• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

Las partes

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Dentro de pocos días, el canciller del Vaticano, Pietro Parolin, estará en Caracas ofreciendo sus buenos oficios como mediador de un diálogo entre el gobierno y la oposición, para tratar de encontrar una salida política al conflicto de poderes planteado en esta transición. Salida convenida que debe desmontar una escalada de violencia, tan profundamente intuida y temida por la población, que fue capaz de mover el 6-D a tirios y a troyanos en la búsqueda de una salida pacífica, democrática, institucional y electoral, para dar fin al “proceso” y permitir al país avanzar hacia su próxima cita con el futuro.

A la fecha en que esto se publica, este escribidor comparte con algunos analistas que no hay condiciones para ese diálogo, ni por parte de un gobierno cuyos miembros se juegan la vida (y esto es literal) para mantenerse en el poder, ni por parte de una oposición cuya capacidad de acción política está circunscrita a lo electoral, bien por capacidad organizativa, bien porque no está en su mente que haya otra forma legítima de hacer política. Ni por parte de un estamento militar dividido y cuestionado en sus actuaciones, ni por una legión de fuerzas subalternas coaligadas contra el statu quo del hemisferio.

Pero eso no significa que esas condiciones no puedan construirse con un poco de sentido común, de inteligencia, de creatividad y de buena voluntad. Esas condiciones deben construirse si no queremos repetir el derrotero de los países centroamericanos que lograron la paz hace ya varias décadas, pero después de una serie de guerras civiles espantosas que desgarraron esas naciones y cambiaron la idea de futuro que de sí mismas ellas podían tener. Y hay aquí una primera comparación posible entre aquellas experiencias y la nuestra: el diálogo posible ¿se plantea al comienzo o al final de una guerra civil? Porque estamos en guerra, una guerra que tiene continuidad en la política y que ha colocado al Estado conculcado por el gobierno, contra los ciudadanos. Guerra que, aunque no ha sido declarada, puede terminar, pero que también se puede prolongar.

Hay que tener presente El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua, cuando las partes en conflicto se sienten a pactar, y una segunda comparación a considerar: cuando lo hagan, ¿lo harán todas o habrá alguna excluida? Después del tratado de paz de Esquipulas II, los frentes guerrilleros de El Salvador (Farabundo Martí), de Guatemala (Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca) y de Nicaragua (Frente Sandinista de Liberación Nacional) se transformaron en partidos políticos. Pero al principio hubo regímenes militares y militaristas de derecha que persiguieron sin distingo a insurgencias de izquierda y a grupos católicos de base, a guerrillas y a defensorías de derechos humanos; entonces en el marco de la Guerra Fría, pero hoy –nosotros– en el contexto de una guerra mundial por etapas y ante la cual las alineaciones globales parecen ser las de los nacionalismos tecnocráticos versus las subalternidades.

Cuando las partes se sienten, los poderes que las sustentan descansarán detrás de cada uno de los convocados a la mesa aguardando, expectantes, los resultados. Aquellos que detentan el poder de coacción estarán codo a codo con los que detentan el poder económico y el poder de convicción; todas las partes articulan su ejercicio mediante el empleo de los tres, pero en estos momentos la convicción escasea, la fe de la gente está claramente comprometida en inventarse un futuro desde la precariedad de un presente que nos entrega incompleto cada día, porque hubo una apuesta que reunió a los partidarios del caudillo con los del césar democrático y ambos perdieron sus capitales –en dinero, en soberanía, en legitimidad– frente a una fuerza de ocupación extranjera y a una invasión interna. Porque hubo un préstamo ciudadano a las arcas de la oposición cuya tasa de interés se mide en términos de conciencia histórica y ya hay acumulados intereses de mora.

De allí que este escribidor se pregunte si no hace falta otro sector convocado al diálogo como lo es la sociedad civil; si no hace falta también un proyecto que dé legítima respuesta a la doble interrogación de para qué el cambio de gobierno y el fin del proceso; y si la formulación de este proyecto no supone la construcción de uno, compartido y consensuado, que le cambie la escala a la negociación.

Ya sabe el lector que no soy realista, pero acepto discutir razones realistas.