• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

Romero, profeta y mártir

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Cuando el papa Francisco eleve a los altares a monseñor Oscar Arnulfo Romero y lo declare mártir de la Iglesia, le habrá hecho justicia al ministerio profético en América y le habrá dado una clara señal al antiguo orden: si los pastores deben oler a oveja y para guiar hay que dar testimonio, además de pastor se ha de ser profeta en el nombre del amor de Dios.

Pero no solo corresponde a los pastores dar testimonio con su ejemplo, también a los laicos que integran la Iglesia les toca denunciar su tiempo y “preparar la llegada del reino”, que tiene dos condiciones: prepararse cada quien para la venida y preparar la venida; convertirse cada quien, pero también lograr la conversión de la comunidad.

La de mártir es una condición reconocida para la devoción, que actualiza para todos los tiempos la dignidad de la Iglesia primitiva; es distinta de la del santo o la del doctor de la Iglesia en el énfasis que se da en reconocer que el testimonio de Cristo se ha dado voluntariamente. Y en efecto, dar la vida por otro es un acto de heroísmo, de fe, y de creencia en las promesas de la doctrina, pero principalmente es un acto de amor, un enloquecido y suicida acto de amor.

Que el odio de los tiranos te asesine para que quedes de ejemplo es preservar tu vida y consagrar tu memoria, pero nada de eso ocurre realmente si no se cree y si no hay una comunidad de doctrina para la cual tu vida tenga algún valor. Y es quizás aquí, donde la memoria de Romero ofrece su sentido más político, al mostrarnos, justamente en el reverso de su gesto, que las comunidades democráticas, aun desde la antigüedad clásica, son comunidades de doctrina: los griegos compartían los mismos dioses, los romanos instituyeron las leyes a partir de sus devociones compartidas, los puritanos ingleses se dieron gobierno en Estados Unidos, los puritanos nórdicos dieron origen a un socialismo nórdico de impronta comunalista, los jacobinos franceses rindieron su versión del reino obligando al pueblo a ser libre…

Doctrina compartida, pero también esperanza construida desde la doctrina ¿Y cómo es eso? La semana pasada el Instituto de Teología para Religiosos realizó una jornada de reflexión sobre religión y política en América Latina, y donde se examinaron algunos aspectos de indiscutible relevancia y actualidad, tales como la lectura que Mario Di Giacomo hace de El aro y la trama de Alejandro Moreno, para explicarnos cómo somos dos países y cómo para entender lo popular hay que entender su episteme; la lectura que Jaime Palacios hace de la Filosofía de la liberación de Dussel, y cómo esta funda su ontología en el pobre como otro, como alteridad fundamental; La lectura que Manuel Texeira hace de nuestros signos de los tiempos para llegar a afirmar que el chavismo es una religión, cosa que no puede entenderse desde el tecnocratismo populista; y la lectura que Bruno Renaud hace del concepto patrístico del sometimiento de la iglesia al estado, para responder a la pregunta que este escribidor le hizo, sobre cómo queda el ministerio profético frente a esta doctrina, con esta afirmación: “Lo esencial del cristianismo que hay que preservar, yo diría, es la cuestión del reino de Dios”, sin dejar de reconocer que en numerosas ocasiones quien da testimonio entra en tensión con la doctrina, haciendo buena la expresión de Jesús de Nazaret de que “nadie es profeta en su tierra”.

Romero dio testimonio de eso: denunció su tiempo, preparó la venida del reino y en su nombre ofrendó su vida; Francisco así lo reconoce al declararlo mártir. A nosotros nos toca hacer comunidad para que ese gesto no se pierda, para que haya amor suficiente donde pueda asentarse el reino.

@cardelf