• Caracas (Venezuela)

Carlos Blanco

Al instante

¿Hasta dónde se puede podrir lo podrido?

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Cuando no hay ley, hay corrupción. El régimen chavista es autor de la podredumbre de los sobrinos, de los ahijados y de los próceres. No es un comportamiento excéntrico. Tampoco una disrupción en los principios. Es el ambiente indispensable para el funcionamiento del torbellino rojo.

Hace unos 16 años Hugo Chávez estableció la primacía de su régimen sobre la ley. Los límites, los canales, los procedimientos, debían ser sobrepasados, desmoronados o aplastados, para alcanzar fines superiores. Todo lo violable se violó en nombre del crimen que ha sido su revolución.

Chávez juró sobre “esta moribunda Constitución (la de 1961)”, en el mismo acto de desnucarla. Desde entonces el país ha andado sin ley; esta solo ha servido como coartada del delito llevado a cabo desde el Estado. Los ciudadanos se encuentran inermes, sin nadie a quien recurrir, sin autoridad a la cual reclamar, sin instancia de protección o defensa. No le dieron poder a la gente; se lo suprimieron. Solo le dieron poder a aquellas bandas del terror capaces de caerles a golpes, en manada, a los disidentes de todas las horas.

Cuando se decidió ayudar a los “hermanos de la FARC”, la conexión con las actividades criminales se volvió parte del paisaje venezolano, incluido el narcotráfico que “los hermanos” practican a placer como método de financiamiento. La complicidad de niveles fundamentales del liderazgo escarlata generó la cobertura propicia para que ocurrieran dos fenómenos que amplificaron la podredumbre: 1) Varias instituciones, en cuanto tales, se involucraron progresivamente en el miasma, en la “narcodinámica” del lavado de dinero, como diría Pablo Escobar; y 2) personajes de las orillas del poder, validos del parentesco, amistad o apersogamiento, se sintieron autorizados a meterse en la piñata con la convicción de que no habría sanción que los alcanzase.

Así fue. Si no existieran países como Estados Unidos, con agencias poderosas como la DEA, la narcopolítica podría desperdigarse impune a partir de territorios, como el venezolano, en los que los representantes de la ley están tan podridos como los criminales a quienes deben aplicársela.

Una de las manifestaciones más escandalosas de la podredumbre es que Nicolás Maduro se conciba con el derecho de ignorar por varios días (al menos hasta el momento de escribir estas líneas) una situación que llega al mero corazón de su familia. La ausencia de pronunciamientos y la censura a todos los medios que el régimen controla solo añade gravedad y pestilencia a lo que ya es de suyo grave y pestilente.