• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

Fascistas de clóset

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Quien estudió en la Universidad Central de Venezuela en los noventa, seguramente la vio –negros cabellos largos, rasgos indígenas, infatigables blue jeans y blusa blanca– en alguna de las escenas cotidianas del campus prodigándole ternuras a los perros realengos, o en algún concierto en el Aula Magna, o escuchando a los cuentacuentos hilar historias, o colada como escucha en alguna clase de la Escuela de Letras. Algunos, incluso, capaz y cruzamos algunas palabras con ella y con suerte recibimos la flor de una sonrisa, escasa y valiosa como generoso de insultos podía ser su delirio, lleno de persecuciones y sombras que denunciaba a gritos, a veces hasta el desmayo: “¡Fachos!, ¡fachos todos!”

Esa era Clara Daza, la loca Clara. Su recuerdo se vuelve nítido en estos días, cuando tirios y troyanos se acusan de ser fascistas. Un historiador amigo mío hacía, hace ya algunos días, público regaño por el uso y abuso que las partes hacen del término convirtiéndolo en insulto político, diciendo, palabras más, palabras menos, que 1) dedicarlo como insulto general (por repetido) logra que uno deje de saber la diferencia entre lo que es y lo que no es (“es bien probable que una calificación que sirve para tanto no sirva para nada”); y 2) que antes que fascismo, como cosa propia de los venezolanos está “la vocación de arrodillarse ante el mandón”.  Y he aquí el problema: según sea la definición que manejemos, en Venezuela hay trazas más o menos recurrentes de pensamiento fascista, tanto en la política como en otros órdenes de la vida nacional, o por el contrario, no lo ha habido nunca, ni siquiera en este presente tan ominoso que tenemos (ubique el lector la opción intermedia que mejor le plazca).

Si entendemos al fascismo solo como la ideología mussoliniana, no lucirán fascistoides los populismos de diverso signo, pero si manejamos la definición que Umberto Eco expone en el Ur Fascismo de que “el fascismo era un totalitarismo difuso (…) el término fascismo se adapta a todo porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos, y siempre podremos reconocerlo como fascista”; y anotamos los rasgos de este que el semiólogo italiano identifica: culto a la tradición, rechazo del modernismo, culto de la acción por la acción, rechazo del pensamiento crítico, miedo a la diferencia, llamamiento a las clases medias frustradas, nacionalismo y xenofobia; obsesión por el complot; envidia y miedo al “enemigo”; principio de guerra permanente, antipacifismo; elitismo, desprecio por los débiles; heroísmo, culto a la muerte; transferencia de la voluntad de poder a cuestiones sexuales; machismo, odio al sexo no conformista; transferencia del sexo al juego de las armas; oposición a los podridos gobiernos parlamentarios;  neolengua… Pues, posiblemente los populismos, los burocratismos arcaizantes, los nacionalismos de diverso cuño (incluidos los socialismos nacionales),  los comunalismos de base puritana, los despotismos ilustrados, las tecnocracias, las democracias delegativas, los monopolios institucionales, o incluso los liberalismos transmodernos tengan algo más que un tufo de fascismo.

Y si entendemos al fascismo solo como un orden político, no veremos que, mutado como un gen social, como una escala de valores y como una lógica con la cual construimos nuestra relación con el otro, existe un fascismo social producido por tanta democracia instrumental, al que Boaventura de Sousa Santos describe como uno que “en lugar de sacrificar la democracia a las exigencias del capitalismo, trivializa la democracia hasta el punto de que ya resulta innecesario, ni siquiera conveniente, sacrificar la democracia a fin de promocionar el capitalismo. Se trata de un tipo de fascismo pluralista producido por la sociedad en lugar del Estado. El Estado es aquí un testigo complaciente, cuando no un culpable activo. Se trata de un período en el que los Estados democráticos coexisten con las sociedades fascistas, como ovejas junto a los lobos. Es por tanto un fascismo que nunca había existido.

Pese a la novedad, Boaventura identifica cuatro tipos de este tipo de fascismo:

a) apartheid social, cuya base es la segregación, bien sea racial o administrativa por la vía de las corporaciones: una franelita, un carnet, una red de bachaqueo, una burocracia que se enriquece con el erario público; o por otro lado los estereotipos que chavistas y escuálidos construyen –unos de otros– como mitos de bandos en conflicto.

b) fascismo contractual, que “se da en las situaciones en las que la discrepancia de poder entre las partes en el contrato civil es tal que la parte más débil, presentada como más vulnerable por no tener ninguna alternativa, acepta las condiciones impuestas por la parte más fuerte, por muy costosas y despóticas que sean”. Es el sueño de todo tirano: que el esclavo porte el látigo y lo ofrezca a sus manos con una sonrisa.

c) el fascismo de la inseguridad, que “consiste en la manipulación discrecional del sentido de la inseguridad de las personas y grupos sociales vulnerables debido a la precariedad del trabajo o a causa de accidentes o eventos desestabilizadores. Esto desemboca en ansiedad crónica e incertidumbre frente al presente y el futuro para gran número de personas, quienes de esta manera reducen radicalmente sus expectativas y se muestran dispuestos a soportar enormes cargas para conseguir reducciones mínimas de riesgo e inseguridad”. Es la historia de dos colas: la del aeropuerto (la de los exilados) y la de la morgue.

d) fascismo financiero, que es “el que controla los mercados financieros y su economía de casino. Es el más pluralista en el sentido de que los flujos de capital son el resultado de las decisiones de inversores individuales o institucionales esparcidos por todo el mundo y que no tienen nada en común salvo el deseo de maximizar sus activos. Precisamente porque es el más pluralista, es también la clase de fascismo más cruel, puesto que su espacio - tiempo es el más adverso a cualquier clase de intervención y deliberación democrática. La crueldad del fascismo financiero consiste en que se ha convertido en el modelo y el criterio operativo de las instituciones de regulación global: las agencias de calificación, el FMI, los bancos centrales”. Por aquí se mira la tecnocracia, que puede entenderse como la racionalidad económica transportada como razón técnica a otros órdenes de la vida, que reduce la felicidad a la productividad.

Si es posible que haya fascismo político aceptado por las democracias de todo el orbe, ello son malas noticias para la democracia; peor aún si es posible que haya sociedades fascistas, pues son pésimas para la noción moderna de humanidad. Lo que nos va señalando dos cosas. 1) Que en nuestra sociedad y en nuestro proyecto nacional ha habido más fascismo del que reconocemos y 2) nuestro caso es un espejo en el que otros países deberían verse y si no lo hacen, es posible que sea porque no hemos contado bien nuestro relato, porque hemos hecho abstracción de que las racionalidades asumidas tienen rasgos comunes allende o aquende los países y hemos vuelto la lectura de nuestro conflicto político algo técnico que se explica con razones reductivas, pero que no se comprende como herencia entre generaciones, porque no sabemos, o no conviene que lo sepamos.

En nuestro fascismo cotidiano el régimen, en un ejercicio continuado de neolengua, disimula su conflicto interno con el performance de una política pública de seguridad, arrestando paramilitares, con lo cual queda la duda de si esa es la nueva denominación de las bandas delincuenciales, o si se trata de un otro invocado desde otros conflictos; otro tanto hace agitando el cotarro de un diferendo limítrofe que no le moviliza el nacionalismo a las colas del desabastecimiento. Y otro tanto ocurre con la orden del Poder Electoral de incorporar mujeres a las candidaturas en nombre de la paridad de género y de la representación proporcional de las minorías, en un sistema que eliminó el método D’Hunt para la conformación de las fracciones parlamentarias. La oposición tiene la opción de denunciar estas expresiones de fascismo o dedicarse a la conformación de un frente electoral, o de hacer ambas cosas, sin exclusión. Puede limitarse a la economía de la decisión y al mercadeo político, haciéndole juego al fascismo tecnocrático, como puede emplear esta campaña en la construcción de un horizonte histórico compartido que le dé un propósito a 60% del electorado para votar por ella.

Hay que abrir las solidaridades con todos. Con los trabajadores que reclaman respeto a su derecho a construir hogares, a sacar adelante a sus familias y a construir un futuro para sus comunidades, con el trabajo que los fascistas en el gobierno ponen cada día más en riesgo. Con las madres que día tras día, cada vez más, reclaman  a los fascistas del gobierno la doble moral de llamar a los malandros (“buenandros”, llegó a decir aquel) “compañeros” y de emplearlos como comisarios políticos que ejercen terrorismo de Estado. Con los funcionarios a los que no les quedó otra alternativa que emplearse en la administración pública y tener que enfundarse la camisa roja, tener que marchar y votar a juro, para poder mantener sus hogares. Con todos aquellos que se fueron quedando por fuera del sistema escolar y ya no creen que con la educación se pueda ser alguien en la vida. Con todos ellos y con muchos más, hay que construir la solidaridad, acompañarlos en la calle y en sus comunidades, para cerrar las brechas impuestas desde nuestro accionar de fascistas de clóset, para disolver de la memoria del aire las palabras del delirio de Clara. 

 

@cardelf