisos a las órdenes del inquilino de Miraflores.

El Comandante supremo, como lo invocan  sus acólitos, hizo  énfasis en los principios de justicia social para que se hagan efectivos “los derechos y garantías establecidos por los tratados, acuerdos, convenciones y pactos internacionales sobre derechos humanos”, pero más pudo su soberbia y prepotencia en el poder, porque a escasos dos años comenzó a insultar, agraviar, humillar y amenazar a sus oponentes políticos, situación que hoy día se ha agravado, tal como lo demuestra la prisión y condena de Leopoldo López  y el encarcelamiento de Antonio Ledezma y Daniel Ceballos, y la de un centenar de estudiantes, amén de 3.000 personas que fueron detenidas por protestar desde 2014 hasta la presente fecha, de los cuales 75 se han convertido en presos políticos del gobierno de Nicolás Maduro. Otras 2.055 no permanecen tras las rejas pero sí con medidas cautelares que incluyen prohibición de salida del país, declaraciones periódicas en tribunales y otras limitaciones de carácter público. ¿Es esta la “revolución democrática” de la que tanto hacen gala quienes se ufanan de ser amantes de la paz y de los derechos humanos?

Un paso firme para iniciar este cambio debe estar orientado a fortalecer la aplicación de la verdadera democracia, que es la forma de gobierno en el que las decisiones se adoptan por mayoría, que actúa como la totalidad, pero que, no siéndolo, ha de respetar los derechos de las minorías. A lo largo de la historia se ha constatado que los gobiernos que alardean de trabajar por el pueblo optan por el populismo y el clientelismo, que conlleva a la nefasta práctica del paternalismo, que en lugar de motivar la creatividad del pueblo por encontrar sus propias soluciones, crean verdaderos ejércitos de gente sumisa y perezosa convertidos en mendigos, que se acostumbran a recibir dádivas de los gobiernos. El caso venezolano es más que patético, cobijado hipócritamente con los llamados programas sociales del gobierno socialista, bolivariano y marxista.

La llamada “revolución democrática” se halla fosilizada, y se ha convertido en un arroz con mango, en la que no existe una doctrina propia, sino la vulgar ideologización de quienes se prestan a aplaudir las bufonadas de sus amos, en templetes en los que el inquilino de Miraflores baila, canta y hasta silva imitando al ave que dice ser mensajera de su amado comandante, al que grotescamente pretende hasta imitar, ignorando que en el cenáculo revolucionario, bolivariano y marxista abundan los escorpiones, como lo afirmara en cierta ocasión un fallecido fundador y militante del PSUV. El veneno, más pronto que tarde, aparecerá en el escenario, tras la aplastante derrota sufrida el pasado domingo, con la cual se evitó la eternización en el poder de quienes se burlaban de la tragedia de nuestro pueblo y hablaban de dignidad, pues convirtieron la auténtica democracia en una simple, grosera, chabacana y tosca democracia de tarima y tediosas cadenas televisivas y radiales.

Se acabó la mediocridad  y, para dar el primer paso, las nuevas autoridades del Poder Legislativo deberán comenzar reconociendo sus propias capacidades para iniciar el largo y esforzado camino de la superación y excelencia, para que tan dura batalla sea ejecutada por líderes éticos que se empeñen en crear una nueva sociedad, más justa, equilibrada, sana y despojada del odio, venganza, insulto, atropello y descaro de sus predecesores.

 

Miembro fundador del Colegio Nacional de Periodistas (CNP-122)

careduagui@yahoo.com // @_toquedediana