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Una excusa para recorrer las calles

Perro / BBC Mundo

Las mascotas obligan a caminar / BBC Mundo

Usan el carro para comprar el pan o el periódico, no suelen visitar a sus vecinos a pie y lo poco que conocen de la urbanización se lo deben a los paseos con sus mascotas

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El nombre inscrito en la placa metálica que señala que estamos en Parque Nacional, nomenclatura de un pequeño fragmento de Sebucán, sorprende a muchos. Se trata de una urbanización que recoge muy bien ciertos modos de algunas zonas de clase media acomodada: baja densidad de quintas unifamiliares y un trazado de accesibilidad limitada, con muchas vías de uso local o ciegas. Un diseño que produce calles solitarias, lo que muchos asumen como una ventaja, pues suele asociarse con un intangible muy apreciado en la ciudad: tranquilidad.

Los caminantes suelen ser pocos, a lo sumo empleadas de servicio doméstico y algún que otro obrero en faenas de remodelación, pues los que por allí viven tienen la costumbre de moverse en vehículo y pisar poco las aceras de su entorno. Pero ese habitual comportamiento cambia durante un lapso en la mañana y otro tanto al atardecer, cuando algunos sacan a pasear a sus perros.

Es increíble cómo la excusa del paseo canino termina rescatando la idea de la calle como espacio público. El concepto de vecindad, la cercanía y el encuentro de la gente, pero también el anonimato aparecen en esos rituales urbanos. La gente se saluda, al igual que lo hacen los perros. Se habla de clisés como el clima y el valor del dólar, pero también se cuadran agendas vecinales. Es fácil deducir que muchos de los que nunca recorren su entorno aprovechan el paseo de sus mascotas para salir y tener contacto con la calle.

Lo que pasa en Parque Nacional sucede en La Floresta, Campo Alegre, Caurimare, Macaracuay, Lomas del Mirador, Los Naranjos y pare usted de contar. Kilómetros cuadrados de espacio baldío son las aceras de muchas de estas calles. Pueden estar bien cuidadas, pero son aceras de escaso uso en calles cada vez más proclives a caer en la paranoia del encierro. Sin embargo, algunos que no salen porque le temen a la calle, sienten confianza cuando pasean con el perro. Por lo general hacen el mismo recorrido, pero la naturaleza perruna logra que a veces se atrevan a explorar nuevas rutas.

El tempo de la caminata, por lo general parsimonioso, permite muchas veces observar detalles. Un árbol, una fachada, un cartel, una farola, un jardín (los que aún se dejan ver), el acento del vecino recién llegado a la urbanización. Da chance, mientras los canes se olisquean en una esquina, de socializar con vecinos conocidos o hasta atreverse a hacer contacto con desconocidos, siempre y cuando estén paseando a otro perro.

Las temporadas vacacionales suelen ser una oportunidad para muchos niños, ausentes de las calles de su entorno, de recorrerlas, auscultarlas, acompañando a los adultos que pasean a sus perros. Asomarse a un parque, tomar una vereda, detenerse bajo la sombra de un árbol. Puede que en algunos lugares las aceras estén maltrechas, pero la inversión pública incluye a las mascotas y hasta hay parques sólo para ellos.

Cuando alguien camina por esas calles sin un perro o sin el clásico atavío de runner, suele despertar sospechas. Algo de insolencia y amenaza implica recorrer lo que no fue hecho sino para moverse en carro o, a lo sumo, para pasear perros.

Indeseados tropiezos

En Caracas es fácil tropezar mientras caminamos con los excrementos que el dueño o dueña de algún perro decidió dejar sembrados en la acera. En algunos municipios se han implantado políticas y campañas públicas (cestos especiales para desechos caninos y carteles), y es verdad que de vez en cuando nuestra mirada registra el acto: alguien se agacha con un periódico o una bolsita plástica, recoge el bulto y lo tira a un cesto de basura. Pero la mayoría de las aceras (y escaleras en los barrios) siguen convertidos en auténticos campos minados, y no es sólo porque muchos perros anden solos por la calle, sino por la desfachatez de sus dueños. La “caca” en la acera parece formar parte de esa anormalidad normalizada por la costumbre, como el carro o el kiosco atravesado en la acera.