• Caracas (Venezuela)

Carlos Colina

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Libertad de consumo

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En las sociedades modernas, la libertad de consumo ha sido uno de los derechos individuales básicos y, en alguna medida, tácitos, por encima del cual se encuentran otros de mayor profundidad y alcance. No obstante, que muchas veces se sobreentienda o suponga este tipo de libertad, no le resta un ápice de relevancia. La disyuntiva entre ser y tener planteada por Erich Fromm no resulta válida cuando el no tener no resulta de una opción filosófica y valorativa individual, sino que es la consecuencia de la imposición e ineficiencia del Estado, y se trata de productos que garantizan la vida. En este caso, el no tener pone en riesgo al ser o lo degrada.

La posibilidad de elegir entre una gama de productos y marcas permite satisfacer necesidades básicas de tipo biológico y gratificaciones simbólicas de raigambre psicosocial. Si bien estas últimas pueden establecer distinciones que separan a algunos actores, también posibilitan que otros sujetos se  congreguen en gozosas tribus urbanas, estudiadas por la antropología contemporánea. En cuanto a las necesidades básicas, el principio de la división del trabajo y la especialización modernas nos han permitido satisfacerlas sin gastar mucho tiempo y energías en ello.

A contracorriente, en Venezuela encontramos un consumo vigilado por el Estado que establece explícita y directamente dos días de compra a la semana y una cuota mínima de productos; y de manera implícita e indirecta, impone la marca del caso, si se cuenta con la suerte de que el bien llegue a los anaqueles de establecimiento comercial. El consumidor vive en zozobra con la expectativa e interrogante de encontrar el bien que requiere, y necesita recorrer varios abastos o hacer grandes filas para adquirirlo. No tendría que contárselos a ustedes pero estoy pensando también en un lector internacional que gracias a la red de redes también tenemos hoy día.

El usuario puede adquirir productos básicos regulados de acuerdo con el número terminal de su cédula de identidad. El consumidor venezolano se ha transformado en un número: se identifica con el y lo identifican con él. La serie de números de nuestra identificación ciudadana se ha reducido a uno. Nos hemos reducido a ese número. “Soy el N…” se escucha lastimosamente con un merecido (sic) gramatical y existencial. Esta vigilancia se extendió de los puntos de venta oficiales (Mercal o Pdval) a todos los supermercados. La mayoría de las neuronas de muchos consumidores están invertidas en la caza de productos, metáfora arcaica que atinadamente usan los merideños y que alude a las condiciones premodernas de vida  a las que nos ha conducido el proyecto bolivariano.

Como producto de una política económica antiempresarial, el aniquilamiento del aparato productivo  ha generado un desabastecimiento que impide ejercer la libertad de consumo en la adquisición de cualquier producto básico regulado con “precios justos”, léase arroz, café, leche, pollo, una pastilla de jabón de baño, papel higiénico, desodorante, entre otros bienes primarios. Incluso, desde la Teoría matemática de la comunicación, no existe libertad. Dentro de este modelo clásico, la información es la medida de la libre elección de un mensaje entre un conjunto de alternativas. Si vamos al mercado y no encontramos el producto o encontramos solo una marca; no hay libre elección, es decir, no hay información. Si para un autor como Néstor García Canclini, el consumo puede servir también para pensar y no solo para emocionarse, en nuestro país es el momento en el que la persona pierde la dignidad en una cola de una acera soleada. Asunto aparte lo constituyen todos los prerrequisitos establecidos por el autor citado  para definir una ciudadanía alrededor del consumo.

Según Bauman, para la mayoría de los miembros de la sociedad occidental contemporánea la libertad individual viene dada como libertad de consumo, con todas sus posibilidades y límites. Sobre estos últimos se podría abundar profundamente, pero este no es el lugar para tales fines. En todo caso, es una libertad básica que se traduce en capacidad de elección, pero su ausencia la sufrimos sin medida en la vida diaria, aun sin ser consumistas.

En contraposición a la sociedad consumista, la gestión burocrática estatal de las necesidades vulnera la autonomía personal y la libertad individual. En las sociedades comunistas o protocomunistas, las necesidades individuales son manejadas desde el Estado. Y si en otro momento y lugar sería pertinente hablar de los límites de la libertad de consumo, ¿qué podríamos decir de la ausencia pura y simple de la misma?

Si podemos dirigir críticas al consumismo de las sociedades contemporáneas y establecer la necesidad de su reorientación con parámetros sustentables y ecológicos, los venezolanos hemos padecido las penas de una sociedad desabastecida que nos retrotrae a la premodernidad en la comercialización y adquisición de los productos y nos aleja infinitamente de los estándares internaciones de calidad de vida. El trueque de productos ha reaparecido con la solidaridad familiar y amistosa.

Por acción u omisión, la hegemonía y control gubernamental en las dimensiones cultural, ideológica, económica y comunicacional, ha conculcado nuestros derechos civiles, a saber: desde el mismo derecho a la vida hasta los derechos a la salud, la educación de calidad, la libre empresa e innovación, producción, comercialización y distribución de mercancías. El derecho a la información y la comunicación está socavado como nunca antes, constriñendo la libertad de expresión por la censura y la autocensura. Pero en nuestra nación, no es sino en el acto mismo del consumo, donde se concreta, condensa y objetiva la pérdida de todas esas libertades en el orden real y simbólico. En ese largo período de tiempo del acto de consumo, que podría ser solo un momento o instante en una sociedad libre y desarrollada, se expresa sin ambages el poder autoritario y populista; y colapsa todo elemento de racionalidad y modernidad. A sabiendas de los acusados límites del proyecto moderno clásico, establecidos por el pensamiento posmoderno, requerimos retomar la senda del desarrollo sostenible y la idea de un progreso integral con equidad que reconozca las diferencias que surgen de las distintas capacidades y motivaciones de los individuos. En las elecciones parlamentarias del 6-D podemos comenzar a revertir este proceso regresivo e involutivo de la sociedad venezolana.