• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

Parresía

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Hace pocos días, un colega, profesor universitario y psicólogo social, en un programa de radio de abundante y leal audiencia, recomendaba a la dirigencia política del país, dadas las características peculiares de nuestro aquí y ahora, “hablarle a la gente con la verdad”. De inmediato, este escribidor tuvo que vérselas con los molinos de su mente que primero plantearon la pregunta para nada ociosa: ¿cuál verdad? ¿La verdad científica del microscopio o la estadística? ¿La verdad procesal del expediente y sus cuantiosos folios? ¿La verdad revelada y eterna que es una sola y a la cual aspiran todas las confesiones? ¿La que se dice verdad periodística que contrasta fuentes y reduce los contextos de los hechos para que la información fluya con total objetividad? ¿La verdad de la realpolitik? ¿Todas? ¿Ninguna? ¿Cuál?; y luego hicieron aparecer la sospecha de que quizás la verdad de los hechos y su relación, asuntos que son del más absoluto interés periodístico, está en otro lugar que no es, justamente, la esfera de la opinión pública.

Fue entonces cuando reparé que en tiempos en guerra la primera baja en el campo de batalla suele ser la verdad, porque en lógica militar, desde los días de Sun Tzu, informar es delatar. Claro está que nadie ha declarado (todavía) la guerra, y en esta república, donde oficialmente hay independencia de poderes, plenas libertades y garantías de derecho, donde se vive –actualizado– el mito de la edad de oro en la cual surgió el pueblo de libertadores, la verdad puede estar en un lugar equidistante entre el cinismo de la burocracia, la precariedad del statu quo y la esperanza de la gente; un lugar distinto al que han configurado los mesianismos políticos y los salvacionismos de distinta índole, que a punta de discurso han normalizado para los bandos en conflicto la ausencia de sentido común.

¡Decir verdad! También le leía a un colega en un artículo reciente, sobre el significado de la realpolitik para Henry Kissinger que este entendía como inmoral la pretensión de ser completamente moral pues, la búsqueda de la moralidad absoluta nos puede llevar a no actuar cuando es debido. Giraron los molinos y pensé que si la acción requiere mentir podría estar justificada –el fin justifica los medios– si y solo si se trata de buenos medios, altos fines y si los medios se disuelven en los fines; así, si se sustituye la política por una guerra de cuarta generación y no se le dice nada a nadie –omisión que es casi una mentira– ello pudiera resultar bueno si de allí surge “la mayor suma de felicidad social posible”, la cosa es que quienes callen tengan éxito.

Uno de los textos póstumos de Michel Foucault, Discurso y verdad en la antigua Grecia nos recuerda que una de las condiciones para ser ciudadano ateniense era la parresía, que entendemos como decir verdad. Partidario de los juegos parresiásticos fue Sócrates, quien preguntando y confrontando lograba mejorar los argumentos de sus conciudadanos. Sócrates, santo patrono de la ética y referente de la escuela cínica, aquella que instituyó la parresía como la prerrogativa del filósofo en la educación del príncipe, si no recuérdese el episodio de Diógenes de Sínope con Alejandro Magno; después vino el partido aristocrático ateniense a homologar parresía con demagogia, a reclamar para los sabios el derecho exclusivo al uso público de la razón y a dejar por fuera el saber de sentido común, ese cuyo gobierno –Hannah Arendt sostenía– era justamente la democracia.

Decir la verdad se pide, entonces, y la verdad que nos quite el miedo, en el cual confortablemente nos instalamos, es la verdad que nos reúne luego de aprender a ponernos en los zapatos de otro para cuidar de él y de sí mismo, esa que en mis clases, digo, es la verdad periodística: una verdad de tipo ético.