• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

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Carlos Delgado Flores

Libres e iguales

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Hace algunos días, preguntaba yo a un representante estudiantil: “¿Qué es para ti la democracia?”, y de inmediato, como quien libera un misterioso mecanismo, recitó la conocida definición que la describe como un sistema de gobierno en el cual el Estado tiene independencia de poderes, un sistema de balances y contrapesos y una consagración única al Estado de Derecho. A lo cual yo le formulé otra pregunta: “¿Y si yo te dijera que la democracia es el gobierno del sentido común, qué me dirías?”. Me respondió, como es obvio, con el cliché de que “el sentido común es el menos común de los sentidos”.

Señalo esta anécdota porque parte del problema actual que confrontamos como país pasa por la idea de democracia que en esta República manejan sus ciudadanos, por el tipo de valores que el imaginario de esta democracia encarna. Nos encontramos en una situación en la cual, gracias a la precariedad de nuestras discusiones públicas y a la falta de ilustración, la libertad es percibida como un valor clase media, mientras que la igualdad se vende como valor popular, con lo cual, hace parte de la lucha de clases. Y esta aparente oposición parece a su vez una modulación de otro dilema: el de la democracia representativa versus la democracia participativa (directa), que era el debate entre James Madison y Thomas Jefferson en los inicios de la nación estadounidense, debate que Chávez adaptó en 1999 con la Constituyente, con lo cual dio aliento a la perplejidad de nuestros juristas y académicos, pues cuando en la campaña presidencial de 2006 dio el viraje hacia el socialismo, nos quedamos clamando por la representatividad de los mandatos, denunciando la tentativa totalitaria del Estado comunal y aislados de la clase popular.

Nuestra academia enseña la democracia como sistema de gobierno, no como un modo de ser o una buena costumbre (ethos) con lo cual poco a nada debería extrañarnos que tengamos una democracia sin demócratas. Enseña la libertad como una condición, no como una virtud, y circunscribe la igualdad a la “igualdad de oportunidades ante la ley”. Desde esta perspectiva, nadie va a discutir la libertad porque es un derecho natural, y la verdad es que, naturalmente, no somos más libres porque no ejercemos entre nosotros la acción libre y responsable basada en la confianza; porque no tenemos medios para confiar, pues falla la autoconfianza que se gana con la educación; porque quedamos esclavizados por el miedo que nos da la inseguridad; porque hemos cedido el espacio del sentido común a la normatividad institucional devenida en dogma, lo que Mangabeira en El despertar del individuo denomina perfeccionismo democrático y que pudiéramos entender como un mal propio de la democracia representativa. Así afirma: “Cuando hablo de perfeccionismo democrático (…) me refiero a la creencia de que una sociedad democrática tiene una única e imprescindible forma institucional. Una segunda característica es la creencia de que, impidiendo la desgracia y la opresión extremas, el individuo puede elevarse física, intelectual y espiritualmente. Según esta perspectiva, una vez que se inicia el camino institucional predeterminado de una democracia libre, serán poco frecuentes los casos en que el infortunio y la injusticia cierren esa senda a una efectiva voluntad de esfuerzo personal. Esas circunstancias extraordinarias justifican remedios extraordinarios”.
El chavismo construyó su máquina de producción de identidad sobre la noción de igualdad, pero la hizo antagónica a la libertad natural que pregonan nuestras instituciones, porque la enlazó con la subalternidad de la aspiración al reconocimiento, es decir: a un modo de ser.

Tendríamos, pues, que reconocer la igualdad como el ethos del chavismo y la democracia participativa como el proyecto político que agencia ese reconocimiento, sin dejar de señalar la distancia, algunas veces abismal, entre discurso y práctica, entre los enunciados que nos animan y las acciones por las que somos juzgados, y sin sacarla del contexto de la dinámica emprendida entre los proyectos de vida personales y el interés común de una sociedad. Así, no puede haber una igualdad que sacrifique la intersubjetividad en función de imponer un pensamiento, único, ni una igualdad que preserve la identidad de los bandos en pugna; tiene que haber una igualdad basada en el reconocimiento de la alteridad, que sea garantizada por la ley y por la institucionalidad del Estado, pero, principalmente, por el sentido común, que dicho sea de paso es la primera víctima cuando hay un conflicto social generalizado. Este sentido común es definido por Hannah Arendt como “la capacidad de ver las cosas no solo desde el propio punto de vista, sino desde la perspectiva de todos aquellos que estén presentes, hasta que el juicio pueda ser una de las capacidades fundamentales del hombre como ser político en la medida en que le permite orientarse en la esfera pública, en el mundo común: son ideas prácticamente tan antiguas como la experiencia política articulada”.

Podríamos retomar por esta vía la conversación con el estudiante, a quien yo me atrevería recomendarle se inicie en el conocimiento de la democracia deliberativa, como síntesis de los dos modelos anteriores y como recurso intelectual para lograr la articulación que permita superar la polarización; con ese propósito le recomendaría, la lectura del libro Republicanismo deliberativo en Jurgen Habermas, de Mario Di Giacomo, filósofo y profesor de la UCAB.  Pero además le pediría me explique por qué, si la vía para subsanar el déficit de democracia es con más democracia, sus compañeros del movimiento publican el precario Manifiesto de Mérida donde entre otras lindezas desconocen la polarización, la despachan con la frase: “Los estudiantes hemos unificado a la nación en torno a la conquista de la libertad de Venezuela”, la limitan a la injerencia extranjera en apoyo a la facción. Pero donde desconocen, además, la necesidad de construir la solidaridad por vía del asistencialismo social o por cualquier otra vía, despachándola con la darwiniana sentencia: “No hay diálogo posible con un régimen clientelista y totalitario, que busca hacernos dependientes”. Y donde definen la libertad solo desde una perspectiva liberal, naturalista: “Vamos a conquistar nuestra libertad.

Libertad individual. Libertad económica para poder vivir producto de nuestro propio esfuerzo. Libertad de expresión para informarnos y expresarnos sin controles de ningún régimen. Libertad política para manifestarnos, reunirnos y organizarnos sin que sea un delito. Libertad para elegir sin que signifique una farsa. No toleramos los controles de este régimen castro-comunista ni de ningún otro que atente contra los valores y principios de los venezolanos”. Que me explique, en fin, por qué los abajo firmantes deciden formar parte del problema en vez de formar parte de la solución, contribuyendo a romper nuestro cada vez más precario sentido común.