• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

La lección

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German Carrera Damas es venerable y lúcido. A sus 86 años todavía tiene arrestos para provocar y decir. El viernes pasado tuvimos una sesión de trabajo con él en la cátedra de honor en la UCAB, junto con Luis Lauriño, para hablar de prospectiva desde la perspectiva gerencial, primero, y la histórica después. A un grupo de estudiantes que ensayan otras formas de entender el liderazgo, algo distintas a las fórmulas consagradas de la tecnopolítica, las justas de discursos y debates o el mercadeo electoral. Pero al inicio de la sesión Carrera comenzó provocando con un par de ironías al público, mayoritariamente femenino. La primera: “¿Ustedes saben cuál es el apellido de todas? Todas ustedes tienen apellido Betancourt, ¿y saben por qué? Porque gracias a él ustedes son ciudadanas de esta República”. La segunda: “¿Y saben ustedes que aquí en Venezuela la mujer ha llegado a ocupar oficios que antaño le estuvieron vedados, como el de verdugo? ¿Sabían ustedes que en la antigüedad el verdugo era un esclavo?”. Y esto lo dijo para remarcar que ha sido en este periodo de poca justicia, donde más de una juez ha ejecutado sentencias viles, por encargo, como hechas con el garrote aquel –el garrote vil– de tan funesta fama en la España del medievo.

La reacción de las chicas iba de la perplejidad a la franca molestia; Carrera, advirtiéndolo, pidió disculpas por la provocación, para pasar a seguir la pauta ya trazada, no sin antes advertir que era necesario tener conciencia histórica. Lauriño logró una síntesis de por qué interesa a la historia el futuro, o a la ciencia del futuro (prospectiva) la perspectiva histórica: porque “el presente es el futuro del pasado, y también es el futuro del futuro”.

Carrera hizo entonces un poco de autobiografía intelectual.

Dijo que abandonó la política (fue militante del Partido Comunista) por el estudio de la historia, buscando justamente tener esa conciencia, reconociendo que la que pudiera tener el político era distinta de la del historiador, ya que la comprensión de ambos se ubican en tiempos diferentes, siendo la del historiador la del tiempo histórico, el de los largos períodos que involucran a varias generaciones, mientras que la del político está, en mucho, sometida por la tiranía de la inmediatez.

Dijo que los últimos cincuenta años de trabajo los ha dedicado a su intento de alertar a las élites –políticas, intelectuales– de los riesgos que entrañan las mistificaciones de la historia, especialmente en su texto El bolivarianismo-militarismo: una ideología de reemplazo (2005). Dijo que la prospectiva histórica se basa en el diagnóstico de un presente en tanto aquello que está siendo, y que un ejercicio eficaz se dio en el libro La necesaria reforma democrática del Estado (1988), donde hace casi treinta años señalaba como riesgos para la democracia venezolana, los siguientes:

“La marginalidad, entendida como participación escasa, insuficiente o decreciente, según las siguientes modalidades: económica, expresada, entre otras cosas, como debilidad del mercado interno; social, como insuficiencia de la sociedad civil; política, como distorsión o deterioro de la participación y la representación; y cultural, como acceso deficiente o viciado de la estructuras y a los productos culturales.

“- El desempleo, en su diversidad de situaciones y de correlaciones: en función de la dinámica económica interna y en función de la atracción de mano de obra y de destreza.

“- La ineficiencia, entendida como la incapacidad para manejar los cambios de escala, en lo interno, y como incapacidad de articulación con el exterior, y expresada como: insuficiencia de recursos humanos y como mal uso de los mismos.

“- El agotamiento de los recursos naturales no renovables y el deterioro del ambiente, percibidos como: disminución acentuada de las disponibilidades de agua; destrucción de los bosques; y agotamiento de la tierra agrícola de primera, por uso urbanístico o industrial y por erosión.

“- Las migraciones no controlables: como factor de deterioro de la calidad de vida y como factor de desquiciamiento social.

“- La internacionalización de la violencia, en sus modalidades frecuentemente vinculadas: desestabilización y desorganización política y social en áreas vecinas o relacionadas.

“- El tráfico de estupefacientes, como uno de los problemas más serios que se ha tocado enfrentar en los últimos tiempos, que se ha convertido en asunto de difícil contención, que desafía abiertamente nuestros países. El narcotráfico es una manifestación transnacional que debe ser abordada en el marco de la cooperación internacional”.

¿Y el futuro? Carrera cerró su intervención con estas sentencias a modo de vaticinio: “Ustedes, y la que le sigue, serán las generaciones más democráticas de la historia venezolana y Venezuela será el país más democrático del continente. ¡Apúrense! Quiero morir en democracia”.

 

PD. No creerá el lector que me he olvidado de la oferta de seguir discutiendo lo imposible en estas líneas, pero sí hay algunos comentarios antes de seguir. Ante mi afirmación, en mi texto anterior de que “a mí se me pone, últimamente, que no hay nada más reaccionario que la doctrina universal de los derechos humanos, precisamente porque no hay naturaleza humana (…) Eso no significa que se puedan consagrar los derechos como consigna de un bando, o aceptar como válida la imposición de un monólogo haciéndolo pasar por diálogo, deliberación y búsqueda de consenso”. Recibí comentario de un profesor, amigo y filósofo, quien afirma: “Los DD HH se sacudieron la metafísica, por ser metafísica, y se devolvieron al esquema de los convencionalismos universales, ya que solo lo convencional puede ser universal. Ahora bien, ese universal convencional no colide con el universalismo metafísico-teológico-naturalismo de las iglesias, porque está en línea con las ancianas prédicas acerca de la sacralidad de la vida humana. Ergo, pueden convivir en paz las creencias venidas de arriba con las venidas de abajo, en última instancia qué importa si lo dice la boca de Dios o la boca de los hombres a la hora del respeto absoluto por la vida”.

A lo cual respondo: Concuerdo. Los derechos humanos son convencionalismos universales, buenos argumentos para enfocar las prácticas de las comunidades de habla (Habermas) en el ejercicio de un republicanismo deliberativo. ¿Pero eso no requiere pensar lo público como espacio de sentido? ¿No requiere pensar la democracia como gobierno del sentido común (Arendt)? ¿Y eso no implica concederle a lo humano una positividad que no tiene en tanto condición? Para nosotros (la universidad), ¿no supone poder mirar cómo se forma el sentido de lo público? ¿No implica denunciar las concesiones hacia lo totalitario en las prácticas políticas que restringen el uso público de la razón mediante coacción? ¿Qué estamos haciendo sobre este aspecto? Los derechos humanos son reaccionarios en tanto han devenido en significantes vacíos (Laclau), pero vaciados, no porque hayan dejado de ser argumentos. Se pueden (y deben) usar en el ejercicio de salirse del marco de hierro de tecnocracias y populismos.

Luego seguimos con lo imposible, seamos realistas, o no.