• Caracas (Venezuela)

Carlos Blanco

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Asamblea Nacional como poder constituyente

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La Asamblea Nacional es el poder más legítimo y de legitimidad más reciente. Es la nueva plaza pública, en la cual se debate con la inestimable presencia de los periodistas. Con puertas abiertas para que las demandas se dirijan, a veces con posibilidades de congestión, hacia la nueva ágora. Mientras tanto, el Ejecutivo está en una ruta de colisión con la AN: un poder nuevo ejerce sus atribuciones y el régimen dictatorial ha dicho que no lo acepta. Por tanto, habrá refriega.

No será un encontronazo entre iguales. Habrá una desigualdad política y una desigualdad derivada de la fuerza bruta. La primera, por el hecho de que la AN está aplicando la Constitución de 1999 (Constitución pésima, salvo en derechos humanos y descentralización, pero es la carta magna aceptada) que le permite interpelar a funcionarios, debatir temas, elaborar leyes –entre estas la que concede la propiedad sobre la vivienda a los de la misión correspondiente-, investigar la doble nacionalidad de Nicolás Maduro y propulsar la libertad de los presos políticos. Desigualdad política favorable a la democracia porque la AN se ve decidida a ejercer sus funciones y el gobierno, exangüe, se alza en su contra.

La segunda desigualdad es la de la fuerza bruta. Maduro, en la onda cómica, usa su bufete particular, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo, para revestir con andrajos de leguleyos la brutalidad de la acción dictatorial. Así, va a intentar desobedecer. Apelará a “la rebelión contra la derecha”, usará la plastilina constitucional que aplican los magistrados y recurrirá –si puede- a un apoyo militar, hoy precario. La ventaja fáctica del régimen consiste en que tiene las escopetas y cachiporras.

En estas circunstancias la AN se propuso activar los mecanismos para el reemplazo de Maduro en el primer semestre de 2016. No lo ha escondido y el debate está abierto. Como cuando Petare se llena de nubarrones y en Catia saben que habrá tempestad, así se puede anticipar el conflicto entre un poder que nace con apoyo popular y un poder que muere de mengua, sin soporte, con sus mafias en plena fiesta caníbal.

La AN es el pivote que articula el reemplazo del régimen, lo que significa un complejo proceso de transición hacia la democracia, deseablemente pacífico, que conducirá a elecciones presidenciales anticipadas.

Para recuperar el Estado náufrago de cuyo madero flotante se aferra Maduro, el centro constitucional que es la AN se tendrá que convertir en centro constituyente, reorganizador y refundador de los poderes del Estado.