• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

Carlos Delgado Flores

El fantasma

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Tengo la sensación, cada vez más recurrente, de que esos ojos que nos miran desde las paredes de los edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela y desde otros resquicios de la geografía no son los de Chávez. No porque sean un dibujo que a modo de identidad corporativa distingue a los improvisados edificios que resumen las aspiraciones de buena parte de la población, no. Ese que nos mira no es Chávez, a secas, sin la ristra de epítetos rimbombantes con que las pompas del régimen lo presentan, no. Es otro: estamos en  la Oceanía orwelliana y esos ojos, mudos y penetrantes, son los del gran hermano.

Chávez murió hace 2 años, pero después del 5 de marzo de 2013, murió por lo menos 50.000 veces en el tiempo que siguió. Murió a manos del hampa, o como blanco del alma de los cañones de los colectivos, los pranes o los cuerpos policiales y militares que reprimieron las manifestaciones de la gente. Murió con la gente que murió de mengua porque no se les pudo atender en los hospitales públicos. Murió hace poco, en Táchira, adolescente, boy scout y prospecto de básquetbol, de un disparo a quemarropa que le dio un policía –casi un niño– eslabón terminal de una cadena de mando que comienza en las alturas y se hunde en lo profundo de la huella del horror... Murió con los estudiantes maniatados. Se extrañó con la gente que sintió cerrarse de repente el futuro y se fue –aún se va– a probar suerte en otras costas, huyendo de una guerra que no es, pero que sí lo es. Padeció el hambre y se embruteció con los sarcasmos de los jerarcas. Compartió la perplejidad de la gente que a los pocos meses de su partida tuvo que vérselas con el legado y con sus albaceas. No está ya en el altar consagrado, ni siquiera está en el corazón de los herejes que cuestionan el credo revolucionario recitado en alta voz, al ritmo de la diana. Se fue a ninguna parte y de ninguna parte ha de venir a juzgar a nadie, porque “el muerto al hoyo y el vivo al rollo”, porque la contingencia no termina nunca para los que tienen que recomenzar cada día, los menesterosos que creyeron que con él se podía y no se pudo.

El gran hermano, vuelto todo ojos y desordenada caligrafía, espía nuestros gestos. A un guiño suyo, las colas se arman tras la ración calculada, distribuida a tientas, y el trabajo pierde su valor. Un movimiento suyo y los jueces prevarican una justicia dictada por el doble pensar, expresada en correcta neolengua que hace las delicias de ministros y acólitos. Se alzan las cejas y el minuto de odio se eterniza en todas las voces que se alzan en las intrincadas redes de la propaganda. Mira hacia el lado de allá y los otros disimulan el miedo, sacan cuentas y demandan (¿o ruegan?) por permanecer, por ser reconocidos, amados entre bofetones y descréditos. No parecen percatarse de que, poco a poco, sus rostros se desvanecen y solo va quedando sobre ellos el trazo de las cejas rectas, los ojos redondos y el perfil afilado de quien todo lo ve.

No, esos ojos no son los de Chávez: este vuela libre como el viento en la sabana, como el gran hermano nos lo ha dicho por radio y televisión. Podemos creerle o, por el contrario, creer que haya verdad en la conseja de que los fantasmas tampoco son libres.