• Caracas (Venezuela)

Carlos Delgado Flores

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Carlos Delgado Flores

Bello

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Cuando los venezolanos salimos a hacer carrera en otros países –hay la percepción–, nos suele ir bien. Puede ser que se trate de una leyenda urbana o puede ser que al hacer la lista de los casos, hasta podamos sorprendernos. Pediré al lector que haga un repaso mental de los afamados extrañados mientras yo hago lo propio y al ir atrás me topo con tres nombres: Francisco de Miranda, Simón Rodríguez y Andrés Bello, epónimo este de la Universidad Católica en donde rindo con orgullo mis servicios y del cual mañana celebraremos 243 años de su natalicio.

Varias cosas tuvieron en común nuestros afamados cosmopolitas, pero una era decisiva para el arranque: los tres eran blancos de orilla. Los dos más jóvenes, Rodríguez y Bello, debieron conocer de primera mano la historia de don Sebastián de Miranda, padre de Francisco y de su impasse con los patricios caraqueños por ser “comerciante, canario y casado con una panadera” y por tanto, incapaz de seguir la carrera de las armas en la Santiago de León de los cacaos; Rodríguez, expósito como era, y Bello, hijo de don Bartolomé Bello, abogado y fiscal, no tenían grandes bienes de fortuna ni títulos relucientes, aunque sí una insaciable curiosidad intelectual, un no menos voraz apetito de superación y una necesidad de justicia y reconocimiento propia de la gente talentosa y trabajadora. Así, Francisco de Miranda se fue a servir a la corona en 1771; diez años después ya era capitán; diez más para convertirse en el héroe de dos grandes batallas, Pensacola y Valmy, para recorrer Europa, departir en la corte de Catalina II de Rusia y diez años más para intentar –sin éxito– la insurrección latinoamericana en las mismas costas que lo vieron partir. Rodríguez, tempranamente influido por Rousseau, huyó en 1797, acusado de formar parte de la conspiración de Gual y España, mismo año en que Bello entró a la Real y Pontificia Universidad de Caracas. Desde su salida de Caracas, Rodríguez vive en Estados Unidos y en Francia, está en París para la coronación de Napoleón y se reencuentra con Bolívar, viaja a Roma y presencia el episodio del juramento del Aventino, luego prosigue hacia estancias diversas (Italia, Alemania, Rusia, Prusia, y Holanda), hasta 1823. En 1810 Bello viajará con Bolívar y López Méndez a Londres, a ejercer oficios diplomáticos por la naciente República. Miranda los recibirá en su casa de Grafton Street, entablará amistad con Bello, le dará a conocer su biblioteca y regresará a Venezuela... ¿Puede el lector suponer qué pudo haber sentido Bello al enterarse de que Bolívar le había entregado Miranda a Monteverde por poner a resguardo su pellejo, que finalmente la corona española lo obtenía luego de espiarlo y perseguirlo por más de veinte años? ¿Se habría enterado Rodríguez, ocupado como estaba, con los falansterios, el socialismo utópico o las granjas cooperativas, que el girondino Miranda, héroe de la Revolución francesa, había sido entregado por un mantuano?

Diecinueve años vivió Bello en Londres desempeñándose en trabajos diversos, alternando el periodismo con la docencia, el oficio diplomático con la labor intelectual, esperando de la Colombia presidida –o preceptada– por Bolívar el nombramiento como diplomático frente a la corona inglesa, que llegó… a la semana de haberse marchado a Chile, en 1829.

Los años en Inglaterra no solo atemperaron su carácter, también el periodismo que ejercía en El español le permitió tener contacto con otras ideas políticas distintas a la concepción rousseauniana del buen salvaje, el estado de naturaleza y el contrato social, que para bien o para mal hacen persistir el mito de una edad de oro como razón última a la cual apelar (“porque alguna vez fuimos así y volveremos a serlo”) y a la cual apelan, con cinismo, los populistas de antes y aun los de ahora. Bello conocerá la moral utilitarista de Jeremias Bentham (“la mayor suma de felicidad posible”) y la formulación del contrato social que hace John Locke: sea el hombre bueno o malo por naturaleza, nace con unos derechos que no puede disfrutar si no hay autoridad que pueda proteger (arbitrar, diríase) el goce de los mismos; autoridad que, aunque soberana, ni es perpetua ni irrevocable y ante la cual es posible rebelarse. Los mismos años harán de Rodríguez un profeta libertario incomprendido en su tiempo y quizás todavía. Los mismos años les permitirán a ambos cristalizar su horror al césar democrático, evocando a aquel que educaron en sus tempranas letras, en la Caracas natal.

¿Eran tan contrarios Bello y Rodríguez en su concepción de democracia? Por el contrario, fueron signatarios de una idea común: la del derecho que tienen los pueblos de darse el gobierno que se merecen; a recibir de sus instituciones políticas la pedagogía necesaria para consolidar una libertad progresiva; a consagrar los espacios de deliberación como fundamentales para la construcción de ciudadanía, desde el aula de clases hasta el parlamento. Bello, un conservador liberal y Rodríguez acaso un republicano ácrata… Me imagino a don Andrés, en algún momento antes de 1854, viajando en barco desde Valparaíso hasta Guayaquil, para verse con aquel caraqueño expósito, excéntrico y vital.

Bello y Rodríguez nos muestran que, a veces, es en el exilio donde somos capaces de reconocernos.