• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

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Carlos Delgado Flores

Cuando el futuro nos alcance

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Mónica Spear y Henry Thomas Berry pasan ahora al osario de las estadísticas patrias, las que, de tanto acomodarlas, ya no sabemos de verdad lo que nos dicen. No por figuras públicas, sino por miembros de una familia, engrosan el dolor de 150.000 familias que han puesto más muertos que en una guerra, sin que nadie la haya declarado.

Pero significan algo más. Cuesta pensar en ello más allá del horror que el hecho encierra.

El que a finales de 2013, según la ONU, Venezuela tenga 3 de las 20 ciudades más violentas del mundo –Caracas (3°);  Barquisimeto (9° ) y Puerto Ordaz (20°)– que las 3 primeras: San Pedro Sula (Honduras), Acapulco (México) y Caracas (Venezuela) lo sean por violencia delincuencial, ineficacia institucional y marcadas asimetrías sociales, evoca uno de los escenarios que el Millenium Proyect generó para la región para el año 2030: el control político del narcotráfico en la región.

¿Será posible que esas 20 ciudades, 19 de ellas latinoamericanas, concentradas en 6 países –Brasil (6); México (6); Venezuela (3), Honduras (2), Guatemala (1); Colombia (1); Estados Unidos (1)– describan el avance de la realidad en pos de ese escenario? ¿Qué puede surgir de un diagnóstico inverso (backcasting) para establecer las lógicas políticas que harían posible la confirmación de este escenario? No conozco un ejercicio de esta naturaleza, pero podemos encontrar algunos aspectos comunes en los procesos que han llevado a que estos tres factores –la delincuencia, la corrupción/impunidad y la brecha social– en estas naciones (salvando el caso de Estados Unidos, quizás), se alíen generando este estado de violencia tan auspicioso para este escenario.

Así podemos ver que algunas de estas naciones se definen como democracias representativas, pero presentan un escaso desarrollo de ciudadanía; que en algunas, las cifras de escolaridad realmente hablan de fracaso; que buena parte de ellas se han construido desde modelos de desarrollo pivotantes entre el nacionalismo y el desarrollismo, en los cuales se han amparado diversas formas de populismo. Algunas han tenido guerras civiles o conflictos político-sociales de larga data; en otras, el monopolio institucional ha desgastado la confianza institucional, en otras los regímenes políticos han alternado desde el mando militar hasta el civil sin liberar las capacidades creadoras de los ciudadanos, tal vez porque no se les considera como tales. En casi todas, la sociedad civil es precaria, los hogares privatizan el espacio público y la gente tiene poca o casi ninguna autonomía para echar adelante sus proyectos de vida, con independencia del gobierno o del Estado –o del gobierno devenido en Estado.

El lector podrá decir que resulta algo rebuscado de parte de este comentarista vincular las cifras de la ONU con el horror de una muerte que emblematiza otra vuelta de tuerca sobre nuestra tragedia cotidiana, porque reúne dos imágenes amables de nuestra esperanza como sociedad: la mujer hermosa y sensible, talentosa y trabajadora y el hijo de inmigrantes enamorado de la tierra que sus padres le enseñaron a amar. Mi propósito es más bien simple: en cualquiera de estas veinte ciudades ocurren tragedias como la que reseñamos, y seguramente no las estamos viendo, con toda su carga de negación del futuro, impedidos como estamos de ver más allá de lo que nuestra contingencia cotidiana nos permite, incapacitados como hemos estado, hasta ahora, de contarle al mundo nuestra tragedia, para que otros vean en nosotros lo que tampoco son capaces de ver en ellos mismos.