• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

Al instante

Cruel

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¿Qué tienen en común la escasez de medicamentos, de reactivos, de materiales quirúrgicos, de especialistas médicos; de información fidedigna sobre la epidemiología de enfermedades como el dengue, la fiebre chicungunya o la fiebre hemorrágica recientemente detectada; los recientes asesinatos con desmembramiento de los cuerpos, los consejos que Gustavo Mérida le da al hampa en la revista  Épale CCS (“no tienes que disparar, le dices que no te vea y le clavas un cachazo duro, durísimo en la cabeza … Y el tipo se va con el güiro roto pero se lo puede contar a su mujer y abrazar a sus hijos de noche”), o el acuerdo que la bancada oficialista (mayoritaria) en la Asamblea Nacional aprobara para condenar “la campaña criminal por parte de la oposición de querer instalar un estado de angustia y de terror en la población venezolana, incitando al pueblo a forzar la salida por vía inconstitucionales del gobierno”; entre muchos otros, que sería largo enumerar?

Que son actos de crueldad, unos institucionalizados, otros no, pero todos crueles.

Hay muchas razones esgrimidas desde saberes y disciplinas diversas que explican –no justifican– la crueldad que nos infligimos unos a otros, y si algo pueden tener en común estas razones quizás sea que permiten describir la crueldad como experiencia del mal, sea que lo entendamos desde un punto de vista religioso o no.

Pero ¿puede un Estado democrático ser cruel? Pues sí, hay una crueldad que puede corresponderle que ha resultado más o menos común: esa suerte de crueldad inteligente prescrita por Maquiavelo en la idea de la razón de Estado. Las afirmaciones de Maquiavelo son bastante conocidas aunque vale la pena recordarlas para ponerlas en perspectiva: 1) el primer deber del gobernante es mantenerse en el poder; 2) es mejor ser temido antes que amado pues “los hombres se cuidan menos de ofender a quien se hace amar que a quien se hace temer, porque el amor es un lazo débil para los hombres miserables y cede al menor motivo de interés personal, mientras que el temor nace de la amenaza del castigo, que no los abandona nunca”;  3) “nunca faltarán razones legítimas a un príncipe para cohonestar la inobservancia de sus promesas”; 4) es sabio, en un gobernante, preocuparse siempre “de contentar al pueblo como de no descontentar a los nobles hasta el punto de reducirlos a la desesperación”, y 5) “que el príncipe piense en conservar su vida y su Estado; si lo consigue, todos los medios que haya empleado serán juzgados honorables y alabados por todo el mundo”: aquello de que el fin justifica los medios.

Esta última premisa tiene sus límites: los impuestos por la racionalidad en tanto adecuación de los medios a los fines, y los impuestos por la ética racional en tanto que deben procurarse buenos medios, altos fines, y que los medios se disuelvan en los fines, a la hora de tomar una decisión. La aceptación de límites impuestos por la ética racional a la razón de Estado ha permitido a muchas naciones modernas desarrollar democracias liberales con políticas de control social (policial, biopolítico, militar, entre otros), que son revisadas por sus ciudadanos desde sus espacios de libertad. Y aquí surgen las preguntas: ¿hay necesidad de que el Estado venezolano actúe cruelmente contra sus ciudadanos? ¿Es conveniente para el gobierno que se generalicen las acciones de crueldad de los ciudadanos entre sí? ¿Cuál es el fin que persigue la crueldad –sea institucionalizada o consentida por los ciudadanos– en la trama de la razón de Estado?

Estas preguntas tienen múltiples respuestas, conforme sea el bando en el cual se ubique la ciudadanía, que ha pasado de dos o tres, a ocho, quizás más.  Es posible que quienes creen en esta como vía para construir un socialismo revolucionario (nacionalista y/o burocrático, jacobino o estalinista, usted decida) sean capaces de decir que sí, que el Estado debe ser cruel para eliminar a las clases antagónicas y garantizar la supremacía, como lo hacen todas las dictaduras, la del proletariado incluida, porque el fin justifica los medios. Por el contrario, quienes crean que el Estado venezolano es tal y como lo describe el artículo 2 de la Constitución (democrático, social de derecho y de justicia) quizás piensen que la crueldad del Estado es inadmisible, porque es un medio desproporcionado a sus fines, con grados de oposición que van desde la denuncia hasta la rebelión. Quienes consideran que esto es apenas un mal gobierno populista, tal vez consideren que la crueldad no es un medio sino un resultado, por defecto, de la mala implementación de las políticas públicas, para lo cual es necesario un cambio de rumbo dentro de los espacios competitivos consagrados para este cambio.

Y hay, por supuesto, quienes optan por irse –agotada su capacidad de resiliencia, de inventarse razones para la esperanza– más que por la crueldad, por la decepción.

@cardelf