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Cormac y la pulpa negra

El camión estaba cargado de comida refrigerada. Autoridades de tránsito colaboraron a recoger la mercancía | Foto: Antonio Rodríguez

El camión estaba cargado de comida refrigerada. Autoridades de tránsito colaboraron a recoger la mercancía | Foto: Antonio Rodríguez

Desde el elevado de Los Ruices se veía el relato: arriba, los mirones con teléfonos inteligentes que se reían de la escena en la que un vehículo de carga había sido aplastado por un gigante

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Cormac McCarthy, escritor estadounidense ganador del Pulitzer, estuvo aquí. Manejó un camión de carne y murió aplastado por una multitud hambrienta en un país de carencias estomacales y morales. La carretera (2006), novela post apocalíptica de McCarthy, tiene controles de altura y camioneros que no saben lo que son; tiene motorizados que matarían por unos bistec.

Desde el elevado de Los Ruices se veía el relato: arriba, los mirones con teléfonos inteligentes que se reían de la escena en la que un vehículo de carga había sido aplastado por un gigante; abajo, cientos de cascos negros que rodeaban la desgracia, policías hacían señas que nadie veía, mujeres corrían a buscar el botín cárnico. Pero arriba tomábamos fotos; mirábamos sin hacernos preguntas, pensando en la próxima diligencia, en la mejor vía para que la tranca no retrasara toda la mañana del viernes. Nadie se percató del hombre que ideó McCarthy y que empujaba el carro de supermercado ni del niño que caminaba a su lado. Los dos, con harapos del fin del mundo, recorrían observando una civilización arrasada por un cataclismo sin nombre. El padre, enfermo y débil, tratará de salvar al hijo en un gesto de respeto por la vida y por la muerte. El único gesto. Nadie lo notará: hay mucha pulpa negra en la carretera.