• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

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Carlos Delgado Flores

Hipótesis

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Hace una semana, hacía con mis alumnos un ejercicio en clase, abordando el tema de la formulación de hipótesis para los reportajes interpretativos (el lector sabrá entonces que soy profesor de periodismo, que me toca formar colegas, cosa que hago con mucho orgullo). El ejercicio consistía en organizar la información que se estaba generando de la 53° reunión del Comité contra la Tortura del Sistema de Naciones Unidas en Ginebra, donde las ONG de derechos humanos venezolanas presentaron un informe sustentado y el Estado a través del viceministro de Interior y Justicia, José Vicente Rangel Ávalos, hizo su mejor esfuerzo. La pregunta generadora de la hipótesis era ¿cuál podía ser la incidencia (trato de no decir impacto porque siento que este término tiene, hoy en día, una resonancia bélica) de este caso en la política venezolana? La respuesta, que al obedecer a una intuición más o menos sistemática se convierte en hipótesis y da pie un reportaje, me dejó helado: “ninguna”.

—¿Cómo que ninguna?

—El sistema de Naciones Unidas está muy burocratizado. El gobierno hace lobby internacional y logra que no haya presión alguna. Ocho relatores han pedido ser invitados para hacer informe in loco (en el sitio) y a los ocho se les ha negado, sin reclamo por parte del organismo. María Gabriela Chávez es representante ante el Consejo de Seguridad que es la instancia más fuerte…

—Pero los países miembros del sistema de Naciones Unidas tienen gobiernos que son elegidos por sus ciudadanos –argumenté–, y hoy por hoy se puede contactar a esos ciudadanos y hablarles más fácilmente que en el pasado. Durante las protestas que dieron origen a estos 3.000 casos documentados de tortura, Venezuela fue interesante para la prensa de otros países, tanto como lo fue Ucrania. Un estudio reciente de The Economist indica que la conversación en Twitter en las protestas de Hong Kong tuvo tamaño similar a las que hubo en Venezuela entre el febrero y abril. Además, esto dificulta el refinanciamiento de la deuda venezolana que el año próximo tiene vencimientos por 50.000 millones de dólares, pues ¿quién le va a comprar papeles de deuda a un Estado que viola los derechos humanos?…

Pero no tenía caso: el profesor (o sea yo) había girado unos grados desde los argumentos a favor de una hipótesis (hay incidencia en la política) hacia la preocupación por cómo, en la perspectiva de la ecuación de Robert Dahl (gobernabilidad democrática como equilibrio entre costo de tolerancia y costo de represión) el caso de la tortura podía servir para elevarle los costos de represión al gobierno, para que este volviera a hacer política y dejara de hacerle la guerra (de tercera o cuarta generación, no importa) a la gente. Pero mis alumnos optaron por mantenerse en hipótesis nula (no hay incidencia), con argumentos respaldados por evidencia empírica.

Sentí que me quedaba sin palabras, cosa que es grave para cualquier profesor.

Después vino un discurso justificador de la emigración que ya he escuchado: “Hay gente que estima que para que esto cambie, asumiendo que hay cambio político en un año o dos, para que haya recuperación económica pasarán veinte años. Y la cosa es que nosotros no tenemos responsabilidad en esto, no podemos asumir los errores que se cometieron, por eso nos vamos”.

—¿Y dentro de veinte años, cuando la crisis haya pasado, regresarían? –pregunté, intentando esbozar otra hipótesis.

No hubo respuesta, lo que aproveché para largar el tema del abandono del país como proyecto, para recomendar la lectura del texto “Sobre la responsabilidad social del historiador venezolano” de Germán Carrera Damas, y para esbozar,  a partir de él, otro planteamiento: que lo que él identifica como persistencia del monarquismo, veinte generaciones después de la Independencia, puede deberse a que eso que Ángel Rama llamó la ciudad letrada (en penumbrosa referencia a la Ciudad de Dios agustiniana) que era el funcionariado colonial al servicio “de la corona y de la mitra”, pervivió como intelectualidad republicana y se hizo positivista y después tecnócrata o burócrata, civil o militar. Y que puede ser rastreable ubicando una noción: la de que este pueblo no tiene derecho de darse su propio gobierno, porque no sabe cómo; noción contra la cual surgió el proyecto de modernización nacional, cuya crisis final, acaso representada por el éxodo de la clase media profesional no sea más que el triunfo del monarquismo, ahora transformado en populismo, tanto en el gobierno como en la oposición. Que el que se somete al aparato clientelar que el partido montó cooptando al gobierno y el que se va del país en beneficio del régimen, no solo en beneficio propio, manejan la misma idea del pueblo y su gobierno, pero lo hacen dentro y fuera de un apartheid cultural que ya tiene casi 70 años, descontando su herencia anterior.

¿Y cómo se sale de este dilema, asumiendo que esta hipótesis es correcta?

No lo sé. Lo discutiremos en clases. Hoy me toca otra vez.