• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

Vientos de cuaresma

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Hace poco conversaba con un buen amigo, colega profesor, sobre nuestra circunstancia y conveníamos en que, en el fondo, nuestra crisis es una crisis de confianza, y surgía nuevamente la pregunta, ahora dramatizada por el peso de las urgencias: ¿cómo se construye confianza en tiempos de guerra?

Uno pudiera responder que cuando se trata de una guerra, formal, declarada, los bandos enfrentados construyen la solidaridad como sentimiento de pertenencia al bando, pero cuando el conflicto es generalizado y la guerra, partisana,  los bloques se vuelven añicos y solo quedan redes más o menos intrincadas según sean la cantidad de vínculos entre sus miembros. Como la naturaleza de las redes varía además según sea su ocupación, agregarlas requiere empoderar sus nodos, respetar los acuerdos que estos formulen, soportarlos, para lo cual es menester que haya marcos de comprensión y orientaciones para que estos acuerdos crezcan y se fortalezcan. Se requiere además que haya virtudes reconocidas por todos los miembros de las redes, para que estos marcos no se borren al relativizarse, cambiando las reglas de juego a favor de la conveniencia de los nodos. Y a falta de virtudes específicas y en nombre de la razón reductiva, alegando tanto el viejo pesimismo antropológico de los positivistas, inoculado cual vacuna, en la tecnocracia nacionalista,  como la pretendida condición de vanguardia revolucionaria de la burocracia, hay quien dice que lo que falta es la voz del hegemón.

Se supone que las instituciones son para esto: para dar marcos a las redes o elocuencia a los mandones (elija el lector cual opción aplica). Cuando no hay confianza en ellas, se pierde uno de los principales marcos para construir el sentido de gobernabilidad de las redes que es el discurso de estas instituciones, comúnmente empleado para legitimar las acciones políticas en el contexto de una República. Muchos años de cinismo han pervertido la credibilidad de las instituciones, al constatar que sus discursos no se corresponden con sus acciones; muchos años de personalismo, de voluntarismo y de contingencialismo han privado a las instituciones del compromiso que las constituye, el famoso contrato social que los ciudadanos de la república se obligan a cumplir y a protestar, cuando los funcionarios de estado lo incumplen. Por esa vía no debería extrañarnos que una burocracia se entienda con la estructura feudal del tren de las cárceles: porque hay más similitudes en el vacío que en las regularidades que encontramos en aquello que es diferente.

Y así volvemos a la pregunta: ¿cómo se construirá la confianza entre nosotros, que no nos la tenemos? Mi amigo recuerda sus días de director de escuela en una universidad autónoma, una “república de toga y birrete”, y de su relato este escribidor rescata cuatro claves, que quizás sea propicio compartir:

Ser honesto. Un reportaje reciente de la BBC a propósito de la carrera de Bernie Sanders por la nominación demócrata destaca que el atributo que los Millenials valoran más en él, es la congruencia entre su discurso electoral y lo que han sido históricamente sus actuaciones como independiente y como senador por el estado de Vermont.

Escuchar. Las instituciones han descansado tradicionalmente en sus discursos, pero hemos perdido de vista sus prácticas; si no se logra una escucha atenta, que comprenda cómo se mira el mundo desde el punto de vista del interlocutor, mal podremos invitarlo a participar en un proyecto y menos aun podremos convencerlo de la capacidad de gestionar ninguna cosa donde esté involucrado o comprometido (recuérdese la diferencia entre el cerdo y la gallina).

Tener orden. Simple: si no se sabe donde esta cada cosa, en el espacio o en la mente, se pierde la capacidad de darle valor, y si alguien no es capaz de dar valor, ¿Cómo podríamos confiar en él?

Ser transparente. La virtud de la transparencia es que con la claridad de los procederes y su registro, cualquiera puede tomar el lugar de quien da la cuenta, con algo de instrucción, reduciendo la dominación, pero multiplicando las capacidades en el ejercicio del poder. ¿No es eso lo que se aspira de los ciudadanos de una República?

Sé bien que la lista de virtudes puede ampliarse, pero los vientos de esta cuaresma nos exigen, ardientes y veloces, a instituciones y a ciudadanos, restituirnos la confianza para poder retomar el futuro.

@cardelf