• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

Por y para Sofía

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Es miércoles por la noche. La Galería Freites abre sus puertas para la presentación de La señora Imber (Editorial Planeta, 2016), libro de memorias que firma Diego Arroyo Gil con prólogo de Boris Izaguirre. Es, quién lo duda, una reunión de amigos que celebran una vida y rinden homenaje –uno más– a esta diligente señora que tanto representa, de lo que somos y de lo que queremos ser.

Desde que la conozco, Sofía está recibiendo homenajes. Fui testigo de la concesión que la república francesa le hiciera de la Legión de Honor, de la orden azteca recibida de los Estados Unidos mexicanos, de la orden de Estado en grado de comendador dada por la república italiana. Ha recibido la medalla Picasso de la Unesco (única mujer latinoamericana en recibir ese galardón); la Orden al mérito docente y cultural Gabriela Mistral (Chile); la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica del gobierno español, entre muchas otras. Antes de esta celebración, Sofía recibió reconocimiento del Pérez Art Museum de Miami, y el año pasado, la Medalla Páez en Nueva York, que otorga el Fondo Venezolano Americano para las Artes, de manos de Carolina Herrera.

Que se sepa, Sofía no ha rechazado ninguna condecoración, ni ningún reconocimiento. Todos los ha merecido y de todos ha expresado su satisfacción. ¿Pero por qué tanto homenaje? ¿Qué significado tienen?

Nunca se lo he preguntado, pero tengo una hipótesis que quisiera compartir con el lector: son reconocimientos al trabajo.

En Venezuela, como sabemos, la cultura del trabajo es precaria, no se comprende socialmente la capacidad que el trabajo tiene para sacar adelante los proyectos de vida, porque a este, como medio, le toca competir en el imaginario con la omnipresencia de la renta petrolera y la idea del derecho soberano que el pueblo tiene a disfrutar sus beneficios porque la patria se funda desde el subsuelo. Setenta años de esta prédica, unidos al sostenimiento en el tiempo de las deficiencias escolares, han servido para que cerca de 53% de la población económicamente activa (15-65 años), aproximadamente 8 millones de personas, que viven en cerca de 2,5 millones de hogares, no tengan más escolaridad que el primer año de bachillerato. Ese es el núcleo duro de la pobreza venezolana.

Sofía forma parte de la comunidad de modernizadores venezolanos, que desde 1936 intentaron construir un país moderno. Una comunidad intelectual de artistas, pensadores y gestores que intentaron incidir en la sucesión de los statu quo, para hacerles saber que era necesario mucho más que la propaganda nacionalista o la masificación de la educación pública para hacer de los venezolanos gente moderna; que se requería formar una sensibilidad. Lograron convencer a los detentadores del poder y estos dieron apoyo para que desarrollaran sus obras, en principio como utopías personales, luego como instituciones. Sofía, con su museo, retomó en el tiempo el debate entre figuración y abstracción y creó un espacio para la difusión de una modernidad sin concesiones: ni al intelectualismo vanguardista ni al esteticismo de la propaganda. Los disidentes de 1945-1951 y los que vinieron después, tuvieron un espacio para la formación, y muchas generaciones de venezolanos pudieron acceder… Este escribidor confiesa que la primera exposición que vio en el MACCSI fue la de esculturas cinéticas de Wen Ying Tsai, en 1975, tenía 5 años.

Los modernizadores intentaron formar la sensibilidad de los venezolanos para la modernidad: nutrir el entendimiento para liberar la imaginación, desarrollando así el gusto, que es vital para apreciar, pero también para decidir desde una moral libre de dogmas. Gusto por la expresión artística, por los frutos del trabajo y por la comunicación que nos pide saber para hacer saber, ¿no son estos fundamentos para construir una comunidad ciudadana? ¿No es eso la República?

Sofía sobrevive como testimonio vivo de esa esperanza que es necesario contar a cabalidad, para que sirva de referente a las nuevas generaciones, porque a ellos, más que a nosotros, les corresponde retomar el proyecto, cerrar la brecha y aprender a ver la vida a través del trabajo, no como una alienación, sino del modo existencialista: trabajándose en lo que se hace, ¿verdad Sofía?