• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

La fianza

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La burocracia llama a rebelión contra la voluntad popular. Mucho se le recrimina no leer correctamente lo que las urnas dijeron el 6-D: alegatos hechos desde el sentido común, el respeto por las formas, debidamente ajustados al modo en que los intereses particulares se anotan en esa suerte de cuenta común que a la larga llamamos historia. Siete de cada diez venezolanos votaron por un cambio y abren el espacio a una nueva mayoría que se sustraiga de la polarización y que los obligue o bien a deponer las armas, pactando una nueva forma de entendimiento, o bien a sitiarse, radicalizándose, acelerando la huida hacia adelante… y pareciera que han tomado la segunda opción.

¿Puede una burocracia ser vanguardia revolucionaria? ¿Pueden los burócratas encarnar la soberanía popular? Chávez solía decir que él no era él, sino un pueblo, y ellos, sus subalternos, se reclaman como sus herederos, arguyendo nominalismos que fundan una mitología, que apelan al gendarme necesario o al mesías davídico, hombres providenciales ambos, y ante los cuales un pueblo puede reafirmarse, siempre, como en aquella primera rebelión, la de Nika, en Bizancio, cerrando los bandos en uno solo y consagrándose con las ropas púrpuras del tirano antaño reverenciado como emperador.

¿La rebelión? Ya la hubo, ese largo domingo de diciembre. Y fue una rebelión cívica, deliberada, decidida y ejecutada sin el bautismo de sangre que pide el jacobinismo y su secular expresión del poder basado en el horror. Ellos podrían argumentar la mitología de una izquierda subalternizada, negadora de la modernidad, diciendo que no puede haber rebeliones liberales, por lo cual, la revolución de Solidaridad en Polonia, la revolución de terciopelo en la antigua Checoslovaquia, la revolución naranja ucraniana, o incluso la primavera árabe no pueden ser consideradas como revoluciones con carácter marxista, porque no constituyen movimiento dialéctico, no son negación de la negación, como sí lo sería el chavismo. Pero cuando la gente decide negar el apoyo a la causa y votar por el otro para no continuar el proceso, la acción de repudiar la decisión desmeritándola, declarando al pueblo como “ignorante”, “malagradecido”, “ingenuo”, ¿son argumentos de una vanguardia revolucionaria o de una burocracia decadente?

Llamar a la decisión soberana “golpe electoral de la derecha” y correr a instalar un parlamento comunal no previsto en la ley, con 600 representantes de comunas que representan poco menos de la mitad de las que están asentadas en registros oficiales: 685 para 2014 y 495 este año, para un total de 1.180, 245 menos que las declaradas en el portal del Ministerio para las Comunas. Montar una estructura con 600 voceros frente a 167 parlamentarios elegidos por casi 18 millones de venezolanos es un intento por sustituir a los representantes de la voluntad general con representantes asamblearios de corporaciones instituidas por los burócratas: soviets o fasci italiani di combattimento, o CDR, supongo que en Corea del Norte tendrán otros nombres para lo mismo. Después dicen que fascistas son los otros.

Ya decíamos en nuestro artículo anterior que era pronto para cantar victoria. De todas las opiniones expresadas sobre cómo debe leer la oposición los resultados del 6-D, más sensata me lució, entre las muchas, la de Ramón Guillermo Aveledo: Esto es un crédito. Al escucharlo, no pude dejar de preguntarme ¿y quién será el fiador? ¿Y qué porcentaje del costo del crédito lo representa la fianza? No dejo de preguntármelo, ahora con más razón, cuando la burocracia, en irreversible decadencia ya nos recuerda a la República de Saló.

@cardelf