• Caracas (Venezuela)

Carlos Aguilera

Al instante

Un régimen fascista

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“El cínico necesariamente es hipócrita, porque siempre está dispuesto a adular a los poderosos y a engañar a los humildes, mintiendo entrambos”. José Ingenieros

 

Cuando Maduro en medio de su enfermizo éxtasis apela en sus discursos (¿) a insultar, amenazar y agraviar a sus adversarios con su talante nada democrático, se muestra ante el país y el mundo más como un pandillero de oficio que de jefe del Estado, y apela a la Fuerza Armada como factor de estabilidad de la institucionalidad, supuestamente amenazada por una conspiración, de la cual obviamente acusa a la oposición, empresariado y al imperio de Estados Unidos, situándose sin eufemismos a contrapelo de la historia, al menos de la historia reciente de América Latina, que en su lenguaje político prácticamente ha desterrado ese concepto de democracias tuteladas, y peor aun de hábitos pretorianos.

Venezuela, en el concierto internacional, se ha descontextualizado del entorno democrático, mientras que en otros países de Latinoamérica y Europa, que atraviesan por situaciones difíciles, jamás invocan a la soldadesca para el sostén de sus mandatos, y si ello llegara a ocurrir seguros estamos generaría una verdadera hecatombe en sus respectivas naciones. Porque una cosa sí es cierta, las Fuerzas Armadas en otras latitudes se muestran al margen de los acontecimientos políticos, y se abocan a su verdadero propósito que es la custodia de su soberanía y fronteras, cosa que no ocurre en la Venezuela del presente, en la que el ministro de la Defensa sin desparpajo alguno manifiesta su respaldo a la “revolución bolivariana y socialista del siglo XXI instaurada por mi comandante supremo Chávez”. Con manifiesta “valentía” y rodilla en tierra, se muestra defensor a ultranza de la desgracia que azota a nuestro país desde hace 18 años.

Solo un régimen fascista recurre a todas las artimañas para controlar la economía mediante el proteccionismo, salvaguardias, direccionamiento del crédito, planificación central, prebendas, regulación salarial, manipulación monetaria, y demás caprichosas políticas económicas y sociales, y no recurre al diálogo y mucho menos al arbitraje, sino a la intervención de militares como recurso de la legitimidad democrática; anomalía, si, en su sentido etimológico, de malformación, porque un llamado a la fuerza revela una absoluta incultura política o, en su defecto, una incoherencia total con los postulados del Estado de Derecho, en el que se sustenta un verdadero régimen democrático, amén de que semejante yerro asoma un despropósito que está presente en el régimen, el cual se ha ido acelerando hasta el extremo de dejar vacío su discurso (¿?).

Maduro se ha empeñado en pretender imitar a su padre putativo, el comandante galáctico, de quien hasta sus gestos ha copiado, en abierta y manifiesta falta de personalidad, a lo que se suma sus alocuciones erráticas y llenas de lugares comunes, la mayoría de veces sin sentido alguno, lo cual le hace incurrir en tremendos dislates mentales y filológicos, lo que arroja como resultado que su posición antes de fortalecerse se torna vulnerable, más aún si se toma en cuenta que su popularidad es altamente endeble, y en los actuales momentos apenas registra 17%.

Por otra parte, la incultura política del régimen no es lo único que se deduce de las diarias declaraciones que suele hacer Maduro en cadena por televisión y radioemisoras, producto de la ausencia de una base social de sustento, ya que en circunstancias distintas le permitiría enfrentar las aludidas conspiraciones, invocando al pueblo como supremo garante del orden constitucional, pero este no es el caso, pues peligrosamente el régimen ha ido perdiendo aliados y socios que podían eventualmente garantizarle un adecuado apoyo, pero desde sus inicios las inconsistencias e incompetencias políticas minaron el campo del respaldo popular con el que contaba, y ello explica por qué pretende sustituirlo con los hombres de uniforme, evidenciando el carácter militar del cual no logra desprenderse, por razones más que obvias y que se prestan a distintas elucubraciones en el imaginario del pueblo. 

Existe otra consecuencia que también causa estragos, y es la que se produce en el propio estamento militar, pues al desvirtuarlas de su función empiezan, sus miembros, a tener percepciones erróneas de sus papeles, que son precisos y concretos conforme a lo que reza la propia Constitución Nacional. Al invocarlos Maduro como fuerza salvadora del régimen, les permite ingresar en un terreno que no es el suyo, como está ocurriendo desde que Chávez llegó al poder, pues no se abocan “in extremis” a la preservación de las fronteras y la seguridad pública interna, cuyo debilitamiento está causando severos estragos en la población venezolana. La seguridad nacional no puede ser manipulada ante la contingencia del hecho político circunstancial, y América Latina ha pagado muy caro el abuso de este concepto, y por esta razón todas las constituciones que las rigen son suficientemente claras, al delimitar la actuación de los militares y uso de las Fuerzas Armadas en un Estado de Derecho.

La intolerancia de Maduro no solo causa pesadillas en los venezolanos, pues la percepción de un peligro en ciernes turba el ánimo de todos, y se acentúa cada día ante los acontecimientos absurdos que se suceden como consecuencia de su incapacidad en el arte de gobernar. Olvida que “mentir exige memoria” y que los graves acontecimientos que lastiman la piel de la nación y sus habitantes no encuentran una salida por la caprichosa manera de conducir, cual autobús en bajada, los destinos del país. Maduro invoca en sus diarias apariciones en los medios del Estado su interés en el diálogo, el amor a la paz y el ejercicio de su gobierno en democracia, pero de seguidas se contradice al no cumplir ninguno de dichos propósitos, y, por el contrario, ordena a sus huestes del oficialismo enchufados en los distintos organismos, arreciar la confrontación hasta con agresiones físicas contra quienes acusa de la tan mentada “guerra económica”, así como de supuestos atentados contra su integridad.

Los parlamentarios de la camada roja rojita, siguiendo el guion de su jefe político, montaron la “olla roja” como la calificó el presidente de la Asamblea, Henry Ramos Allup, para acusar a los diputados opositores de traición a la patria, por el simple hecho de haber visitado en Washington al secretario general de la OEA, para denunciar la grave crisis que sufre el pueblo venezolano, y en consecuencia exigir la aplicación de la Carta Democrática Interamericana. Traición a la patria es la presencia de funcionarios cubanos, entre otros, militares de alta graduación en la sede del Ministerio de la Defensa, así como izar la bandera cubana en instalaciones y dependencias de la institución castrense, y también en algunos despachos, instituciones y ministerios.

El poco o ningún interés en procura de solucionar los graves problemas que afronta el país se observa todos los días en las declaraciones de personeros del régimen y los diputados del oficialismo, dedicados a sabotear cuanta ley se proponga y apruebe en la Asamblea Nacional, y acusar cínicamente a sus colegas que los desplazaron de la mayoría con que contaban en el anterior período de ser unos “vagos”, al mismo tiempo que uno de los poderes secuestrados, el CNE, modifica el reglamento del referéndum revocatorio a través de procedimientos dilatorios con  la finalidad de que no se active en el presente año.

El decurso de los últimos acontecimientos apremia la aplicación de la Carta Democrática Interamericana, que implica en lo político el compromiso de los gobernantes de cada país con la democracia, teniendo como base el reconocimiento de la dignidad humana; en lo sociológico, la demanda de los pueblos de América por el derecho a la democracia, y en lo jurídico, aunque se trate de una resolución y no de un tratado, que no es cualquiera, porque fue expedida como herramienta de actualización de interpretación de la Carta Fundacional de la OEA, dentro del espíritu del desarrollo progresivo del derecho internacional

El tiempo apremia y el régimen está llegando a su final, pues está cayendo precipitadamente, y el país está ardiendo por los cuatro costados, por lo que el malestar general es cada vez más visible, a pesar del disimulado esfuerzo que hacen Maduro y Cabello desde sus respectivas trincheras, para frenar la debacle.  La horrible pesadilla de 18 años está en su fase terminal y no hay nada que pueda frenar la aspiración de un pueblo ávido de un mejor y esperanzador futuro, que anhelamos disfruten nuestros hijos y nietos.