• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

El mito y el pacto

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Hace un año, cuando leímos a Luis Miquilena plantear a la oposición la necesidad de retomar la acción de calle con apoyo militar, propia del 23 de Enero de 1958 en tanto rebelión que logró derrocar la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, este escribidor llegó a la conclusión de que el 23 de Enero se nos había convertido en un mito: una edad de oro a la cual apelar para propiciar un eterno retorno que nos redima de las imperfecciones del presente,  un futuro que avanza mirando hacia atrás.

El mito, como sabemos, disgusta a historiadores y periodistas, pero brinda un abundante repertorio de camelos a los políticos, con los cuales puedan ellos intentar o bien reciclar el carisma, o bien agitar las emociones en la búsqueda de una esperanza entre los electores, sobre todo cuando las cosas no van del todo bien. Y no es que los hechos no hayan pasado como la historiografía nos los muestra, es que la significación que el 23 de Enero pueda tener de cara a las expectativas de cambio, en el contexto presente de una transición política, es muy distinta a otros momentos. Verbigracia, la lectura que Luis Castro Leiva le diera en el discurso de los 40 años de la fecha, en 1998, como celebración del olvido, pero también como temprana admonición del carácter mítico que la celebración ya iba obteniendo.

Castro Leiva recuerda, en sus palabras, el primer discurso celebratorio, dicho por el entonces senador Miguel Otero Silva en 1959, donde alaba las reservas morales de los partidos y sus partidarios, que fueron capaces de unirse (en el seno de la Junta Patriótica) para convocar a una unidad superior, en todas las fuerzas vivas de la nación. Señala luego cómo se produjo el olvido del significado de la paz que se obtuvo entonces: “Una paz del todo distinta, tal vez no menos costosa en vidas y esfuerzos, cierta  y locamente dispendiosa, pero sobre todo una paz marcada por una razón en todas las demás inexistente: en ella hemos instalado la razón de la libertad y el deseo de construir sobre ella y sus otras libertades el auténtico significado de una sociedad civil”. Paz sellada con un pacto, el de Puntofijo, que más allá de una asignación de cargos según cuotas de poder, fue “la construcción racional del camino para pasar de un voluntarismo político sectario a la realidad de la división del poder político como condición necesaria, nunca suficiente, para el funcionamiento de la democracia representativa consagrada en la Constitución de 1961”; que consolidó además lo que Juan Carlos Rey denominara como sistema populista de conciliación, que acaso pervive por mampuesto, despojada de todo poder fundacional, en las prácticas de la burocracia de las charreteras que ahora manda.

Una vez señalado el peligro, el historiador propone un remedio para proteger a la república de la desmemoria: “La respuesta es elocuente: que dejemos ya de celebrar el olvido. Que ustedes, ciudadanos representantes, políticos de profesión y oficio, controlen sus pasiones, midan sus acciones y descubran para nosotros que todavía la política es una práctica humana, que todavía depende para ustedes de la virtud tanto como del vicio, y que su responsabilidad se juega moralmente en sus decisiones. Solo así, pienso, podremos soñar con cuarenta años más de democracia. Pero para que esto sea posibilidad real y no una ilusión es preciso acordarse. Crear un pacto político nacional, análogo en cuanto a sus bondades de aquello que, en su momento, representara para la nación el Pacto de Puntofijo. Defínanse allí consensualmente el conjunto de las políticas públicas más importantes que puedan garantizar, sin demagogia, el futuro de la democracia en la república de Venezuela. Legisladores no hagan leyes, legislen...”.

Y aquí estamos, diecisiete años después. Las palabras de Castro Leiva más pronto que tarde lucieron en la lápida de aquella forma de orden: ese mismo año comenzó la prueba ácida para la república cuya contabilidad ahora luce los rojos números de una bancarrota moral. Del 23 de Enero nos queda un vago recuerdo de unidad, poco efectivo para un país dividido que identifica de maneras distintas la idea de democracia, que ha perdido la noción de lo público, antaño representada en la confianza y la solidaridad de sus ciudadanos, disuelta entre la violencia delictiva y la política, entre la coima y la amenaza, entre la hegemonía y la censura, entre la desesperanza y la indolencia. 

¿Puede este país reconciliarse y refundar su comunidad? La inteligencia política debe gestar un pacto nacional que permita a quienes apostaron por el proceso reconocer que execrar al bando opositor fue un error, tan o más grave como el haber aceptado la exclusividad de la renta por conveniencia antes que por necesidad. Pero que también permita al bando opositor reconocer que la exclusión es la expresión de una modernización incompleta que fue aceptada también por conveniencia, como convenientemente se aceptaron las razones de quienes antes se opusieron a ella. Y acaso a ambos, que ya va siendo hora de superar el rentismo como el cemento que sostiene nuestra vida en común. La inteligencia deberá entonces mirar hacia adelante, con la conciencia del pasado, haciendo historia en vez de actualizar los mitos.

@cardelf