• Caracas (Venezuela)

Carlos Blanco

Al instante

Cuando quiero perder no pierdo…

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…y a veces pierdo sin querer…

La derrota política de Maduro ha alcanzado su clímax. Existe la convicción nacional e internacional según la cual el régimen pierde las elecciones del 6-D. Firme idea que ha cuajado en la conciencia colectiva: a pesar de todo, no eran invencibles. Han cosechado los resultados de un fracaso monumental y la sociedad se apresta a pasar la factura de la orgía interminable que ahora agoniza entre la desesperanza de los activistas y las Cortes de Nueva York.

Esa derrota política es la antesala de la derrota electoral, rúbrica de la voluntad nacional. El fracaso del régimen puede ser final, en el sentido de que la renuncia de Maduro se haga inevitable en los próximos días o semanas y se inicie la búsqueda de una transición suave, o que la debilidad del gobierno se haga extrema y los próceres rojos se avengan a un cambio interno que ya luce inexorable.

También es desde ya una victoria de la oposición. Por primera vez y de manera generalizada se ha superado el complejo de minoría y hay una convicción de que se es amplia mayoría. No es la primera vez que la oposición es mayoría, pero sí es la primera vez que este convencimiento tiene carácter de prejuicio popular, compartido por los dirigentes políticos.

El régimen está derrotado y tiene tres maneras de abordar su drama.

La primera, es aceptarlo. Camaradas, hasta aquí nos trajo el río. Tenemos que reconstituirnos, reflexionar mucho, ver los desastres heredados de Chávez y los que son genuina e intransferible creación de su heredero tarambana, y tal vez constituir una fuerza democrática sin el hálito de la corrupción y de los crímenes de estos tres largos lustros.

La segunda, es perder “por poquito”. Arreglar las cosas de tal modo que la derrota sea más leve. El problema de esta opción es que sus autores no la creerían, la oposición tampoco y la sociedad civil menos. En este caso, el régimen cargaría con la culpa del fraude, la oposición de aceptarlo (si es que lo aceptase) y los ciudadanos desencantados, en medio de la polémica resultante de cifras poco creíbles.

La tercera manera, enseñoreada la locura, es que el régimen se ponga a ganar mediante fraude, por mucho o “por poquito”. Caso en el que la puerca torcería el rabo. Sería lanzar el país por el despeñadero de las incertidumbres, ilegitimidades y caos. No habría manera de convencer a nadie de tal victoria. Ni a Tibisay.

Lo sensato es entender que la commedia è finita por abuso de sustancias tóxicas, principalmente de los recursos públicos.

Good bye, Nikolai.