• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

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Carlos Delgado Flores

El fantasma del laborismo

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Hay un fantasma mudo que recorre las calles y los caminos de la Pequeña Venecia. Es el fantasma del laborismo.

Como todo buen fantasma, el laborismo espanta. La nomenklatura tropical no puede asirlo porque para el socialismo burocrático todos son trabajadores –proletarios, diríase– en el discurso de los mandones que instituyen su burocracia; discurso totalitario que no reconoce a ninguna sociedad intermedia que haga eficaz resistencia, mucho menos hegemonía (en el sentido gramsciano del término) ¿Resultado? El trabajador que tenga proyecto autónomo tiene una desviación pequeño burguesa, que de volverse grande lo pone en riesgo de ser un desclasado, o peor aún: un contrarrevolucionario.

Los desarrollistas, o nacional-desarrollistas –no diré socialdemócratas, que es nuestro caso es un abuso del término– ya habían cooptado en el pasado a gremios y sindicatos, agregándolos al buró sindical del partido o a la central de trabajadores, esterilizando la capacidad de generar un proyecto propio que le diera materialidad a los proyectos de los trabajadores. No estoy hablando del justicialismo argentino, pero tampoco estoy hablando del laborismo brasileño  (en sus versiones democrática y socialista) que sí logró distinguirse del fascismo cívico-militar de los regímenes militares, división mediante; estoy hablando del proyecto venezolano, que no se lee tanto en Betancourt como acaso sí en Alberto Adriani, o en Mariano Picón Salas… así de viejo es.

Los socialcristianos no lograron convencer a este país rentista y populista, de que el tema del trabajo es un tema de dignidad humana, y por tanto, objeto de la doctrina social de la iglesia. No pudieron, a lo largo de 70 años,  con la tesis de la conciliación de clases y el capitalismo de Estado como fuente de todo bienestar, capaz de restarle revoluciones al motor social, siempre y cuando haya renta que distribuir. A los liberales –que sí existen, pero que no han constituido opción política orgánica y sí mucha intriga decimonónica– el tema parece tenerlos sin cuidado, salvo cuando se refieren al emprendimiento como una trademarck de élite. Y los socialdemócratas, hijos tardíos de la Primavera de Praga y del Mayo Francés, no pasaron de formular el tema como un problema de clases que hace parte de los reclamos de solidaridad que la sociedad hace al Estado. Uno de ellos tuvo la oportunidad de decidir, pero no antagonizó el trazado desarrollista, sino que apenas lo matizó con una opción tecnocrática, dejando a la voluntad institucional la decisión de las materias correspondientes a la reforma laboral. ¿Los demás? Muchos regresarían en tiempo al desarrollismo, o al socialismo burocrático, otros siguen medrando.

Hubo, no obstante, un partido demócrata radical que intentó la hegemonía en nombre de los trabajadores, pero perdió tempranamente a su intelectual más descollante, con lo cual inició una larga diáspora por cada uno de los mencionados derroteros. Y sí, estuvo a punto de tomar el poder y de constituir una alternativa, pero lo sepultó el statu quo rentista que a partir de esa coyuntura tuvo la oportunidad de darle otra vuelta de tuerca a su proyecto y de enquistarse más allá de los cambios de signo –civiles y militares, dictatoriales y oligárquicos– en una perfomance cívico-militar.

Pero el fantasma del laborismo es terco. Como buen hijo, que lo es, del anarquismo, se ubica en un lugar equidistante entre la izquierda y la derecha, esperando que la sociedad política se decida por otras opciones para construir el centro democrático que vayan más allá del espectáculo electoral o el espectáculo del gobierno, alineándose con el proyecto histórico nacional; que decidida a pasar a la siguiente fase de este, que sostenemos, no es otra que la democratización de la sociedad civil. Ni las sociedades intermedias, ni los gremios ni los sindicatos (y ni hablar de las centrales oficialistas) quieren –o pueden– entender que la idea es crear en Venezuela una sociedad libre del rentismo, que puede ser una sociedad del trabajo, una sociedad sostenible o una sociedad del conocimiento (o las tres); que una cosa es preservar la libertad de asociación frente a la embestida de un gobierno que aspira disolver todas las sociedades intermedias para imponer un socialismo burocrático en modalidad dictadura del proletariado y otra pensar una sociedad que no tenga su eje en la renta, en el capitalismo de estado, la soberanía y la solidaridad a juro, sino en el trabajo, la educación y la armonización de los proyectos de vida con el interés común. Acaso no les queda claro que el eje de la sociedad puede ser el individuo, no el Estado, o es que no pueden aceptarlo, tal vez porque esta idea les resulta exageradamente pragmatista o inconvenientemente liberal.

Y uno se pregunta: ¿por qué si el primer problema del país es el desabastecimiento y el segundo la inseguridad, el desempleo no es percibido sino acaso en décimo lugar? ¿Quién conecta el problema con un medio legítimo para solucionarlo? ¿Dónde queda el trabajo en la construcción de una democracia inclusiva? El trabajo es un medio, ciertamente, pero ¿cuál es el fin que orienta los procesos? Porque la versión desarrollista del laborismo es la cooptación, la liberal es tecnocrática y la socialdemócrata lo considera un tema de solidaridad del Estado, y en la oposición, suponemos, coexisten estas tres posturas sobre el tema, aunque el tema no existe en la agenda pública de la oposición.

El fantasma del laborismo seguirá espantando, porque esa es la labor de todo fantasma: asustar, desnudar las culpas, interpelar las conciencias. Apunta hacia la oportunidad de aprender de los muchos errores cometidos en los últimos 40 años, pero demanda una disposición distinta, otro tipo de compromisos que se aparten de la militancia y apunten hacia la deliberación y la construcción de consensos sociales, hacia el empoderamiento organizado de la gente. Para que no espante, para que se encarne y nos reúna a todos para hacer del futuro una obra común.