• Caracas (Venezuela)

Carlos Blanco

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Carlos Blanco

Patriotismo de etiqueta

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El régimen se ha envuelto en la bandera para enfrentar las acusaciones que se producen ya en varios continentes en contra de jerarcas rojos. Solo que la bandera, de tan desgarrada y hecha jirones que está, no oculta las vergüenzas, pústulas y deformidades del tumefacto cuerpo (del delito) bolivariano.

En vez de exigir a la Fiscalía General que investigue –lo que ella haría con ternura–, así como solicitar a los gobiernos de Estados Unidos, España y otros información sobre el bichaje sospechoso, la autocracia criolla procede a una táctica gastada y poco eficiente, la de recurrir al “enemigo externo” con la pretensión de uniformar el campo doméstico y atapuzar la boca de los temerosos de ser catalogados como antipatriotas.

La declaratoria de “emergencia” por parte de Obama para enfrentar la “amenaza a la seguridad interna de Estados Unidos” es un instrumento, con nombre grandilocuente, que le permite tomar medidas, más allá de las escogidas, cuando existan evidencias de otros crímenes que puedan afectar a ese país; puede imponer más sanciones y congelar más bienes, en casos vinculados no solo a los derechos humanos sino a la corrupción, narcotráfico y terrorismo. No son medidas en contra de Venezuela (como es, en el caso de Cuba, el embargo), ni siquiera en contra del gobierno –hasta ahora– sino de individuos: seis militares y la fiscal “estrella”.

Hay quienes han argumentado que las sanciones “ayudan” a Maduro a plantear toda la bellaquería patriótica reciente, claro, con la estruendosa desmemoria del Esequibo. Siempre lo intenta con los opositores: si protestan, son golpistas; si se reúnen con diplomáticos, son conspiradores; si viajan al exterior, complotan; si defienden los derechos humanos en el mundo, son traidores a la patria. En el caso de los gobiernos, como Canadá, Colombia (cuando defendió a Pastrana), Chile, Perú, Uruguay, España, Reino Unido y Estados Unidos, basta que se pronuncien aunque sea tímidamente, para ser tratados igual que el enemigo doméstico.

Los dirigentes democráticos, radicales y moderados, han viajado por el planeta para denunciar las tropelías del régimen de Maduro; durante mucho tiempo no han sido escuchados por gobiernos y partidos, parlamentos y personalidades relevantes. Ahora, la situación cambió y los escuchan. Se ha hecho evidente la instauración de una dictadura posmoderna o del siglo XXI en Venezuela y la máquina de defensa de los derechos humanos, lenta pero implacable como es, se ha puesto en marcha, y tiene consecuencias.

No resulta coherente quejarse de las consecuencias…