• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Aguilera Arteaga

Al instante

Maduro y los pranes: vergüenza nacional

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

“Esa lengua pobre de vocabulario, atada a los peores comodines, degradada en su calidad y en su entereza y cubierta de las pústulas de lo soez, hay que hacer que nos duela, como nos duele la llaga física, para que sintamos todos, la necesidad de limpiarla”.

Arturo Uslar Pietri

Arturo Uslar Pietri es quizás el escritor más conocido por los venezolanos e internacionalmente, por su extensa y prolífera obra escrita, considerada como verdadera joya de la literatura.

De un viejo texto, La lengua sucia, tomado de la edición de 1955 del libro Pizarrón, cuyo nombre, por cierto, utilizó en su columna que publicó en el diario El Nacional por muchos años, extrajimos un trozo que hoy tiene plena vigencia por razones que los lectores,  no dudo, comprenderán inmediatamente.

Ello se debe a la utilización vulgar del idioma de quien ejerce la primera magistratura de la nación, quien utiliza un vocabulario de una pobreza que raya en la indigencia y que hace notar su empeño sádico de hablar peor y maltratar la lengua, amén de su inestable intemperancia cuando lo pronuncia en actos proselitistas de su partido en medio de un inusitado paroxismo con el que amenaza, atropella e insulta a sus adversarios políticos.

En el referido texto, el ilustre Amigo Invisible, como solía saludar a sus contertulios que semanalmente veían su programa por RCTV, refiere: “La palabrota que ensucia la lengua termina por ensuciar el espíritu. Quien habla como un patán, terminará por pensar como un patán y por obrar como un patán. Hay una estrecha e indisoluble relación entre la palabra, el pensamiento y la acción. No se puede pensar limpiamente, ni ejecutar con honradez, lo que se expresa en los peores términos soeces. Es la palabra la que crea el clima del pensamiento y las condiciones de la acción”. Y agrega: “Esa lengua sucia es la primera y más importante señal por donde los que vienen a conocernos van a juzgar nuestro espíritu, nuestra cultura, nuestra calidad humana”.

 

Bien lo dijo uno de sus agraviados, el empresario Lorenzo Mendoza, cuando afirmó: “El lenguaje del jefe de Estado no ayuda a generar confianza en los inversionistas. Es una burla, sin sentido, estar tratando de montar una novela sin ningún fundamento”.

A los ojos del mundo Venezuela debe parecer un país tercermundista, término acuñado por el economista francés Alfred Sauvy en 1952, para hacer un paralelismo con el término galo de Tercer Estado, con el fin de designar a los países que no pertenecían a ninguno de los dos bloques que estaban enfrentados en la Guerra Fría: el bloque occidental, integrado por Estados Unidos, Europa occidental, Japón, Canadá, Australia y sus aliados, y el bloque comunista, formado por la Unión Soviética, Europa oriental, China y sus aliados.

En la actualidad y de manera anacrónica (el segundo mundo del bloque socialista se ha disuelto conceptualmente) y el término tercermundista se utiliza como referencia a los países periféricos subdesarrollados o “en vías de desarrollo”, en contraste con los países desarrollados, y también son llamados así por su tasa de analfabetismo y deficiencia económica, política, tecnológica y médico asistencial, por lo que en el mundo “globalizado” sufren la enorme presión política y económica de los países más poderosos. A ello se suma que estas naciones en “vías de desarrollo” no poseen un nivel de actividad financiera y productiva lo suficientemente alto para proveer de los recursos necesarios a la mayoría de sus habitantes, para cubrir un mínimo de las necesidades de consumo y garanticen, así, buenas condiciones de alimentación, educación, vivienda, salud y servicios; es decir, equidad en la distribución del ingreso e igualdad de oportunidades.

Visto de esta manera creo no exagerar si consideramos que nuestro país está en esta dolorosa escala, la cual nos pone a la par de los que padecen las más apremiantes necesidades que agobian a miles de familias venezolanas, por la ineptitud, negligencia, imprudencia y mal manejo de la cosa pública, pese a los mil millonarios ingresos percibidos durante 16 años por la venta del primer rubro de nuestra economía: el petróleo. Esto evidencia que la democracia no consigue mucha estabilidad en la mayoría de los llamados países del tercer mundo, pues es más frecuente con los gobiernos autoritarios o populistas, por razones obvias: la explotación del hombre por el hambre.

Nadie se explica cómo habiendo recibido tantos recursos, Venezuela se encuentre al borde de un colapso total de su economía. Cabe recordar una frase que en cierta ocasión refiriera el ex ministro de Planificación del régimen, Jorge Giordani, cuando a la pregunta de un periodista sobre la etapa final de la gestión de Hugo Chávez, respondió lacónicamente: “De la planificación a la improvisación permanente”. Ello demuestra que su heredero e hijo putativo Nicolás Maduro sigue al pie de la letra la lección del fallecido comandante galáctico.

La terrible situación que vivimos los venezolanos debido a la falta de alimentos, medicinas, deficiencia de los servicios públicos, corrupción y toda una serie de problemas de carácter social y económico es una lacerante realidad que el régimen, lejos de solucionar, se aboca a la diatriba política y no cesa en culpar con saña de todos los males a la oposición, que le infligió la más aplastante derrota en el pasado proceso electoral parlamentario. Además, se niega a reconocer la legitimidad del Poder Legislativo, con florido mensaje populista y demagógico, con el fin de que sus huestes crean ciertamente que en ellos descansará la responsabilidad, para lo que solo el Parlamento, de acuerdo con la Constitución nacional, está facultado.

No contento con ello, el oficialismo ve como salida a la crisis de institucionalidad que vive la nación, la sustitución del Poder Legislativo con la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, lo que para muchos constitucionalistas es una aberrante postura del régimen, por cuanto contradice el espíritu de la ley y de la carta magna, en abierta y clara demostración de su talante autoritario y populista.

Y qué decir de la inseguridad que mantiene en estado de zozobra a la población, víctima de delincuentes que a diario perpetran atrocidades en todas las ciudades del país, ante la mirada indiferente y hasta en las propias narices de policías, guardias nacionales y otros organismos de seguridad. La ciudadanía reprocha con indignación y rabia la pasiva actitud del régimen, por la creciente ola de terror impuesta por quienes han establecido hasta el toque de queda, en ciudades como Porlamar, Maracay y Tumeremo, tal como ocurrió en días pasados cuando los llamados pranes tomaron calles y avenidas de dichas urbes, para enterrar a unos de sus compinches fallecidos en enfrentamientos con  cuerpos policiales.

No es llamando al pueblo a la rebelión y a la lucha, como lo hizo Maduro durante los actos cuyo escenario fue el Palacio de Miraflores, para conmemorar el intento de golpe de Estado ocurrido en el año 1992, dirigido por el fallecido Chávez, como se pueden solucionar los problemas del país. Es convocando al verdadero diálogo, tal como lo propone la oposición en el proyecto de ley de amnistía y reconciliación nacional, el cual también se niega el oficialismo a aprobar, aduciendo pretextos insensatos con la realidad nacional, con el solo propósito de mantener tras las rejas a Leopoldo López, Antonio Ledezma y casi a un centenar de estudiantes presos. ¿Cómo se puede hablar de democracia y respeto de los derechos humanos cuando hay presos políticos en calabozos y celdas en Ramo Verde y otros recintos carcelarios?

Nos avergüenza que se nos exhiba ante el mundo como un país democrático y que no lo sea. Que la delincuencia haga de las suyas y asesine a inocentes ciudadanos, hombres, mujeres y niños, como si no existiera la ley. Por eso reafirmamos que Maduro y los pranes son una vergüenza nacional, pues no contribuyen en absoluto a afianzar la confianza pública ni la seguridad del país.