• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

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Diálogo en Guatepeor

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El espejo de estos días está en Guatemala, donde se habla de “primavera”. De lejos, la mirada polarizada ve la renuncia del presidente Otto Pérez Molina como una victoria de la sociedad civil pero también como el avance de la perniciosa antipolítica, mejor representada aun con los resultados para la segunda vuelta, encabezados por Jimmy Morales, economista y comediante, quien se alza sobre el empresario Manuel Baldizón y sobre la ex primera dama Sandra Torres. Los institucionalistas no dejarán de señalar que hace veinticinco años, la solución política era el golpe militar, pero ahora dimite un ex militar, luego de intensas jornadas de protesta popular, de un paro nacional y de la intercesión de la comunidad internacional. Pero ¿un comediante? ¿Un oscuro empresario? (La frase me recuerda al misterioso cliente que le encargada a Wolfang Amadeus Mozart la composición de su memorable Réquiem) ¿Una ex primera dama, divorciada? ¿En qué se nos ha convertido la política?

Ante este panorama, este escribidor no deja de ocultar su simpatía por lo que es capaz de hacer la protesta ciudadana en procesos de transformación política y social; la lectura de Manuel Castells (Redes de indignación y esperanza) y de Alain Touraine refresca la distinción entre poder y dominación, pero también retoma las diferencias –y las similitudes, quizás estas más abundantes que las otras– entre la tecnopolítica contemporánea y las guerras posmodernas que cotidianamente elevan nuestra cuota riesgo, hasta los niveles de eso que el sociólogo alemán Ulrick Beck en su texto La sociedad del riesgo denomina riesgo ontológico, claramente denunciado por el papa Francisco en su encíclica Laudato Si.

Lo digo y recuerdo una conversación que sostuve no hace mucho, con un dirigente estudiantil, sobre el prejuicio generalizado que esta época tiene hacia los políticos, cualquiera sea su pelambre.

—La gente no siempre advierte –dije– que la moral del político, pese a que pueda resultar acomodaticia, en realidad es la moral de un asceta que realiza grandes sacrificios, en función de nociones que en un momento pueden resultar bastante abstractas. Si tomamos como válidas las acotaciones hechas al precepto maquiavélico de que “el fin justifica los medios” siempre y cuando se trate de “buenos medios”, “altos fines” y haya una “economía de la decisión” que permita que “los medios se disuelvan en los fines”, lo que el político sacrifica acaso es su propia subjetividad en el altar de la razón histórica.

—¿Pero eso aplica aquí –preguntó– donde lo que hay es puro ego, pura sacadera de cuentas y caudillos y caudillitos en todos los órdenes políticos?

Quería decirle que no, que los políticos habían logrado una comunidad donde los mayores son ejemplo y los más jóvenes innovación; que las organizaciones políticas habían logrado depurar la tecnopolítica hasta niveles de virtuosismo, pero corría el riesgo de que no fuera gentil con mi sarcasmo, así que me decanté por otra línea de argumentos, esta vez enfocados en el tipo de liderazgo.

—Un solo palo no hace montaña –afirmé, recurriendo a un refrán–. Los caudillos contemporáneos hacen proyección de liderazgo personal, le sacan partido al poco carisma disponible (el mercadeo político sirve para eso), y administran, con extrema tacañería, tanto las victorias como las derrotas, de modo de planificar la política como un trabajo en el cual se puedan jubilar. Por eso hay tanto caudillito funcionario de partido, por eso la capacidad de deliberación que los partidos debían generar para que la sociedad civil se politizara, ha sido sustituida por una política que es mero espectáculo, apoyada por los aparatos de propaganda del Estado, o privados, al servicio de un statu quo.

—¿Y qué podemos hacer? –preguntó. Era una pregunta honesta, comprometedora como la que más. Lancé una andanada:

—Cambiar el tipo de liderazgo, el tipo de organización política y el tipo de política que estamos haciendo. Fortalecer y democratizar a la sociedad civil, cambiar el tipo de democracia, liberar al futuro de la dictadura de la falta de alternativas (Mangabeira dixit). Construir en forma colectiva un nuevo proyecto histórico. Formarse y formar gente que acompañe nuevos proyectos. Sacar a la política del marco de los juegos suma cero… ¡Hay tanto por hacer! Suena utópico y poco realista, pero una cosa he aprendido con los años y es que limitar la política al realismo político es quitarle la capacidad de inventar el futuro, que es al fin y al cabo lo que permite una movilización sostenida (no espasmódica) de la fuerza histórica de cambio de una sociedad. ¿No vivimos, en nuestro presente, degradado y lleno e incertidumbre, el sueño que otros soñaron? ¿Por qué no podemos nosotros soñar un sueño mejor? ¿Por qué no podemos hacerlo mejor?

Yo quiero creer que el 6-D abre una oportunidad de oro para avanzar en este propósito. Pero para poder llegar a ese día, nos tocará elevar nuestras capacidades para ir construyendo desde la contingencia cotidiana, la cual guarda demasiados parentescos con una guerra  Y eso en modo alguno puede considerarse como antipolítica, merece un nombre mejor.


@cardelf