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Con un pie en el acelerador y la mano en la corneta

A comerciantes y peatones les sorprendió el inicio de los trabajos

Comerciantes y peatones

Durante décadas, en Caracas se ha invertido mucho en sabotear una movilidad más humana: las políticas se dictan desde el carro, y no desde la calle, con la gente

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En estos días en que avanzan los trabajos de la construcción del elevado de Los Dos Caminos, vale la pena recordar que el Ministerio de Transporte Terrestre no ha presentado hasta ahora ni un solo dato que justifique la necesidad de la obra o que proyecte los nuevos flujos de los vehículos. Suponiendo que se justificara por la tranca que a ciertas horas se forma en la intersección de la avenida Francisco de Miranda (por ausencia de fiscales y la inconsciencia de los conductores), entonces tendríamos que montar de nuevo el que estaba frente a Plaza Venezuela o montar otro entre el parque Arístides Rojas y la Hermandad Gallega, para saltarse las colas que a ciertas horas allí se originan.

Si damos por buena (¡casi 40 años después de su aparición!) esa “solución vial”, de pasarle por encima a las trancas, pronto el perfil de nuestras avenidas terminará siendo el de una monstruosa serpiente que surge a cada tanto del asfalto, aunque poquísimas veces se sumerge en él (cosa que, por cierto, beneficiaría enormemente la movilidad de peatones y ciclistas).

Es descomunal la inversión pública que se ha hecho en los últimos 10 años en la ciudad, vía subsidio a la gasolina que consumen los casi 2 millones de vehículos que, de acuerdo con cifras del MTT, se desplazan a diario por el Área Metropolitana de Caracas. Con certeza es mucho mayor que lo invertido en transporte de superficie, en la ampliación de aceras o en la recuperación del bulevar de Sabana Grande.

En promedio, el litro de gasolina en otros países cuesta poco más de 1 dólar, mientras que acá apenas hay que pagar poco más de 1 centavo de dólar. Llenar el tanque de un carro pequeño cuesta cerca de 3 bolívares. Si, de manera conservadora, asumimos que debería costar 4 veces el precio actual, el subsidio equivaldría a 9 bolívares para cada tanque, lo que multiplicado por 2 millones de vehículos (que ponen combustible por lo menos una vez a la semana), daría poco más de 1 millardo de bolívares anuales, es decir, cerca de 160 millones de dólares al cambio oficial. Cuestión de multiplicar.

El cabletrén, dicen, costó 440 millones de dólares. Una millonaria inversión a favor de la congestión. A la que habría que sumar lo invertido en aquellas políticas que siguen haciéndonos creer que el carro particular aún es una buena opción para movernos en Caracas: el subsidio a la compra de vehículos, el “refrescamiento” y construcción de elevados. Una política de movilidad que piense en el futuro de Caracas debe cambiar radicalmente el paradigma carrocéntrico, desactivar el chip, desenchufarnos del surtidor.

Pero está claro que a la gestión pública aún le falta guáramo para asumir ese compromiso con la ciudad, en parte porque esas políticas se dictan desde el carro. Desmontar los viejos elevados sería un maravilloso gesto, una señal de vientos de renovación urbana. Sería construir un puente simbólico hacia el futuro, hacia una ciudad que respete a la gente y no la siga condenando a la orillita, al repele. En vez de millones para el “más de lo mismo” de los elevados, invertir ese dinero en más plazas, bulevares, parques, centros culturales. Aceras niveladas e iluminadas. Estacionamientos para bicicletas que estimulen su uso. Pero en el resumen ejecutivo del Plan de Movilidad que presentó el MTT apenas se deja colar una línea genérica que reza: “Se implantarán ciclovías y caminerías”.

Planificar con firmeza un nuevo sistema de transporte superficial, auténticamente público, totalmente integrado, metropolitano, que tenga prioridad en las vías y limitando el acceso de los vehículos particulares a ciertas horas y en ciertas zonas de la ciudad sería lo primordial.

Desplazarse en carro particular de manera tan irracional tiene serias consecuencias para la salud de la ciudad (ruido, contaminación del aire, calor, congestión) y de sus habitantes (ansiedad, desesperación, impotencia). Es triste pensar que somos capaces de desfigurar calles (incluso arrasando árboles y oportunidades de integrar espacios) sólo con la promesa de que en vez de demorar dos horas en un trayecto ahora lo haremos en hora y media.

Colectivos que defienden el uso de las áreas públicas y de la bicicleta como medio de transporte cotidiano, arquitectos, diseñadores urbanos, vecinos y personas preocupadas por el futuro de la ciudad realizamos una acción simbólica en el lugar donde se construye el inconsulto elevado de Los Dos Caminos, el jueves 22 de agosto. Los vecinos señalaron problemas puntuales: nivel freático e inundaciones en el lugar, amenaza de recortes en los retiros de edificios para ampliar la vía por debajo. Ese día se presentó el documento “Abajo los elevados, por una ciudad y una movilidad centradas en la gente” (se puede revisar en el grupo de Facebook “No Más Elevados”).

En el documento se menciona que, además de romper la trama urbana y producir espacios residuales, con los elevados se incurre en un doble gasto para la ciudad: construyen una obra que no solucionará el problema y obligan en un futuro cercano a gastar más para desmontarla. Una mirada cortoplacista desconectada de las discusiones y propuestas para la renovación de la ciudad. Un debate que se debe dar.

En una reunión en la que estuvimos junto a miembros de colectivos de ciclistas con el viceministro de Infraestructura y Vialidad del Min Transporte Terrestre, Bernardo Lopes, los técnicos nos mostraron varias maquetas de la obra, absolutamente descontextualizadas del lugar. Y no tenían a mano los datos que, según ellos, justifican la intervención.