• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

Lo posible

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Las posibilidades no dan el poder para optar, pero sí dan el poder optar, el poder para optar es algo que el individuo trae consigo, pero para poder optar con ese poder de opción se requieren estrictas posibilidades posibilitantes.  Ignacio Ellacuría SJ (1930-1989)

 

Cuando el Proyecto Nacional Simón Bolívar 2007-2013, el primer plan socialista, identificó la democracia participativa protagónica con la soberanía popular, señaló que esta democracia se hace tangible en el ejercicio de la voluntad general, en función de la cual el soberano (en este caso, el pueblo) no puede ser representado más que por sí mismo, pues el poder puede ser transmitido, pero no la voluntad. “La consecuencia es lógica –afirma el documento–: si la soberanía reside en el pueblo y este acepta obedecer a un poder distinto (es decir, que no sea pueblo) por ese mismo acto se disuelve como pueblo y renuncia a su soberanía… Nadie puede renunciar, ni delegar su soberanía porque pierde su libertad y su derecho a una vida digna”. Pero nada de libertad y dignidad individuales, pues el mismo documento señala que “los espacios públicos y privados se considerarán complementarios y no separados y contrapuestos como en la ideología liberal”.

No debería extrañar entonces que el Plan de la Patria, en tanto se expresa como el avance en la estatización de la sociedad, otorgue a la burocracia militar-militarista que hoy nos manda un poder de dimensiones totalitarias, que condena al exilio (interior o exterior, usted decida), o al abandono de la ley a toda forma autónoma o disidente, pero particularmente a la sociedad civil, la cual –según este criterio– no puede existir como forma adoptada por el pueblo organizado distinta del Estado, porque sencillamente, ellos (la sociedad civil) no son pueblo. Digo esto y pienso en Chávez recitando el grito de guerra de los caribes, que ha sido usado como canto épico de la marina venezolana: Ana karina rote aunicon paparoto mantoro itoto manto (“Solo nosotros somos gente, aquí no hay cobardes ni nadie se rinde y esta tierra es nuestra”).

El lector puede pensar que este escribidor exagera, ya que el mismo Plan establece como su objetivo la instrumentación del artículo 2 de la Constitución, es decir: la construcción de un Estado social, de derecho y de justicia (que no equivale a decir un Estado socialista, o por lo menos no un socialismo burocrático, como el que nos ha ido saliendo en estos quince años de chavismo bolivariano). Pero, igualmente, quienes piensan que esto es apenas un mal gobierno, bien podrían reparar en que, en correspondencia con el gran objetivo histórico número 1: “Defender, expandir y consolidar el bien más preciado que hemos reconquistado después de 200 años: la Independencia nacional”, el Plan de la Patria formula el objetivo nacional 1.7: “Adecuar el aparato económico productivo, la infraestructura y los servicios del Estado incrementando la capacidad de respuesta a las necesidades del pueblo ante posibles estados de excepción en el marco de la defensa integral de la nación”, para lo cual el objetivo estratégico y general 1.7.1 plantea “crear el Sistema Integral de Gestión de los estados de excepción”, y de esta manera, este estado formulará políticas públicas y tendrá burocracia y presupuesto y así dejará de ser excepcional. 

Ese es el Estado marcial que comienza a gestarse en un contexto de crisis generalizada, del cual la creación de la fuerza de choque es apenas una expresión.

Mientras esto ocurre, la Mesa de la Unidad nombra como su nuevo secretario ejecutivo a Jesús Torrealba, comunicador y dirigente social de innegable experiencia y valor (en sus dos acepciones más comunes). Este escribidor no oculta su simpatía, beneplácito y complacencia con la medida, pero teme que así como dice Santa Teresa de Ávila que “se vierten más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que no”, Chúo, que viene a ser una suerte de profeta, tenga también que lidiar, a un mismo tiempo, con el sanedrín, con los romanos, los gentiles y los zelotes… Ya podrá el inteligente lector identificar quién es quién.

Y vienen las preguntas, a propósito de la propuesta de Chúo, de un pacto entre los pobres y la clase media, a partir de un nexo “consanguíneo”: ¿Una alianza de clases? ¿Hasta dónde se trata de dos clases distintas? ¿Una alianza para la redistribución de renta? ¿Una alianza para cerrar las brechas en el proyecto nacional? ¿Una alianza para retomar el proyecto nacional en su siguiente fase: la democratización de la sociedad civil? ¿A eso se refiere la expresión “construir un socialismo sueco pero con tumbao criollo”? Preguntas que parecen remitirnos, por una parte, a la necesidad de un serio debate ideológico que hace décadas que no se da; por la otra, a la necesidad de un proyecto nacional que pueda formularse, consensuadamente, como alternativa a esta curiosa restauración de la monarquía (Germán Carrera Damas dixit) que nos ha colocado como colonia de una nueva metrópoli, en nombre de la independencia (recuerde en este punto el lector que grosería es palabra gruesa).

Pero volvamos nuevamente a la idea de sociedad civil como pueblo organizado. En otro texto publicado en este mismo diario señalé la importancia de tomar nota de las lecciones que nos dejaron las revoluciones autorreguladas de Europa oriental, en su transición del comunismo soviético a la democracia. Cohen y Arato, en el clásico Sociedad civil y teoría política (2003), examinaron el caso de Solidaridad en Polonia (1976-1989) en estos términos: “El punto de vista de la sociedad civil busca una reorientación doble. Primero, la yuxtaposición de la sociedad contra el Estado indica no solo líneas de la lucha, sino también un desplazamiento respecto al objetivo de la democratización, de todo el sistema social a la sociedad fuera de las instituciones estadales propiamente dichas… Segundo, el concepto también indica que el agente o el sujeto de la transformación debe ser una sociedad independiente o más bien una sociedad que se autoorganiza y cuyo objetivo no es la revolución social sino una reforma estructural obtenida como resultado de una presión organizada desde abajo. No obstante, debe observarse que el ‘nuevo evolucionismo’ o la ‘revolución autolimitada’ representan una ruptura estratégica y normativa con la tradición revolucionaria cuya lógica fue considerada antidemocrática e incongruente con la autoorganización de la sociedad. Todas las principales revoluciones, desde la francesa hasta la rusa y la china no solo desmovilizaron a las fuerzas sociales de las que dependieron originalmente, sino que también establecieron condiciones dictatoriales cuya finalidad era obstaculizar el resurgimiento de esas fuerzas desde sus mismas raíces por tanto tiempo como fuera posible. Por supuesto, el proyecto de la ‘revolución autolimitada’ tiene el propósito contrario: la construcción desde debajo de una sociedad civil muy articulada, organizada, autónoma y movilizable”.

La revolución autolimitada planteada por Solidaridad requería del concurso de los pragmáticos del Partido Comunista polaco que aspiraban a una reforma, situación que los autores comentan de esta manera: “Los profundos problemas de identidad del partido en el gobierno difícilmente pueden resolverse ante una sociedad organizada que reclama con éxito para sí toda la legitimidad. Sin una nueva identidad de partido, los pragmáticos del mismo pierden toda libertad de acción. Y en lo que se refiere al liderazgo del partido, sin legitimidad, la única libertad de acción que les quedaba era el ejercicio del poder soberano bruto”. Pero también requería una articulación entre partidos y movimientos que permitiera construir un modelo de transición que Juan Linz identifica como ruptforma, a la cual se llegó luego de una larga polarización, hasta que el statu quo estableció el pacto histórico, a la caída de la cortina de hierro.

Si la lección es asimilable o no en la perspectiva de las opciones actuales de la oposición (constituyente, Congreso Ciudadano, parlamentarias) es un punto que valdría la pena discutir. Pero si la inteligencia política nos permite, en esta hora, visibilizar la organización social de base, integrarla, extenderla, mejorar sus capacidades de organización, toma de decisiones y acción; si nos permite establecer acuerdos integradores con las organizaciones de representación política (partidos) sobre la base de un proyecto común, y si permite hacer de la democracia una forma de vida y no tanto una forma de gobierno, un modo de organización social, quizás sí estaríamos en la vía de construir, para nuestro pueblo, aquellas posibilidades posibilitantes por las que Ellacuría fue capaz de dar la vida hace 25 años.