• Caracas (Venezuela)

Carlos Aguilera

Al instante

La mendacidad del régimen chavista

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“La educación forma al hombre moral, y para formar un legislador se necesita ciertamente de educación, en una escuela de moral, de justicia y de leyes”.  Simón Bolívar

 

Hugo Chávez Frías es el causante de esta horrible pesadilla que vivimos los venezolanos desde hace 17 años. Sus expresiones, que con el tiempo se fueron acentuando, y que el pueblo venezolano al principio lo aceptaba como la naturaleza de su personalidad por ser militar, con el tiempo fue adquiriendo improntas señales que presagiaban que su tono y expresiones se irían acentuando, como en efecto. No habían transcurrido sino apenas dos años cuando pudimos ver y escuchar a un Chávez pedante, agresivo, retador, altanero, procaz y mendaz. Un hombre engreído que se sentía el dueño del mundo y así presumía ante una claque de aduladores de oficio que le aplaudían todo cuanto expresara en sus cadenas televisivas y radiales, que realizaba con inusitada frecuencia. Y esta actitud y comportamiento tomó cuerpo luego de los acontecimientos que ocurrieron en abril de 2002, que lo restituyó en la silla presidencial, tras haber renunciado: ¡La cual aceptó!     

A Chávez y a su equipo no le bastaron 13 años de gobierno, durante los cuales mostró su habilidad histriónica, populismo y demagogia, para rendir a sus pies a ingenuos e incautos ciudadanos, de manera particular en el campo que fue el terreno en el que aprovechó la ignorancia de hombres y mujeres a quienes prometió con su revolución socialista del siglo XXI una mejor calidad de vida, la reconquista de sus derechos sociales y la participación en la toma de decisiones con el tan mentado Poder Popular, una de las entelequias que jamás faltaron en su peregrinaje presidencial en el país y en el extranjero.

Extravió el mensaje que en la campaña presidencial había sostenido durante el tiempo que duró la misma, cuando anunciaba que “acabaría con los niños de la calle, y que si en un año no lo lograba dejaría de llamarse Hugo Chávez Frías”; “seré implacable con la corrupción, un mal que le ha hecho tanto daño al país”; “ser rico es malo”. Estas, entre otras promesas, quedaron en el olvido, porque los niños de la calle de ayer hoy conforman pandillas que asaltan, atracan y secuestran jefaturadas por los llamados pranes. La corrupción ha sido y sigue siendo el caldo de cultivo para que delincuentes de cuello rojo, esquilmaran los dineros de las arcas del Estado, a tal extremo que hoy pagamos la consecuencia millones de venezolanos, que estamos padeciendo la más dolorosa tragedia que se conozca en toda la historia, desde la época republicana, por la falta de alimentos y medicinas y deterioro de los servicios públicos: luz y agua, gas y pare usted de contar.

La segunda parte de esta horrible pesadilla es la figura de Nicolás Maduro, a quien Chávez en un escenario en el que mostró su deteriorada imagen física, pidió que, en “caso de que algo le sucediera, apoyar a Nicolás Maduro como su sucesor si se produjera su ausencia definitiva”, expresando textualmente en cadena nacional: “Nicolás Maduro no solo en esa situación debe concluir como manda la Constitución el período, sino que en mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable y absoluta, total, es que en ese escenario que obligaría a convocar a elecciones presidenciales, ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente”.

El mal estaba hecho, porque a partir de ese instante se inició la etapa en la que prevalido de haber sido ungido como sucesor e hijo putativo del comandante galáctico, Maduro tras ganar (¿?) las elecciones presidenciales a su rival Henrique Capriles, pírrica victoria que aún se mantiene en duda por los visos de irregularidades que presentó el proceso, se dio a la tarea de descalificar a sus opositores con insultos y amenazas, que tras dos años y medio ha ido acrecentando acremente, en detrimento de la dignidad que impone la majestad del cargo. 78% de las cadenas de Maduro fueron para defender su modelo económico y atacar a la AN

Son miles de miles los venezolanos arrepentidos de haber votado por Maduro y que hoy se sienten engañados, pues depositaron su fe y esperanza en un futuro prometedor y ahora tras burlarse del efecto de sus mandantes, comete su peor error: inducirles a creer lo que no es, lo que no existe, siempre con el mensaje populista y demagógico que también es producto del legado del huésped eterno del Cuartel de la Montaña, lo cual ha obligado a esos descorazonados compatriotas a “sentir desagrado hasta de su propia imagen”, todo a consecuencia del daño causado por crear ilusiones y quimeras con sus promesas, las cuales alimentaron vanamente sus sueños, hoy convertidos en pesadilla. Maduro no puede ni debe quejarse y mucho menos buscar la culpa ajena, pues fue Chávez el arquitecto de su vida y destino.

Teniéndolo todo, hoy no tiene nada, pues frente a la demagogia, populismo y egolatría, le resultará harto difícil asimilar que él creó su propia pesadilla por ser víctima de sus errores y limitaciones. Salvo un milagro –cosa que lo dudo– porque no es católico y cristiano, le resultará difícil asimilar el desafecto y abandono absoluto de aquellos que creyeron en él, en sus mensajes y promesas, y que hoy al sentirse “utilizados”, le vuelven las espaldas dejándolo en completa soledad. No podrá exigir sacrificios y lealtad en perjuicio de la nación, como acto de abnegación hacia la Constitución nacional, la cual despectivamente Chávez denominó “la bicha”, cuando según el criterio de una mayoría absoluta de venezolanos, el país se encuentra en terapia intensiva y cayéndose a pedazos.

¿Qué hacer? La respuesta es una sola. No desmayar en solicitar a toda costa la realización del referendo revocatorio para desalojar de una vez por todas al inquilino del Palacio de Miraflores y acabar con esta horrible pesadilla. Solo de esta manera, y con la decidida y voluntariosa decisión y participación de la mayoría del pueblo venezolano, será posible que tengamos un futuro esperanzador, sin sobresaltos, temores, inseguridad, sin niños en la calle y esa odiosa discriminación de clases, que ha sido la bandera de esta llamada revolución bonita. Se debe aprovechar el hecho de que este régimen ha dilapidado su capital político y lo sigue haciendo con una inconsciencia que pasma, demostrando con ello su incapacidad en el arte de gobernar y faltándole a la fe pública, al respeto del pueblo, y a las esperanzas de aquellos que depositaron su voto por él.

Tenemos que borrar la imagen de la Venezuela que ha dejado de ser un país, para convertirse en un remedo de él. Solo los embelesados fanáticos, no alcanzan a ver el descalabro que sufre el país y el padecimiento de su gente, sin alimentos, medicinas, servicios públicos colapsados y una aterradora inseguridad. El rescate del país es casi una labor humanitaria y de emergencia, y a esa tarea debemos abocarnos todos sin distingo de ninguna naturaleza, pues la tragedia que vivimos nos afecta por igual.

Venezuela no se merece un presidente como Nicolás Maduro, inculto y huérfano de una educación formal y de estructura cultural, al que hacen coro y en perfecta armonía sus más íntimos colaboradores como Cabello, Jaua, Tareck el Aissami, y ni qué decir de algunos diputados de la Asamblea Nacional, que se creen en una gallera para decir tantas estupideces e incongruencias, solo con el afán de ganar indulgencias con el jefe supremo… pero del partido revolucionario socialista, marxista y mal llamado bolivariano. Maduro es exponente de la más clara y manifiesta ineptitud, quien sin empacho de ninguna naturaleza exhibe muy orondo su talante autoritario, cual dictador de épocas pretéritas de América Latina o de África, en cuyo continente aún persisten. Maduro, que presume de ser bolivariano a más no decir, contradice el pensamiento y obra del Libertador, quien expresara en cierta ocasión: “El mando me disgusta tanto como amo la gloria y la gloria no es mandar, sino ejercitar grandes virtudes. Yo he querido la gloria y la libertad, ambas se han conseguido y, por lo mismo, no tengo más deseos”.