• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

Lo imposible

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Hace algunos años chateaba con una buena amiga, investigadora y profesora universitaria, discutíamos sobre enfoques en ciencia política. “Yo soy realista”, afirmó. Me quedé pensando qué responderle y casi por instinto brotó mi respuesta:

—Yo no.

Debo entonces asumir, como quien asume una condición, que no soy realista. ¿Pero qué soy? ¿Constructivista? ¿Y uno puede decidir, así, sin más, qué postura tener en la vida como quien se dice caraquista, adeco o hípster?

Lo cierto es que realista no soy.

El otro día le preguntaba a un amigo, cura de la católica, qué decidía entre naturaleza humana y condición humana. Optó por la condición y me alegré. Y es que así como no soy realista, a mí se me pone, últimamente, que no hay nada más reaccionario que la doctrina universal de los derechos humanos, precisamente porque no hay naturaleza humana, porque no nacemos humanos, nos humanizamos después de algo de esfuerzo y eso por un ratico. Eso no significa que se pueda consagrar los derechos como consigna de un bando, o aceptar como válida la imposición de un monólogo haciéndolo pasar por diálogo, deliberación y búsqueda de consenso.

Ni realista, ni creyente de uno de los credos de la modernidad ilustrada. Esto no pinta bien.                                                                                                                     

A estas alturas podrá el lector estar intrigado por el raro vericueto por donde se metió este escribidor, pero viene a cuento. A partir de la idea sugerida recientemente por un afamado teórico germano-mexicano, sobre la capacidad explicativa de la teoría del caos para los fenómenos que antaño describíamos como Revolución, reforma y Contrarrevolución (supongo que no necesariamente en ese orden), hacía en clases un ejercicio para visualizar atractores y trayectorias en el conflicto agonal entre el oficialismo y la oposición. Establecíamos que, cuando hay dos atractores, el sistema deja de ser de caos determinístico para convertirse en un sistema equilibrado, pero cuando el sistema trasciende los dos, o cuando hay un solo atractor, se entra en caos. Aplicábamos esa lectura a la decisión de la MUD de no tomar decisión y de poner a correr en simultáneo las salidas institucionales y encontramos que las opciones pareadas se anulan (referéndum revocatorio, enmienda), mientras que la renuncia y la constituyente no, por no tener par antagónico y por ser capaces de constituirse en atractores de trayectorias dentro y fuera del sistema nacional.

Ahora, a esta idea hay que agregarle la dimensión tiempo, que no está repartida por igual en el tablero. Para quienes sacaron la cuenta para jugar al desgaste y capitalizar en las próximas presidenciales, 2016 les va resultando el adelanto en tres años de 2019, que los obliga a quemar capital político so pena de dividirse o incluso de perecer; para quienes cambiaron el cuadro y le ahorcaron la cochina al compañero (claro, el tablero es el de dominó) la oportunidad es para construir un gran partido de corrientes que fusione otros partidos dentro de él y que al convertirse en primera fuerza política, controle a un gobierno de transición que vaya de lo desarrollista a lo tecnocrático, de lo militar a lo cívico y que sirva al gobierno para traspasarle los costos de la crisis a la oposición, como en Zimbabue.

Hay quien dice que la administración de las colas, los efectos fuertes de la comunicación en redes –los linchamientos, los rumores, las gaffes del supremo conductor– no son más que el último alarido de la ingeniería social de un proceso que además de hacer la guerra de IV generación, la hace como actualización de la doctrina de seguridad nacional y con una retórica basada en la secutirización, que definida por Hans Günter Brauch es “un proceso discursivo y político, a partir del cual se construye un entendimiento intersubjetivo dentro de una comunidad política, con el fin de tratar algo como una amenaza existencial a un objeto de referencia valorado, para así hacer un llamado urgente sobre medidas excepcionales, y hacerle frente a las amenazas”.

Hay, por otro lado, quienes afirman que es necesario replantear el proyecto histórico nacional, porque la prueba ácida al balance de la democracia que representa el proceso puso en evidencia un apartheid con lo cual, el proyecto puede volver de la modernización a la fase superada de la integración, o quizás plantearse un federalismo parlamentarista para evitar la secesión, pero principalmente para superar la persistencia en el tiempo de una idea de sociedad gestada en la colonia, traspasada como mentalidad de los positivistas a los tecnócratas y a la burocracia militar, aquella que la describe como la casta de los pater familiae que gobiernan sobre la multitud promiscual.

Una enmienda constitucional que toque aspectos modulares del Estado puede tener efectos similares a los de una constituyente y generar el necesario punto de inflexión para que surja la singularidad que transforme el sistema. Para generar convicciones para esta idea hay que sacar la discusión a la calle y dejar que de la sociedad misma surja una nueva estructura. Ahora bien ¿esta idea es imposible de hacer? No, pero no es realista, ni mucho menos naturalista, como lo es su prédica. Aceptando esto como una condición de esta idea, ¿qué tal si la discutimos un rato? Seguimos en un próximo artículo.