• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

Enemigos del trabajo

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Aunque a primera vista no parezca, hay mucho en común entre aquellos de nosotros que se van, y los que se quedan, en el país; no me refiero a los rasgos, a los gestos o a los giros en el lenguaje, sino más bien, en este caso, a la agencia que empleamos para construir nuestro proyecto de vida: el trabajo. Los que se van, lo hacen luego de considerar que es imposible vivir en el país, para ello migran, buscan un trabajo o estudian para insertarse luego en esa otra sociedad, mientras que los que deciden quedarse lo hacen, ocupándose en prosperar, progresar y no dejar atrás los lazos del afecto. La decisión de irse o quedarse equivale a la decisión de continuar o no una relación de pareja, ante la cual, no tiene sentido el voluntarismo porque es una decisión que afecta a ambos involucrados: uno quiere romper, el otro no debe tener una relación a solas, por su bien.

El trabajo es la agencia, y para Roberto Mangabeira, una agencia muy poderosa y la base contemporánea del discurso de la izquierda, con una variante crítica: los trabajadores quieren ser pequeños burgueses, aquí y en China, por lo cual, que el sujeto trabajador sea un sujeto popular no implica que el único modo de ser trabajador sea siendo obrero, o que el único modo de ser popular es siendo lumpen. Sin embargo, la vocación totalitaria de los socialismos burocráticos, construidos con base en la dictadura del proletariado requiere la estatización total de la sociedad y el control de las capacidades productivas de las familias para consolidarse y perpetuarse; de allí que se combata a la clase media por motivos ideológicos, pues dado que representa la tentación de la libertad que desvanece la conciencia de clase del pueblo, hay que lograr que desaparezca empobrecida, exiliada o muerta, hay que declararla enemiga interna, pecharla con impuestos, vapulearla con la inflación, destruir su sistema de valores, su capacidad de aprendizaje; hay que desordenarla, confundirla o hacer que ella misma se confunda interfiriendo sus comunicaciones, para que lo único que tenga, para saber, sea propaganda. Esta versión del socialismo, que más bien resulta ser fascismo de izquierda, tiene el trabajo como enemigo.

¿Pero cuál es la relación que se ha roto? Durante más de 70 años, cuando se dice justicia social en nuestro caso, se quiere decir justicia en la distribución de la renta petrolera, en nombre de la soberanía. Cuando se dice democracia, una parte del país piensa en Estado de Derecho y la otra, la que creció a partir de las migraciones del campo, piensa en inclusión, en que la ciudad letrada colonial sostenida en el tiempo como un vicio, los deje entrar a la República, los deje ser ciudadanos. No es un reclamo nuevo, de hecho, arranca con la modernización nacional y constituye lo que llamamos apartheid cultural. Al principio la promesa era buena, la esperanza se sostenía, había éxitos que exhibir, avances muy importantes y hubo gente que logró modernizarse, pues el Estado logró empoderar el trabajo de sus familias; hubo otra oleada de modernidad venida de la mano de los inmigrantes europeos de posguerra (con todo y que la mayoría de ellos provenían de zonas rurales) y una tercera oleada traída por los medios de comunicación social, que se afiliaron a la modernización. El poder que sostenía el proyecto era una élite de partidos que suscribieron un pacto que el politólogo venezolano Juan Carlos Rey describe como un sistema populista de conciliación de élites, al cual se adhirió la clase empresarial y de la cual se excluyeron las izquierdas revolucionarias, porque la revolución armada es contraria a la conciliación de clases a través de partidos policlasistas y de un Estado clientelar. Y así fue, hasta que las subalternidades (de izquierda y de derecha) se aliaron con la burocracia de charreteras y reestablecieron el partido militar.

Burócratas y subalternos dejaron fuera a la élites del acceso a la renta. Al principio, permearon los recursos para organizar a los excluidos en función de lograr su inclusión, hasta hicieron una constitución para ello. Pero luego decidieron que ellos eran las nuevas élites sustitutas de las anteriores y que el mecanismo de redistribución de la renta no iba a ser el trabajo empoderado, sino la corrupción; ya no exclusiva de ciertos cuadros técnicos habilidosos al desviar los recursos del Estado, sino popular, generalizada, en todos los niveles, como en cascada, disimulada en la gestión cotidiana, en el “llevar para la casa” y el “como vaya viniendo, vamos viendo”. Decidieron que los bandidos y forajidos (pranes, los llamamos) iban a tener cargo de comisarios políticos y a ejercer control social desde el lumpen; y decidieron más: que ellos, los subalternos, se iban a unir con sus pares de todo el mundo, para acabar con la contradicción que los negó históricamente al final de la Guerra Fría, negándola a su vez con argumentos propios del islam del siglo VIII.

Esa es la relación que los que se van, abandonan, pero igual se la llevan como equipaje, porque esa es la realidad de la que proceden, la que le dio forma a su identidad. Y por otra parte, esa es  la relación que los que se quedan también han abandonado, porque aquellos que alguna vez apoyaron al partido militar, ahora padecen bajo su yugo, y aquellos que no, ya no ven en la oposición una opción política que les garantice libertad para trabajar y oportunidades para hacerlo. Los enemigos del trabajo acabaron con él, pero no con la capacidad de la gente laboriosa, ingeniosa, creativa, de inventarse modos de trabajar. Allí está, sin duda, el milagro que esperamos para salir de esta pesadilla.