• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

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Carlos Delgado Flores

Cerdos

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Dicen que Orwell puso a mandar a los cerdos en la Rebelión en la granja, porque son los animales que más se parecen a los humanos: ellos y no los perros, noble y fieles, ni los gatos, independientes y utilitaristas; ni los caballos, trabajadores y orgullosos; ni los burros, tozudos y voluntariosos.

Los cerdos, omnívoros, capaces de consumir su propio estiércol, capaces de burocratizarlo todo, de negociarlo todo con tal de mantenerse en el poder de la utopía animal de aquella granja rápidamente transformada en un koljós, que el periodista y escritor británico ofrece como fábula para criticar el socialismo burocrático de entonces, pero que perfectamente se puede emplear para describir otros socialismos nacionales, otros nacionalismos desarrollistas, otros panarabismos, otras tecnocracias, otros fascismos, en fin, más o menos disimulados, en todo el orbe, en toda la ecúmene.

Se puede ser optimista en torno a la naturaleza humana, o pesimista como los legisladores ilustrados, que prescribieron los derechos del hombre y del ciudadano para todos y cada uno de los nacionales con el fin de garantizar la igualdad de todos ante la ley, a sabiendas acaso de que no había (ni habría) ley humana capaz de garantizar tal cosa en su totalidad, sino a costa de la libertad, o como lo afirmara Rousseau en El contrato social: “Quien se niegue a obedecer a la voluntad general será obligado por todo el cuerpo: lo que no significa sino que se le obligará a ser libre, pues esta es la condición que garantiza de toda dependencia personal, al entregar a cada ciudadano a la patria”.

Claro, obedecer la voluntad general no quiere decir obedecer la voluntad del general, o la voluntad de uno que ha hegemonizado la voluntad general. La república le dio los votos al general para que restableciera el orden de las cosas, y el votó. Pero quién fue este general, ¿Lucio Quincio Cincinato o Tito Andrónico? ¿Un republicano de virtudes o uno que se venga del poder? (Y, dicho sea de paso, uno histórico y uno literario).

Digresión aparte, es lo que pasa con los cerdos en la granja: hicieron la rebelión porque la voluntad de los humanos no era la voluntad general; pero al tener el poder, impusieron su voluntad hasta que una nueva rebelión los desplazó, porque ellos no establecieron ni un término, en tiempo y en capacidad, a los proyectos; ni el modo en que los gobiernos podían actuar entendiendo la voluntad general; ni mucho menos los criterios a seguir cuando el contrato fuera protestado por una de las partes. Es lo que pasa cuando el cerdo dice del perro, del gato, el caballo, o cualquiera otro animal que es un cerdo: manía especular, dilución de la responsabilidad, concusión generalizada, anomia, pero también la búsqueda de institucionalizar el caos para perpetuar que el espacio para el ejercicio de su voluntad sea irrestricto: para que su voluntad se vuelva soberana mediante su ejercicio en un estado de excepción, sea que se declare o no, hay que recordar aquello de “todos somos animales, pero hay algunos animales más animales que otros”.

En esta otra granja, los cerdos al mando ensayaron varias vías para institucionalizar el caos, aprendidas, ciertamente, de la granja referente del cuento orwelliano. Una de ellas es la persecución de la gente y su desplazamiento violento, catastrófico (Pögrom); su reclusión en espacios de confinamiento fuera del ámbito de la ley (Gulag) y arrojar contra ella a quienes habiendo sido segregados de las comunidades por representar una amenaza de seguridad (Lumpen), regresan a ejercer la represión erigidos como comisarios políticos de los cerdos.

En la democracia autoritaria de los cerdos, una campaña electoral desarrollada en medio de una gran carestía los puede conducir a perder el poder frente a otras especies y ello no puede sino desembocar en violencia. Pero es indispensable conocer cuál es la voluntad general, porque los cerdos suelen interpretarla a su antojo, del mismo modo en que un hombre perfectamente puede (o suele) metamorfosearse en cerdo. Y otra vez el tema de las identidades, pero ahora en perspectiva de la violencia política: la especie implica pertenencia al bando, por tanto, todos los que los cerdos dicen que son cerdos son candidatos a un Pögrom, a un Gulag o a ser controlados por el Lumpen.

¿Y cómo van a defenderse los cerdos-que-no-son-cerdos, de la agresión de los cerdos?

Llegados a este punto de la fábula, lo que va quedando es la rebelión, que no necesariamente significa violencia generalizada, aunque sí la expresión de la voluntad general, dado que el Estado ha sido secuestrado por la burocracia que lo manda, enfrentándolo al ciudadano. Una campaña electoral para unos comicios nacionales, que promueva un proyecto nacional distinto, deliberado, surgido de un consenso social, tiene una legitimidad política aun mayor que el ejercicio de la “vanguardia esclarecida”, que apoyada en el lumpen se le impone a la voluntad general; porque en nuestro caso particular, proceder de esta manera implica que el pueblo tome una decisión histórica enfocada en la reforma profunda (Mangabeira dixit) en vez de la revolución.

Porque a cada cochino le llega su sábado.