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Hacer resistencia desde una carpa

Frente al PNUD están agrupados en cuadrillas, entre las que hay grupos de canto. Tienen suministros de medicinas, altares religiosos y muestras de cartuchos de lacrimógenas usados | Foto Williams Marrero

Frente al PNUD están agrupados en cuadrillas, entre las que hay grupos de canto. Tienen suministros de medicinas, altares religiosos y muestras de cartuchos de lacrimógenas usados | Foto Williams Marrero

Los campamentos de manifestantes se han multiplicado en un mes en 9 estados del país. En Altamira se concentran más de 300 personas 

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La cuadrilla “Sancocho e’ gocho” se jacta de ser la más plural en el campamento “Conciencia Nacional”, instalado hace un mes en Altamira. Jonner Guaramato, estudiante de Ingeniería Civil, compara el grupo con una versión criolla de la Torre de Babel: “Yo soy de Maracay, Aragua, y me sentí más a gusto con ellos. En estas carpas amontonadas, en que se alojan 65 muchachos, es difícil encontrar un acento único cuando comenzamos a hablar al mismo tiempo. Hay gochos, caraqueños, maracuchos, orientales. Esto es como un sancocho, hay de todo un poco”.

El resto de las cuadrillas del campamento son diferentes entre sí. En un rincón están 10 o 15 jóvenes que, diariamente, se dedican a entonar canciones, poemas o planificar un monólogo. La voz de Andrea Zambrano, estudiante de Comunicación Social de la Universidad Santa María, seduce al grupo. Ninguno se aleja de ella hasta que haya agotado el repertorio musical. “¡Que cante ‘El que se cansa pierde!’ Es nuestra favorita”, gritan dos muchachas.

No muy lejos están encerrados en carpas “Los Gochos”. Los “Sexodiversos” se reúnen en una improvisada cancha de voleibol, y en una mesita con cartas esparcidas están los “Abuelos”. Luis López (nombre falso por petición de la fuente), de 61 años de edad, pertenece al último grupo. Hace 31 días se alejó de su hogar en el estado Monagas para protestar en el campamento. “Yo vengo del pueblo del ‘No hay’. Cualquier cosa que se busque en mi región, no se encontrará. Mi señora me ha visto en fotos en eso que llaman Twitter, pero yo le digo por teléfono que solo pasaba por ahí para que no se angustie. Nunca tuve hijos, pero siento a estos muchachos como propios”, contó entre risas.   

El objetivo que unió a los manifestantes fue exigir la autorización de la entrada de una comisión de la Organización de Naciones Unidas para constatar los abusos en el conflicto entre los opositores y el gobierno de Nicolás Maduro.


Otra protesta. Cada uno de los grupos de “Conciencia Nacional” se concentra en distintas actividades, mientras no haya amenaza policial. La última vez que fueron atacados se plegaron en las escaleras que conducen a la Torre HP de Altamira para rezar un rosario. Dicen que los militares llegaron intempestivamente para bombardear el sitio y detener a algunos manifestantes, pero las lacrimógenas fueron ahogadas en cubetas de agua, ninguna fue devuelta, y luego regresaron a las carpas. “Eso funcionó. La respuesta pacífica ahuyentó a la Guardia Nacional, porque no se la esperaban. Nosotros permanecimos en el campamento, que ha ido creciendo, y se fortaleció la resistencia”, relató Gerardo Resplandor, coordinador del campamento.     

Hay normas en casos de represión y para mantener el orden. “Las capuchas están prohibidas. Si alguien nos ataca, no debemos responder de manera violenta. Se exige que a partir de las 11:00 pm nadie salga de sus cuadrillas, pero todos deben estar nuevamente de pie a las 8:00 am. El horario de comida es sagrado y nadie debe desperdiciar alimentos, pues se le sanciona. El respeto es fundamental para mantener la convivencia. Por eso, estamos divididos de acuerdo con cinco funciones: coordinación y estrategia, logística, comunicaciones, activismo y seguridad”, agregó.  

La forma de protestar cambió el 24 de marzo. Después de un mes de guerra continua en la avenida Francisco de Miranda y la plaza Francia de Altamira, un grupo de jóvenes decidió acampar en un canal de la vía adyacente a la sede de la ONU en el país.

Una de las actividades cotidianas es dirigir mensajes sobre la inseguridad, escasez y crisis política en la calle, el Metro, centros comerciales y locales. Euro Olivares, sordomudo, lo hace a través del lenguaje de señas. Indica que se unió al campamento empujado por el asesinato de Adriana Urquiola, intérprete de señas de Venevisión. Junto con él están otros dos jóvenes con esa misma condición. En otros casos ofrecen ruedas de prensa, organizan marchas o emprenden huelgas de hambre.


Multiplicados. “Conciencia Nacional”, que cuenta con más de 300 manifestantes, fue el primer campamento de este tipo. Del asentamiento se retiró un grupo que decidió instalarse en la plaza Bolívar de Chacao y ahora tienen nombre propio: “La Libertad”. Han sufrido más ataques de los militares, los han detenido, no creen en las mesas de diálogos y muchos se identifican como miembros de Javu. A los pies de la estatua del Libertador improvisaron, con restos de conchas de balas o bombas lacrimógenas, el “Altar de la Represión”.

El último campamento en instalarse en la capital fue en la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes. De manera casi simultánea se han instalado manifestantes en carpas en 9 estados del país, incluyendo el área metropolitana de Caracas. Los campamentos de resistencia se han multiplicado y suman 18. Solo 2 han sido retirados por cuerpos de seguridad del Estado.


Donaciones
Unos reciben mejor dotación que otros. En el campamento de Altamira  y Chacao, por ejemplo, hay carpas habilitadas para atender a heridos, lesionados o enfermos. Cuentan con suministros como inyectadoras, analgésicos, y un sinfín de medicamentos, que se acumulan en una especie de farmacia de lona. Hay médicos o estudiantes que asisten de manera voluntaria. “Todo proviene de donaciones de vecinos o comerciantes”, asegura Carlos, un traumatólogo en Altamira. También hay carpas con comidas para abastecer a los manifestantes. Baños portátiles, un puesto para surtir de vestimenta e, incluso, talleres con pinturas se encuentran en los campamentos.