• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

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Cual conejos

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El episodio del “Conejo” –su asesinato, su ruidosa celebración mortuoria con el arsenal de la cárcel que comandara, como pran, el entierro que decretó el toque de queda en Margarita, y por supuesto, el estupor ciudadano– no hace sino poner en evidencia los riesgos de esta hora para el país. Las decisiones que se tomen ahora, en la transición, abrirán la ruta del futuro y, como no hay una sola versión de este, sino varias, entre las alternativas posibles, es necesario seguir la ruta de los consensos; porque la transición se abrió, precisamente, con uno, la voluntad de cambio expresada el 6-D.

Repasando los hechos, sabemos que la crisis del modelo económico arrastra al modelo político y a la burocracia que los instauró; obligados a generar confianza para el capital, el vicepresidente parece darle la razón a Hans Dieterich, quien advierte: “Aplicar el jacobinismo después del Termidor –es decir, querer ejecutar la revolución cuando la contrarrevolución ya ha triunfado– es una ridiculez histórica. Cuando existía el poder para ser jacobino, ni Hugo Chávez ni los actuales líderes lo emplearon. Congelaron al único jacobino de la revolución, al general Müller, y huyeron –como el diablo del agua bendita– del único paradigma estratégico científico-político disponible para convertirse en referente mundial del siglo 21: la simbiosis del desarrollismo criollo con el socialismo del siglo 21”. Ahora bien, ¿no le da la razón Aristóbulo Istúriz cuando afirma “dicen muchos de la oposición que la economía socialista fracasó, eso no es así, el socialismo no lo construimos, lo que fracaso fue el modelo rentista”? ¿No se alinea Héctor Rodríguez cuando dice “la revolución bolivariana” ha cerrado un ciclo, ahora iniciará un nuevo ciclo donde deberá renacer para enfrentar la nueva coyuntura con nuevos discursos y nuevas formar más parecidas a los venezolanos”? ¿No es a ellos a quienes les responde el Frente Bolivariano de Liberación, con el estallido de sus cajas sonoras llenas de panfletos convocando a la rebelión, a construir por la acción directa el Estado comunal?

Dieterich en su artículo “La batalla final” describe la transición como una restauración del sistema populista de conciliación de élites, con un nuevo bipartidismo que monopolice la renta. Uno puede entender como viable la alianza entre socialismo y desarrollismo criollo mediante la atribución de cierto “peronismo” en Acción Democrática que facilitara su alianza con el PSUV; sin embargo, la alianza entre AD y Voluntad Popular crea una situación diferente, deja al tecnocratismo desarrollista de Primero Justicia en la cancha del gobierno, planteándole la posibilidad de que 2019 esté ocurriendo tres años antes, pero con un costo político mucho mayor… se habla de división en la tolda aurinegra, mientras que todos ya están sacando cuentas electorales.

Los problemas con el futuro arrancan con el fin del rentismo: el gobierno repite la frase una y otra vez, pero no reconoce que en sus manos, el rentismo hizo su crisis final, porque creyeron que podía hacerse un desarrollismo y a la vez sustituir a un empresariado rentista por uno nuevo, amigo de la nomenklatura por vía de la quiebra y del fomento artificial (control de cambio, subsidios, importaciones, lavado de dinero). Por boca de la oposición nadie está proponiendo un cambio de modelo, el nacionalismo desarrollista como móvil de la modernización pronto cumplirá cien años, y el mundo está por cambiar su modelo energético. ¿No será buen momento?

Pero hay un argumento adicional para cambiar de modelo y de proyecto nacional: porque el apartheid cultural es otro proyecto distinto al de la modernización, y si bien nadie lo construyó (¿nadie?) es una brecha que hay que cerrar y una decisión, de cara al futuro, que hay que tomar. Dieterich coloca a los militares en ese rol. Así dice: “Ante el estupor del gobierno Maduro-Cabello, que entra ahora en su cuarto año, la fracción militar dominante decidió marginar a los yihadistas venezolanos de ambos lados del espectro político: Maduro/Cabello del lado gubernamental, los ‘salidistas’ del lado oligárquico. La decisión resulta del eterno horror de los militares: la pérdida del ‘orden’. Si el statu quo puede evitar la explosión social que convierte el orden en caos, queda por verse”. Los salidistas, hay que decir, han girado al centro, pero los radicales del gobierno, los que instituyeron el pranato, ¿en qué andan?

Este escribidor es de la idea de que el pranato nace de un fenómeno de sustitución de modelaje: del militar por el malandro, donde nuestra gente de los barrios, en la búsqueda de un caudillo con legitimidad, una vez rota la confianza en el pacto populista, escuchó los cantos de sirena de una utopía casi religiosa –el chavismo– que convirtió las cárceles en paraestados y los barrios en campos de concentración, administrados desde esas cárceles. Y después el régimen no acepta que se le acuse de fascismo.

Por eso el entierro del Conejo me hace preocuparme por el futuro: porque estamos en un punto de inflexión donde podemos retomar la modernización y avanzar, con referentes interesantes como Singapur, Noruega o Chile; o consolidar el apartheid y terminar parecidos a El Salvador y sus maras, después de una guerra civil. Todo pasa por la ruta del consenso, pero para llevarlo a cabo, para recuperar la confianza, para hacer productivo el diálogo el realismo no es suficiente, hace falta un proyecto.

@cardelf