• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

Guerra no declarada

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Para cuando salga publicado este artículo, faltarán 114 días para las elecciones parlamentarias, y la campaña –larga, extraoficial– apenas comienza.

Este escribidor se pregunta por el imaginario de esta elección, considerando que su percepción debe variar de manera similar al biorritmo, oscilando entre las urgencias y las decepciones, entre los optimismos moderados y las euforias patrias. Vale decir que no es lo mismo pensar en los comicios legislativos cuando se está en una cola –del mercado, del transporte público, del aeropuerto o de la morgue–, que tirado en el piso de la vivienda cuando hay enfrentamiento a plomo entre bandas; o pagando vacuna a los pranes de las zonas de paz, o destilando hiel frente a los productos que el menguado sueldo ya no puede alcanzar, cuando es que los hay. Por ello la pregunta, ¿qué piensa el elector que son estas elecciones?, no solo parte del supuesto, harto consabido, de que “cada cabeza es un mundo”, sino que precisamente por eso es que se lanza la pregunta, porque debe haber un importante diferencial en las respuestas que las encuestas no nos reportan, porque los clientes no incluyen en los cuestionarios preguntas de ese tenor, ni piden ese tipo de explicaciones, acostumbrados, como están, al mercadeo basado en la oferta.

Ironías mediante, el sentido común nos advierte que estas elecciones representan para la oposición la oportunidad de obtener un importante triunfo político, alzándose con la mayoría en el Parlamento, para introducir cambios importantes en las reglas de juego institucional que permitan recuperar la independencia de los poderes y frenar el veloz deterioro que la crisis –política, económica, social, etc– está causando en la menguada República. Pero nuestro sentido común no está desprovisto de miedos, muchos de ellos instalados con el rigor de una costumbre y ante la sospecha de que el bando oficialista no reconozca una victoria opositora, o peor aún, distraiga el interés nacional de las elecciones por razones de fuerza mayor. Que la intención de voto se ubique cerca de 80% parece advertir que hay algo más que la intención de ir a votar, o por lo menos, parece haber una percepción en el electorado que no responde a las razones electoralistas que actualmente se esgrimen, por bando y bando.

Y la pregunta se reitera: qué piensa el elector que es esta elección, habida cuenta de que no es una sola, sino muchas, tantas como circuitos electorales hay (87 y uno más contando la elección de los diputados indígenas). Entre los proponentes existen versiones ajustadas a las agendas de los operadores, así hay comicios que lucen como regionales adelantadas; otros como una elección interna proyectada; otros lucen como plebiscitos y otros como el despegue de una opción presidencial, conforme varía la correlación de fuerzas que se miden en la cancha local. Y a la pregunta inicial se le suma una que puede ser consecuencia de la anterior: ¿Cómo entiende la gente esta elección parlamentaria desde la agenda política de las organizaciones en el plano de los circuitos, habida cuenta de la desconexión reportada para este período legislativo, entre los diputados y sus circuitos? ¿Cuántas comunidades pueden decir que su parlamentario no solo los representó en el hemiciclo, sino que además hizo trabajo político con ellos, contribuyendo con su organización política, con el reforzamiento de sus capacidades de participación? ¿Cuáles son los argumentos que las partes esgrimirán en su campaña, para hacer prevalecer su opción entre las necesidades de la gente? Desde luego, es demasiado pronto para saberlo a cabalidad.

Podría afirmarse que sostener únicamente que una eventual victoria opositora en las parlamentarias permitiría encauzar el gobierno, equivale a considerar al régimen solo como un mal gobierno. Y por otra parte señalar que el 6-D es el último chance para la democracia demanda afirmar las ironías para plantear un marco de comprensión más profundo, en el cual las parlamentarias se convierten en unos comicios muy importantes, dada la hora que vive el país, pero no los que definirán el rumbo de un proceso mucho más complejo que la mera elección de legisladores. En una frase coloquial: ni tan calvo ni con dos pelucas.

En otro texto hemos referido que el enunciado de Von Clausewitz de que “la guerra es la continuación de la política aunque por otros medios” no es reversible, es decir: no puede concebirse la política como una guerra, por muy belicista que sea el lenguaje de la contienda. O se hace política o se hace guerra y aquí es donde se produce la discrepancia entre los modos de proceder, porque el régimen tiene una guerra, una guerra no declarada, hace más de 16 años, la cual disimula con política. Una guerra que ha puesto más muertos que en los Balcanes, que ha elevado la tasa de asesinatos a 82 por cada 100.000 habitantes; que ha desplazado al exterior más de 6% de la población (No olvidar que el principal movilizador de las migraciones recientes de profesionales universitarios es, junto con la convicción del cierre del futuro, el acicate de la inseguridad personal); que ha impuesto la escasez, el desabastecimiento y la inflación, con lo cual el país puede convertirse en el caso 57 a nivel global de país con hiperinflación; que ha establecido ámbitos fuera de la ley que lo mismo son campos de concentración o zonas de control delictivo; que ha formalizado el apartheid político; ha criminalizado la disidencia; ha cercenado las comunicaciones públicas (sea por la propaganda, la censura o la autocensura) conculcando el derecho ciudadano a estar bien informado; ha violado sistemáticamente los derechos humanos y ha triangulado sistemáticamente los argumentos esgrimidos en su contra, como el matón que golpea salvajemente la cara de un indefenso diciéndole “¿pero, por qué me pegas, qué te hice yo?”, en lo que constituye una muestra –no por hipotética, menos cotidiana– de bullying político.

Ahora la guerra, camuflajeada como política de seguridad ciudadana, hace performance de razzias policiales y desmantela redes de dealers, no de drogas sino de mercancías de primera necesidad. ¿Será una forma de vacunar con miedo la disidencia interna?

Y a esa guerra posmoderna se le saldrá al paso con unos comicios en situación claramente desventajosa, con agendas diversas y una unidad precaria, sin proyecto histórico por parte de la oposición (porque el régimen tiene el suyo: un socialismo burocrático y nacionalista como los que el mundo ya ha visto), sin capacidad real de afirmar que el proyecto histórico está en la Constitución de 1999 y sin convicción de ello, pues el proyecto del régimen es el Plan de la Patria, y el de la oposición es apenas un plan de gobierno de reinstitucionalización, pero que deja intactos los viejos polvos que hicieron estos lodos.

Pero si ocho de cada diez venezolanos va a ir a votar, si la brecha en favor de la oposición se consolida más allá de los 20 puntos, debe la MUD leer estos signos con cuidado y no agotar la paciencia del electorado, dedicándose a las consabidas marchas y bailoterapias que distraen al ciudadano del patrio deber de hacer su cola; fingiendo demencia cada vez que se le plantea la necesidad de discutir el proyecto histórico nacional y comprometerse políticamente en el largo plazo, no. El elector quizás sí está viendo cosas en las parlamentarias que los operadores políticos de uno y otro bando no ven, o no quieren –o saben– ver, y ahí la pregunta es quién será el primero en preguntar. Se corren apuestas.

 

@cardelf