• Caracas (Venezuela)

Carlos Balladares Castillo

Al instante

Crónicas del hambre

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“Pude desayunar algo en casa pero a las 9:00 de la mañana ya tenía hambre y a las 11:00 comencé a pensar que no tendría nada para almorzar. La quincena que cobré ayer me dio para un pequeño mercado y nada más, en ella no estaba incluido el almuerzo de hoy, solo desayunos y cenas. Lo que adquiero haciendo colas no da para 20 almuerzos al mes, no llega ni a 5. Comeré una empanada a las 12:00, aunque el hambre de la tarde llegará temprano. Son pinchazos en el estómago que me recuerdan que esto no tiene solución”. Esas fueron las palabras de un colega docente que, como muchos, trata de ocultar por vergüenza el hambre que está pasando. Desde hace meses me he dedicado a observar a las personas a la hora de comer, y cuando se dan cuenta de mis intenciones como cronista se sinceran, y me cuentan sus tristes historias.

Millones de historias de la Venezuela chavomadurista donde la hambruna se hizo parte del día a día. Todo por culpa de una oligarquía que se dedicó por 17 años a saquear el país, estableciendo un modelo fracasado que trajo la improductividad y el fortalecimiento del rentismo-populismo.

Las cifras de pobreza, tanto del gobierno como la más seria “Encuesta de Condiciones de Vida” (Encovi) del año pasado, señalan que la misma no deja de crecer. Lo más terrible es que la pobreza es mayor que cuando llegó el actual gobierno según Encovi (si afirmamos que Chávez y Maduro son un mismo régimen), es decir, supera 76% de la población (en 1998 era 55%). Pero la mayor tragedia es lo que afirma la última encuesta de Venebarómetro: 79% dice que su sueldo no le alcanza para comprar comida, y 24% come solo dos veces al día.

Es lógico porque la canasta básica familiar requiere 11 salarios mínimos, siendo este salario el ingreso de cerca de 80% de la población. El Observatorio Venezolano de Salud (OVS) en su informe de este mes de marzo señala que 75% de la dieta de los venezolanos consiste en carbohidratos, las consecuencias son que en la actualidad tenderemos a sufrir de anemia. Esa condición lleva a que no aprendamos bien, produzcamos menos y las generaciones futuras sufrirán un bajo crecimiento junto al abandono de la escuela. La famosa “generación de oro” de la que tanto habla el chavismo será desnutrida por no decir violenta y frustrada (que ya lo es). A menos que abandonemos el modelo que ha causado esta situación no vivida en Venezuela desde principios del siglo XX.

El argumento del régimen en contra de esta realidad es que ellos llevan a cabo la distribución de alimentos a bajo costo, esos que se adquieren después de horas y horas de grandes colas. Si es que no se acaban los productos cuando llegas a la caja. La verdad es que no hay para todos, de allí la escasez la cual supera 30% en datos del gobierno, y al revisar lo relativo a los productos de mayor demanda esta supera 80%. Y sabemos que no todo el mundo puede vivir en cola porque se debe trabajar. Solo los bachaqueros son los que pueden hacerlas siempre, y se han encargado (por dinero, violencia y contactos) de tener el privilegio a la hora de adquirir los alimentos.

La consecuencia es lo que el Diccionario de la Real Academia Española llama hambruna, y que es lo que viven millones de personas al intentar reemplazar algunas comidas, en especial las más costosas (el almuerzo) por un sándwich, un yogur, una compota, alguna fruta o solo uno de lo que llamamos “contornos”: arroz, plátano o ensalada. Pero cada una de estas alternativas ya son costosísimas, de modo que muchas veces lo que toca es pasar del almuerzo con una galletica y esperar a la cena en medio de esa ansiedad que crece de minuto en minuto.

Algunos podrían pensar que la clase media no padece esto, pero la realidad es que se ha convertido en una clase “venida a menos”. La misma había entendido la pobreza como una reducción de ciertos “lujos”: viajar al exterior cada dos años o más y al interior una vez al año, restaurantes y fiestas. Para sus miembros no eran negociables: el apartamento aunque fuera pequeño, tener hijos y llevarlos a una escuela privada, los seguros, el cine, el cable, el carro, el posgrado, los libros y las salidas a tomar unas cervezas con los amigos. Mucho menos dejar de hacer tres comidas al día. Todo eso se ha perdido por más que trabajes horas extras. El sueldo ya no te da ni para comer. El chavismo destruyó el mayor logro de la humanidad en los tiempos modernos y de la Venezuela del siglo XX: lograr comer con el fruto de tu trabajo. Ni se hable de la robusta clase media de la cual nos sentíamos orgullosos y que era una promesa para los que vivían en los cerros. Hoy esa clase media es solo cuestión de geografía y mentalidad.

Muchos venezolanos no terminan de aceptar el hambre de padecen las mayorías. Asocian el hambre con las imágenes de personas esqueléticas.

Creen que comer mal es comer, y se les escucha decir a los que confiesan su tragedia: “¿De verdad no estás almorzando? ¿Me estás vacilando? ¡Deja el drama!”. Me preocupa que nos vaya a pasar con el hambre lo que nos ha ocurrido con la realidad autoritaria del chavomadurismo. Es el “ya casi”, ya casi somos dictadura, ya casi nos morimos de hambre. ¿Hasta cuándo? Hasta que nos decidamos a asumir el cambio pacífico, constitucional, democrático y electoral (hoja de ruta de la Mesa de la Unidad Democrática) del régimen y su modelo económico.