• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

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Carlos Delgado Flores

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El nuevo secretario ejecutivo de la Mesa de la Unidad, Chúo Torrealba, ha venido planteando públicamente que no ve que las tres propuestas de acción de las organizaciones que hacen vida en la Mesa de la Unidad sean excluyentes entre sí (el congreso de ciudadanos, la convocatoria de la asamblea nacional constituyente y las parlamentarias), pero que, puestos en perspectiva, la cita comicial es una obligación y sobre la constituyente no hay consenso en los partidos de la MUD, ¿cómo es, entonces, que no se excluyen? O planteado de otra forma, si no se excluyen ¿cómo es que no pueden coincidir?

Que haya desacuerdos y competencia entre opciones es algo natural en política, que haya consensos tampoco tiene que lucir del otro mundo, por muy precario que esté el sentido común; y que ambos se combinen como dinámicas depende de planes y de proyectos compartidos, que funcionen como marcos para que haya opción y decisión.

En nuestro aquí y ahora venezolano, en un país deshilachado, con anomia generalizada, dar confianza es fundamental, porque la opinión muy mayoritaria –81,3% según la última encuesta de IVAD– es que tenemos una crisis política, es decir: crisis de reunirnos en un solo proyecto, crisis de habitar juntos un mismo territorio y de compartir aquello que nos es común. Aventuramos definirla en una sola frase y decimos que se trata de una crisis de confianza, con lo cual, la crisis política se convierte prácticamente en una crisis existencial.

Y surge, entonces, otra pregunta ¿puede haber liderazgo sin confianza? Ya intentamos una respuesta en otro artículo: sí, copiando para el statu quo las prerrogativas del príncipe, subrogando la desconfianza al miedo. La cuestión es que este tipo de liderazgo depende de que haya miedo y desconfianza para poder actuar en la inacción de los otros, hasta que el miedo sea demasiado grande para correr, hasta que no valga la pena guardar una vida que ya no vale la pena… Es un liderazgo enfrentado a la ley de los rendimientos decrecientes y eso le está pasando a los bandos en conflicto, aquí y ahora.

¿Y cómo vamos a recuperar esta confianza? Toca volver a lo básico: a equilibrar la libertad y la responsabilidad, el fortalecimiento de las capacidades de diálogo, la construcción de solidaridad, y la insistencia terca en que eso es posible (que no otra cosa es la fe), para volver a tener sentido común.

En función de esa confianza, este escribidor considera que la oposición debe analizar la continuidad de las propuestas en mesa, o su exclusión. El congreso de ciudadanos no excluye la realización de las demás acciones, por el contrario, puede generar un espacio para deliberar y para proponer una estrategia, además del encuentro entre la ciudadanía y las militancias, si se sabe hacer, si no se personaliza la convocatoria. La constituyente es un medio poderoso pero no puede limitarse solo al “barajo completo” de la mano, para resetear al Estado: sí hay reformas de fondo que proponer, que justificarían la realización de una reforma constitucional, pero es un debate que hasta ahora no se ha dado públicamente.

Y aquí surge una pregunta de interpretación de las encuestas: ¿Por qué si la misma encuesta del IVAD parece indicar un importante apoyo difuso a la constituyente: 61,6% en el nivel socioeconómico C; 55,1% en el D; 64,6% en el rango de edad de 18 a 24 años; 66,8% en el de 25-34 años; 58,7% en el de 35-49? ¿Por qué si la misma encuesta muestra un apoyo a la idea en 39,3% de personas militantes o simpatizantes del PSUV; 75% de personas de Primero Justicia, 74,3% de Un Nuevo Tiempo; 70,6% de Voluntad Popular y 64,9% de independientes? ¿Por qué si en la misma encuesta encontramos que ante una eventual elección de candidatos a una ANC 27,3% del nivel C y 27,6% del nivel D votarían por candidatos del PSUV; 22,6% del C y 20,5% del D votarían por los candidatos de “la salida” y 22,6% del C y 21,7% del D votarían por los del resto de la MUD? ¿Por qué con lo que nos sugieren estos datos, no hay una discusión pública sobre el tema?

Las parlamentarias son una cita electoral a la cual la oposición debe asistir si se considera parte del statu quo (no hay razón alguna para no considerarse así: es el resultado del crecimiento electoral sostenido desde 2006). El dejar que avance el deterioro del gobierno y esperar a 2019 sí es una estrategia excluyente porque supone que la decisión estratégica es no actuar (eso excluye cualquier otra acción) en el ámbito público, dedicando los esfuerzos a que las organizaciones crezcan en su militancia… es sabido que la constituyente no tiene consenso dentro de la MUD, ¿pero esperar hasta 2019 sí tiene consenso?

¿Cuáles son los argumentos en contra de la constituyente? A mi juicio, el principal está en la aparente “perversión” de sus propósitos. Una constituyente se hace para refundar un Estado no para cambiar un gobierno, en función de un proyecto de país. ¿Cuál es el proyecto de país que motiva la constituyente (y por favor no me vayan a decir que “la mejor Venezuela”, que es buena consigna, pero ¿hay algo más?). Y allí es donde surge otra pregunta ¿no puede surgir del congreso de ciudadanos un proyecto de país? ¿No pueden participar en él la oposición y el chavismo descontento con miras a discutir y acordar otros términos para el cambio político?

En otro artículo he sostenido que en Venezuela la esperanza de cambio está intacta, luego de 25 años desde la rebelión social del Caracazo (1989); dos golpes de Estado en 1992; la renuncia de un presidente en 1993; una constituyente en 1999; una rebelión que terminó en un golpe de Estado en 2002; un paro nacional en 2003; un referéndum revocatorio en 2004; un referéndum negatorio de una amplia reforma de la Constitución de 1999 en 2007, una enmienda constitucional para la reelección indefinida en 2008 y de haber tenido quince años de elecciones para diversos cargos de representación popular entre 1998 y 2013. ¿Acaso no puede surgir un nuevo proyecto de país que no suponga ni la instauración de un socialismo burocrático ni la restauración del orden anterior?

Lo otro que puede servir para esclarecer el punto es una hoja de ruta para las propuestas. Poniendo el congreso de ciudadanos de primero en un orden temporal, de él puede surgir un proyecto que quizás considere la posibilidad de que la constituyente sea la oferta electoral de las parlamentarias por parte de la alternativa democrática. No sabemos con certeza si de verdad quedaría un año para hacer campaña en este sentido, para elegir candidatos a la asamblea que tengan perfil como constituyentes y para construir consenso social en torno a este proyecto y, por supuesto, para darle esperanza de cambio a la protesta popular, a la organización de la sociedad civil y a aquellos que se fueron y que tienen en su horizonte de vida la expectativa de regresar. Pero a una cosa puede apostársele: si hay que volver a crear confianza en la política nacional, el liderazgo democrático debe creer en la democracia, debe practicarla y sobre todo debe creer que la gente puede volver a confiar entre ella, y puede darse gobiernos democráticos, así no parezca posible, aquí y ahora.